Luisa estaba leyendo, disfrutando de ese cuarto lleno de luz, aire y tranquilidad. Ese cuarto amplio y acogedor, tan blanco y lleno de detalles de confort. Ese cuarto, que había sido el regalo de 50 de su mamá y sus hermanas, que le habían dicho:
Andate Luisita, ¡te lo merecés! Laburás tanto, estás siempre a mil, nunca salís de tu casa ni del trabajo, cambiá el aire...
Y allí estaba ella, En un cuarto de lujo, en un hotel de lujo en un pueblo del sur de Chile.
Pero Luisa no estaba sola. Si bien su madre y sus hermanas no lo sabían, Luisa había invitado a Sebastián, su pareja desde hacía un tiempo, pero que todavía no era conocido en el núcleo familiar.
Las cosas entre ellos estaban muy bien, más que bien, sin demasiados contratiempos y con ganas de disfrutar de todo eso, y sobre todo de ellos.
De repente, la puerta del cuarto se abre, era Sebastián que volvía de la calle, donde había comprado puchos y caminado un poco, según dijo. Pero algo raro había, algo había cambiado, ya no era lo mismo y Luisa lo sabía.
Le preguntó que pasaba, a lo que él contestó que nada y se dio media vuelta. Así estuvieron por unas horas, un rato, hasta que Luisa no lo soportó más y se acercó para volver a preguntar. Él se dió vuelta y comenzó a gritar, a vomitar cosas sin sentido.
Luisa totalmente desconcertada quizo frenarlo, pero era imposible. Sebastián estaba desacatado, sin freno posible, completamente desencajado y angustiado. Hasta que, sin saber ya que hacer, Luisa toma el florero que estaba sobre el escritorio cerca de la ventana, y le tira a Sebastián el agua que había en él...
Uno, dos, tres segundos, pero nada pasaba, Sebastián seguía sin reaccionar... Súbitamente Sebastián vuelve en sí y la abraza, y en un llanto entrecortado le dice: ¡¿Por qué no me dijiste antes que el cáncer volvió?! ¡¿Cuándo mierda pensabas hacerlo?!
- No pude, no tuve fuerza.- contestó Luisa.- Pero te quería acá, conmigo, para procesar la noticia... ni siquiera mamá y las chicas lo saben todavía.
Sin soltarla de ese abrazo eterno, Sebastián la sienta sobre la cama y así se quedan, esperando que llegue... ¿Qué? ¿Quién? No sabían, pero sí sabían, que lo que fuese iba a encontrarlos juntos.
María Sequeiros
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