lunes, 11 de abril de 2011

Hallan el cuerpo sin vida de una mujer

Finalmente lo habían encontrado. Estuvo contando las horas, que sumaron días, pero en el fondo sabía que lo iban a encontrar. Se ilusionó al pasar el tercero, pero en la hora 22 del cuarto día, mientras se preparaba un sándwich, escuchó la música extendida y repetitiva que ponen los noticieros cuando algo importante pasó y todavía es un caos el estudio como para salir al aire. Dejó por unos segundos el cuchillo quieto, a medio camino dentro del pan, cuando apareció de golpe la imagen de la conductora disimulando muy mal la excitación con una seriedad practicada. “Podemos confirmar que han hallado recientemente el cuerpo sin vida de la Senadora desaparecida...”. Apretó sus labios, movió apenas la cabeza para ambos lados, casi lamentándose, y terminó de cortar el pan. Bajó el nivel de su mirada a la altura de la tabla para controlar que el pan esté cortado en partes idénticas, y conforme con el resultado, dio media vuelta y buscó el resto de los ingredientes en la heladera, que acomodó con un orden estudiado en la mesada alta de mármol: Jamón Pata Negra, criado en tierras ibéricas, alimentado únicamente a base de bellotas, importado y cortado quirúrgicamente por El Francés, algunas fetas muy finas de queso ahumado, cosa que indignaba terriblemente al experto charcutero que bien sabía que su mejor cliente iba a juntar dos ingredientes que nacieron con destinos muy distintos, aceite de oliva, un tomate perfecto y sal. 
Mientras el televisor mostraba un confundido detective tratando de explicar cómo una sola bala había viajado quizá 80 metros desde alguna otra ventana, y había encontrado la cabeza de La Senadora que trabajaba sentada en el escritorio de una oficina que nadie conocía, y si alguien la conocía no quería indagar mucho sobre ese tema, el asesino dirigía una orquesta de sabores y texturas que pronto llegaría a su apogeo. “Me pagan bien por matar gente, pero deberían pagarme mejor por hacer sándwiches”. Esta vez había dejado que el galo eligiera por él una botella de tinto, y la aprobó con una mueca de orgullo cuando pasó el vino al decantador y se empapó de un aroma a roble, tierra húmeda y paciencia. Apuntó con el control remoto la pantalla y en un acto reflejo cerró el ojo izquierdo antes de apretar el botón. Se sirvió una copa y la hizo girar mientras caminaba hasta un equipo de música que parecía dormido, y que cuando su dedo lo despertó, saltó gritando una ópera italiana. En el último piso de la torre más alta de la cuidad, un hombre se acercaba lentamente a un sándwich, convencido que toda creación es propia de los dioses, y su opuesto también.

Miguel Sáenz    

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