jueves, 14 de abril de 2011

Milagros


          Germán entró por la ventana. Odiaba tener que vivir así, exponiéndose todas las semanas. “Lo hago por Juana” se decía a sí mismo. Su única hija, de ocho años, pensaba que su padre trabajaba en un kiosco por las noches. La inocencia de su pequeña niña desaparecería de un momento a otro… no sabía por cuánto tiempo podría mantener esa mentira.
Al apoyar ambos pies en el piso de madera escuchó un sonido. Se quedó quieto, rezando por que fuese su imaginación jugándole una broma pesada. Agudizó su oído. Ya lo habían visto en un departamento de Recoleta, la policía estaba tras su pista. No podía arriesgarse otra vez. Siguió escuchando. El corazón le palpitaba fuertemente. Una corta y ágil respiración nacía desde el centro de la habitación.
 “¿Quién está ahí?”, preguntó Germán deseando que nadie contestase. Una dulce voz murmuró algo que no logró entender. En su cabeza todo pasaba muy rápido. ¿Por qué entró a esa casa? Las persianas no estaban bajas, debió suponer que había alguien adentro. Pero el turco le había dicho que la familia estaba de vacaciones... Quizás anotó mal la dirección, ¿era 521 o 512? No podía recordar. ¿Debía irse? Ya estaba adentro y no quería volver a su casa con las manos vacías. En el fondo, sentía curiosidad.
“¿Qué? ¿Quién está ahí?”, volvió a preguntar. “Soy yo, Milagros”. A los pocos segundos las luces se encendieron. Una nena con cabello cobrizo vestía un pijama amarillo y se estiraba para alcanzar el interruptor. Germán pudo ver con claridad las paredes rosas, juguetes y libros sobre las hermosas estanterías blancas. Una alfombra con dibujos de mariposas y estrellas  parecía estar diciendo “¡Bienvenido!”.  Colgados en las paredes había cuadros con fotos: una bebe en la playa, un papá alzando a su hija, dos hermanos compartiendo un helado. Juana hubiese adorado el cuarto. Una muñeca negra llamó su atención. De chico recordaba a su prima jugando con bebes negros, las muñecas de Juana eran todas rubias de ojos celestes.
“Hola, ¿cómo te llamas?”, preguntó Milagros. Instintivamente, se abalanzó sobre ella y le tapó la boca con ambas manos. “Si gritás te mato”. Ella empezó a llorar. Las lágrimas mojaban el pulgar de su agresor. La culpa lo carcomía por dentro.  Germán sabía que él no era así, o por lo menos no quería serlo. Asustar a una nena y hacerla llorar… ¿Cómo había llegado a caer tan bajo? Pensaba en lo decepcionada que estaría Juana si lo viese. “Perdón, no voy a lastimarte. No llores más. Te suelto pero por favor no grites”, le suplicó. Ella lo miraba asustada. Podía ver el miedo en sus pupilas.
“Yo quería jugar nada más”, sollozó la niña con ojos cristalinos. Todavía desconfiada le preguntó quién era. “Ya me voy, enserio, me confundí al entrar acá. Chau”. “No, quedate. Quiero jugar con vos. ¿Cómo te llamás?” “No importa. Me tengo que ir. Hoy les iba a hacer mal a vos y a tu familia. No me gusta robar pero lo hago por mi hijita, para comprarle las cosas que quiere. Ella es chica, como vos. Vive conmigo y con mi hermano. Antes no hacía esto. Tenía un trabajo. Ahora robo casas. No me gusta pero es lo que hay. Me voy. Perdón por asustarte. No digas que estuve acá.” Milagros sonrió tímidamente y le pidió que se quedase a jugar a las muñecas. “Ésta se llama Keni, es mi preferida”, dijo mientras agarraba la muñeca negra. Germán negó con la cabeza y empezó a caminar hacia la ventana.
“Llevátela, llevate a Keni, para tu hija. Yo tengo muchos juguetes”. Germán se asombró por la bondad de la nena. Hace unos momentos la había hecho llorar y ahora ella le daba un regalo para Juana. Agarró la muñeca y abrazó a Milagros. “Gracias, sos muy buena”.  “De nada, volvé a visitarme cuando quieras”. Mientras volvía a su casa, prometió no volver a robar. Feliz y agradecido, imaginaba la cara de Juana cuándo recibiese a Keni.  


Florencia P.

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