miércoles, 13 de abril de 2011

Sueños de raqueta.

Las manos arrugadas de Guillermo juguetean en el aire tratando de formar figuras que ni si quiera él sabe qué significan, ni por qué lo hace. Sonríe y llora, pero tampoco sabe por qué. Su mirada da vueltas por todos lados, tratando de encontrar algo que lo divierta; esta acostumbrado a la penumbra, a la soledad, a la tristeza de no saber, no entender, y no poder reír como quisiera, o como tendría que ser.
Hace ya un año y medio que da vueltas en un mullido colchón de espuma que simula ser una cuna. Tiene una almohada blanca tiza que irradia un poco de luz y color en medio de tanta oscuridad. Ni siquiera la cortina del cuarto es desplegada hacia arriba para iluminarlo. Son tan desatentos ellos, ellos que hablan de trabajo, de valores morales, de sacrificio, de darle todo a un hijo que no tiene nada, o poco. De horas extras, de noches en vela, de extremo abuso de infusiones para mantener bien abiertos los ojos, sólo para seguir trazando planos y aumentar la riqueza familiar. Pero todo era en vano, porque su primogénito era olvidado y reemplazado por esa vil manera de vivir.
Mientras tanto Guillermo, con sus pocos meses de vida, no conoce el amor de sus padres, no sabe que puede existir tal amor, no conoce lo racional ni lo empírico. No sabe ni entiende, esa es la cuestión. Pero sueña, sueña en exceso y extraño; y cada noche, cuando el azul marino de sus ojos se extinguía, cubierto por parpados tan suaves como todo su tejido epitelial, su mente abría las barreras del inconciente para que aparezcan resultados interesantes de analizar: formas geométricas, colores varios, luces, fuegos artificiales, ruidos. Eran indicios, represiones internas de un yo que no se había conformado ni siquiera con la mirada de su madre cuando lo vio nacer. Lo extraño era que toda esa mezcla de estallidos y flashes lumínicos se contraponían con la realidad de Guillermo.
            Una realidad tan triste y austera como el cuadrado donde dormía. Tenía volumen, era un cuarto con paredes y techo, tan mal decorado, que tampoco entiendo por qué hablo de tal decoración. El polvo volaba como jilguero entre los huecos de los zócalos, motivo por el cual, todos podrían en pasar en posibles ataques de asma. Añadido a la falta de ventilación y iluminación; en fin, era un recinto tan inhóspito, tan desencajado, como lo puede ser la cárcel para el abogado penalista.
            Lo único que le habían puesto los padres de Guillermo a su hijo en aquella recámara, era un cuadro tan emblemático como aburrido, representativo de la costa argentina: una panorámica de la Ciudad de Mar del Plata que, a un costado, mostraba el puerto marplantese. El lugar donde el bebe escribiría su génesis. Lo curioso es que además de la pintura, y una lámpara de pie que se encendía por la noche cuando el joven era saludado por sus padres, había un pedazo de madera cuarteada, con unos filamentos transparentes, similares al plástico.
Para Guillermo no era más que otra de las tantas formas geométricas que imaginaba, veía y soñaba. Pero un día, ese palo ovalado con empuñadura no sería uno más del montón. Nadie sabe por qué, ni cómo, ni tampoco voy a tratar de comprenderlo, pero la rutina del papá del bebé se quebró una mañana de diciembre. Acostumbraba a besarlo en la cien cada vez que encendía aquella luz, al llegar del trabajo. Era sábado, y no había que trabajar, y mientras recorría los pasillos de su casa con el afán de respirar tranquilidad, decidió entrar al cuarto del pequeño.
            Algo pasó por su cabeza, otra cosa que no podremos conocer. Lo que si se confirma es que despertó en él un sentimiento paternal que nunca antes había estado cerca de ser. Tuvo ganas de ver reír a su hijo, incluso de jugar con él. Pero como sabemos, el cuarto de Guillermo, tan falto de amor como vacío de objetos, le impidió por unos segundos a su papá encontrar tal diversión. Fue ágil y audaz José, el padre.
Había agarrado de las cuerdas aquel instrumento que algunos decían, era para practicar deportes, aunque en Argentina no se conocía nada al respecto. Y allí fue cuando Guillermo comenzó a conocer su misión.
Entre carcajadas y revoltones, el niño que no conocía lo que era jugar, había estado horas y horas agarrando, revoleando, incluso sintiendo con profundidad lo áspero de aquel trozo de madera que su papá le había acercado al utópico moisés, cuna, o como sea que fuera ese indescriptible colchón.
Desde entonces, Guillermo nunca más se despegó de su mejor amiga, que tantas alegrías le trajo, y nos trajo a nosotros también; fue quien permitió que conociéramos aquel deporte que hasta entonces era una pregunta para todos.
Aquella mañana de diciembre, gracias a su papá, Guillermo no sólo aprendió a sonreír, sino que reveló lo que el destino había escrito para su vida; de por vida; y en todo lugar.

Agustín Barbeito (actividad con imágenes).

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