domingo, 3 de abril de 2011

Paredes


Ella había estado anclada a su habitación por más de tres años. En aquél refugio que había sido elegido para llevar una hermosa vida. Le gustaba su espacio cerrado, que nada salga de su vista o de su comprensión.
Nunca había estado enferma antes, pero se sintió feliz cuando supo que iba a poder quedarse en su casa, entre las paredes color pastel, no paredes blancas y lúgubres. Tenía una pasión casi obsesiva por la pintura, cuando no estaba enferma pintaba azules, deseos y formas del cuerpo ágil y vivo. Ahora, casi marchita, había contratado a una enfermera para que la atendiera en casi todas las horas del día, pero le daba bronca no poder asirse de su cuerpo para ordenar.
Susana le hablaba, le contaba los chismes de su barrio, sus problemas maritales, las aventuras de sus hijos. Nada le movía el alma porque no quería que nada interfiriera con si quietud tan frágil. A veces escuchaba la radio.
Un día, Susana se llevo del cuarto un florero de cristal para limpiarlo. Tantos gritos provocó este pequeño gesto, que Susana se desesperó y llamó a una ambulancia que llevó a la señora a un hospital de paredes más blancas que un lienzo vacío.

Lucía Santilli

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