El tren llevaba ya 20 minutos de retraso, pero a ella no le importó en absoluto. Tenía tiempo de sobra, y en el peor de los casos, si llegaba un rato tarde, nadie le haría ningún reproche. Ni siquiera la vieja de recursos humanos. Algunos minutos no significaban la muerte de nadie. Siguió concentrada en la música que brotaba de los auriculares y que le goteaba desde los oídos cayendo e impregnándole la camisa. Cantaba en silencio y contaba los suspiros que emanaban de los extraños con los que compartía el andén.
DS.
DS.
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