Termino el café sin gusto, mientras relojeo a la vieja mesera del bar “los angelitos”, solía ser hermosa, solía. Los años no vinieron solos, sino acompañados de un sin fin de arrugas y abundante grasa en forma de cuerpo. Las rubias de New York murieron todas, eso hay que entenderlo. Sobre la mesa no encuentro mucho más inspiración: Bajo la medialuna se agazapa la tapa del Crónica del día que mostraba una familia de descuartizados y algo de espectáculo. Lejos de las pasiones, la repetición se torna fiel, una ofrenda santa.
Por la ventana, el mismo arco de humo que habita en las cuatro esquinas posa para todos, pero nadie lo ve. Todo es maqueta y tertulia.
Un taunus azul irrumpe a gran velocidad. Un hombre de mediana estatura y muy bien vestido se baja del mismo, parece agitado, exhausto. Mira para los costados relojeando cómplices o tal vez buscando valor. Permanece inmóvil un par de minutos y fuma su cigarro bensón, acomoda su sombrero y se dirige al edificio de la Avenida San Juan 2245.
Inmóvil se queda mirando el portero eléctrico. Parece perturbado, quizás por haber olvidado el piso o el departamento. Pasan los minutos y el letargo del barrio lo termina consumiendo. Algo me dice que esta llegando a lo hondo. Sigue sin moverse y me preocupa. Sea lo que sea no es preciso.
Vuelvo a concentrarme en la mesera que transita las mesas sin el menor pudor, mujer grande, con muchas mañas. Le lanzo miradas clandestinas, solo por lo que fue (y por lo que fui).
El hombre del portero ya no estaba, se dio por vencido. La duda lo masticó.
Reposar no es bueno.
Facundo Pedrini
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