viernes, 8 de abril de 2011

Así se deshacen las cosas

Lola sabía que el mundo no era para ella. Y lo había aprendido hacía mucho, por la época en que todavía vivía con sus padres. En aquel entonces entendió que tener amigos y el sol no le gustaban como a la mayoría de las personas. Comprendió que el amor y esos discursos enredados eran para ella una pérdida de tiempo y que los abrazos y besos que tanto contenían a la mayoría de la gente, a ella le parecían molestos y babosos. Y así creció en ese mundo que tanto aborrecía, rodeada de gente que amaba todas las cosas en las que ella estaba tan poco interesada.
Ya siendo una mujer, decidió vivir sola e intentar construir de a poco su propio mundo. Y así lo hizo, dibujando uno por uno todos los detalles que no podían faltar en su mundo nuevo, tratando de no olvidarse de nada. Lo hizo durante horas, meses y años, y sentía cómo cada paso la acercaba cada vez más a eso que ella tanto anhelaba. Los trazos se iban uniendo y se transformaban en cosas inimaginables y mágicas. Llenó su mundo de colores y de emociones nuevas, no quería nada de la normalidad que podría encontrar en ese otro mundo desgastado.
Un día decidió que estaba listo, lo revisó varias veces para asegurarse de que nada faltaba y cansada y feliz de tanto trabajo, se quedó dormida sobre la hoja. Durmió durante días y cuando finalmente abrió los ojos, vio que todo lo que había creado, ya no estaba. Supuso entonces que la lluvia lo habría borrado, miró el reloj, tomó su campera y salió a vivir ese mundo del que cualquier idiota podía formar parte.

Constanza

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