sábado, 2 de abril de 2011

Calladas y quietas.

Anidó en el deseo soporífero de dejar de vivir y, con más fuerza que elegancia, descansó sobre el vientre el old fashion repleto de whiskey. Qué bello, esa femenina costumbre de adormecerse, coqueta, contra el lomo titánico del sillón de cuero. "A falta de amor, son buenos los sillones" le había dicho su suegra alguna vez, quizña ponzoñosamente premonitoria, con esa sonrisa landina y blanco cocaína que la acompañó hasta el lecho de muerte. El mismísimo cadaver le sonreía, limpio y verde, desde el ataúd... Malas hembras sí las habría, callada y quieta como una serpiente enrollándose plásticamente alrededor de su almuerzo.
Su hijo había heredado la sonrisa, como pasa con los hijos y las madres: cierta y taxativamente. Había heredado, también, el negocio familiar, ese intercambio noble de dinero por sustancias psicotrópicas ilegales que había sido monopolizado por los Escobar hacía varios años luz. Ella había pensado que Pablo, su Pablo, el bueno de Pablo, jamás repetiría los abusos nefastos clásicos y tan cliché en el mundo de las drogas que su padre le había impuesto a su madre. Pero el ser humano, la verdadera fuente de la desilusión total, jamás cesa de sorprender al prójimo: los cardenales le asediaron el cuerpo blanco hasta paracer Vaticano al poco tiempo de haber asumido el trono traficante. Pablo, empero hermoso, solía refulgir saladamente cuando le atizaba golpes eternos en el  pecho, en el vientre y en la espalda. Y ella seguía amándolo: claro, a ese figurín con la sonrisa de la madre de Pablo, a su Pablo, al bueno de Pablo Escobar.
Las pisadas marciales la sacudieron del sano estupor y ella agitó sus pestañas sobre sus pómulos.  Ya no había whiskey en el vaso y no recordaba por qué. Tampoco importaba: pronto ya no recordaría nada, como solía suceder en cada maratón de golpizas de los miércoles en las que perdía el conocimiento. Pablo zarandeó el cuerpo serrano que tenía por envase y se paró delante de ella: el maletín elocuente que acunaba en sus manos gesticulaba abiertamente su contenido.
-Decime, ¿por cuántos de esos serías capaz de...?- espetó ella desde ese útero de sillón.
El bofetón le sacudió el cuerpo y los ancestros, derribándola sobre la piel de cebra, derrapando sobre esa piel de cebra.
Él ya sabía la respuesta, ella sabía la respuesta.
La sonrisa landina y blanco cocaína le inundó los labios a Pablo cuando arrojó la lámpara de titanio sobre el cuerpo laxo y quedo de su esposa, la dulce inconsciencia le besó la nuca. Calladas y quietecitas, así les gustaban las hembras a los Escobar.


Gabriela B.
(Cuento con la foto del viernes pasado :D)

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