domingo, 3 de abril de 2011

El primer secreto

Bajar las escaleras se hizo más largo de lo que esperaba. Debajo de la mansión de mi padre, una enorme bodega me recibía con vinos y mesas por doquier. 27 años y nunca había visto este lugar. "A este sitio tu papá me trae a cenar seguido e incluso tiene reuniones privadas con gente del trabajo", me decía la voz que me trajo hasta aquí. Casi como si fuera a revelarse un asesinato, la voz me acercó a cinco barriles que se encontraban en el medio del salón. Cada barril tenía un número, un código y una cerradura. Ella sacó un manojo de cinco llaves y eligió una, sin ningún rasgo en particular más que el color. Un morado similar  al que prevalecía en toda la habitación. Eligió un barril y lo abrió. No dijo nada más, pero entendí que debía mirar. Un conjunto de perlas y una foto era todo lo que había dentro. Nada de vino.
No tardó más de un segundo. Mi mente retrocedió 27 años sin secretos para encontrar el primero a la vuelta. Yo estaba llorando. Ella, que hasta hacía segundos había sido una madre, estaba llorando, intentando que las lágrimas pudieran darle una explicación y un sentido a todo. Nos gritamos. Yo grité... Ella, asustada, escuchaba todas mis palabras, que expresaban con bronca miles de quejas y reprimendas. Deseé que mi padre también estuviera cerca y no lejos, como siempre. En un movimiento apresurado levanté mi mano, pero evité dar el sacudón. Ella igual retrocedió y dejó caer las llaves. Otra vez, mi mente se fue y regresó, y quizás avanzó un poco más para grabar una imagen en su cabeza. Ella todavía no hablaba ni se movía. Decidido, tomé la primer botella que mis manos alcanzaron y bebí, hasta que ya no quedó una gota. Después, todo comenzó a pasar muy rápido.
No sé como sucedió, pero de repente me encontré subiendo las largas escaleras, con una llave en la mano y una voz que cada vez se escuchaba menos. Despreocupado, cerré la puerta. Seguramente, mañana no la recordaría.


Alejandro Martín Cabrera

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