No entiendo porque las llaman vueltas manzana si tienen formas cuadradas y rígidas. Enfrente veo el monumento de algún prócer que quizás nunca soñó con ser estatua u hostel para palomas. De todas formas esta cuadra alberga cierta particularidad. Rompe un poco con la idiosincrasia cerrada del centro, que rodeada de edificios, suele cortarle la posibilidad al sol de filtrarse y jugar con las sombras. Hay muchas salidas que invitan (no inocentemente) a escapar hacia cualquier lugar, y rápido. El ascensor del subte me causa gracia, vaya a saber por qué. Muchas plazas despiertas y adornadas con instituciones linderas y algún que otro farol que impregna cierta elegancia. El resto (algunos lo llaman “detalles”) vuelve a ponerle a uno los pies en la tierra. Semáforos en todas las esquinas, como policías del movimiento, colectiveros que putean por sus propias cagadas; lo que siempre pasa en una metrópolis, y lo que seguirá sucediendo, amén. La iglesia y la santería estratégicamente ubicada a unos metros mantienen la fe en el capitalismo. Leyendo una pared me entero que Brian y Gise seguramente se besaron el 24/9/10 y que Raúl es gordo. ¿Cómo quieren que no haya colillas desparramadas por el piso si no hay tachos? No importa, uno se acostumbra a la suciedad capitalina, al ruido, y se acomoda en él mientras sigue caminando por las baldosas siempre irregulares, únicas, y hace girar al mundo de esa forma, para, al menos, sumar un día más a ésta historia, que es propia, que son nuestros pasos, que mutan en huellas.
DS.
DS.

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