lunes, 4 de abril de 2011

Del otro lado de la foto

Se sirvió un whiskey y devolvió la botella a la mesa bar que estaba al lado del sillón blanco. Estaba muy ansioso como para sentarse, así que caminó alrededor de los muebles, haciendo girar los hielos en el vaso. Cuando llegó su cuñado se quedó quieto, mirándolo, primero sorprendido, después indignado, por último furioso:
“¿Qué haces vestido de Papá Noel, gil? ¡Iba a ser yo!”
El cuñado le contestó como quien aleja una mosca de un plato que para ser Papá Noel había que ser un buen tipo, y que nunca iba a dejar que manchen el nombre de tan digno personaje.
El movimiento fue exactamente igual al de un jugador de beisbol, y el vaso cruzó el aire dibujando una línea recta de whiskey y hielos, y se desintegró en la cabeza de un Papá Noel, que cayó sentado en el suelo.
Mi disfraz de alce no me dejó moverme rápido, por lo que no pude evitar la lluvia de golpes que vino después. Mientras me zambullía en un remolino de puños y patadas, barba y corbata, alcancé a llamar de un grito a los muchachos que estaban en la cocina.
Dos duendes verdes aparecieron bajo el marco de la puerta, uno sosteniendo una canasta llena de pochoclos, que poco tardó en volar por los aires, generando una nevada muy navideña, que caía muy lento mientras los separábamos. Finalmente pudimos sostener a cada uno en un sillón. 
El juicio fue breve. Por ser el único alce obré de juez, y designé un duende en defensa de cada parte. Se sirvieron whiskies dobles en el cuarto intermedio, y finalmente fallé a favor del autoproclamado Papá Noel, que coronamos con el correspondiente gorro que estaba en la mesa. En parte humillado, en parte aceptando su mal comportamiento durante el año, se sumó un nuevo duende a las tareas de limpieza y fábrica de pochoclos. 

Miguel Sáenz

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