Bajar las escaleras se hizo más largo de lo que esperaba. Debajo de la mansión de mi padre, una enorme bodega me recibía con vinos y mesas por doquier. 27 años y nunca había visto este lugar. "A este sitio tu papá me trae a cenar seguido e incluso tiene reuniones privadas con gente del trabajo", me decía la voz que me trajo hasta aquí. Casi como si fuera a revelarse un asesinato, la voz me acercó a cinco barriles que se encontraban en el medio del salón. Cada barril tenía un número, un código y una cerradura. Ella sacó un manojo de cinco llaves y eligió una, sin ningún rasgo en particular más que el color. Un morado similar al que prevalecía en toda la habitación. Eligió un barril y lo abrió. No dijo nada más, pero entendí que debía mirar. Un conjunto de perlas y una foto era todo lo que había dentro. Nada de vino.
No tardó más de un segundo. Mi mente retrocedió 27 años sin secretos para encontrar el primero a la vuelta. Yo estaba llorando. Ella, que hasta hacía segundos había sido una madre, estaba llorando, intentando que las lágrimas pudieran darle una explicación y un sentido a todo. Nos gritamos. Yo grité... Ella, asustada, escuchaba todas mis palabras, que expresaban con bronca miles de quejas y reprimendas. Deseé que mi padre también estuviera cerca y no lejos, como siempre. En un movimiento apresurado levanté mi mano, pero evité dar el sacudón. Ella igual retrocedió y dejó caer las llaves. Otra vez, mi mente se fue y regresó, y quizás avanzó un poco más para grabar una imagen en su cabeza. Ella todavía no hablaba ni se movía. Decidido, tomé la primer botella que mis manos alcanzaron y bebí, hasta que ya no quedó una gota. Después, todo comenzó a pasar muy rápido.
No sé como sucedió, pero de repente me encontré subiendo las largas escaleras, con una llave en la mano y una voz que cada vez se escuchaba menos. Despreocupado, cerré la puerta. Seguramente, mañana no la recordaría.
Alejandro Martín Cabrera
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