El lunes por la mañana, como de costumbre, Estela tomaba un poco de café en la mesa de la cocina. Su marido, Gustavo, también se encontraba allí, pero solamente avocado a la tarea de leer el periódico que le traían dos veces por semana hasta su puerta.
Hacía ya varios días que no se dirigían la palabra. Por eso tiempos, en la moderna casa que habían comprado juntos, se sentía una ambiente tenso y sobrio; el silencio se había apoderado de matrimonio.
El conflicto por el que estaba pasando la pareja, comenzó días atrás cuando Estela encontró en el celular de su marido, unos mensajes de texto un tanto sospechosos, dos de ellos decían: “nos encontremos en mi casa a las 20hs, estoy libre” ; “ayer la pasamos muy bien, ojala el martes se repita”, y figuraba como remitente a una tal Carla.
Estela enfurecida con el supuesto coqueteo de aquella mujer con su marido, buscó desesperadamente en la bandeja de salida del celular, algún indicio que le afirma si su esposo estaba teniendo algún affaire. Desgraciadamente allí no había más que mensajes laborales de Gustavo. En ese momento él se encontraba tomando una ducha apacible en el piso de arriba de la casa, pero su mujer interrumpió en el baño, gritando desaforadamente y ahogada en llanto.
Su esposo parecía no entender lo que sucedía, le preguntó qué le pasaba y ella con una voz ronca y triste, contestó que había leído los mensajes en donde una mujer lo invitaba a su casa. Él, cerrando el agua de la ducha, le dijo que eso era imposible, que él sólo tenía ojos para ella, y que seguramente la mujer se había confundido de número.
Al escuchar las palabras equilibradas de Gustavo, se calmó; pero decidieron dejar de hablarse por un tiempo, por lo menos hasta que las cosas se terminaran de apaciguar. Ella ya no creía en él y a él no le gustaba que no le creyera.
Aquel lunes por la mañana, Estela se cansó del silencio fúnebre que había en su casa y se sintió fastidiada con la incomodidad que le provocaba esa persona, ya casi desconocida, que tenia sentada justo al frente. Fue en ese momento, cuando interrumpió violentamente la lectura de su marido, agarrando el periódico y rompiéndolo en varios pedazos. Le dijo que se quería divorciar, que estaba segura de su infidelidad. Él intentó, como siempre, hacerla entrar en razón, diciéndole que jamás había tenido algo con aquella mujer.
Hubo un momento de gran tensión en el aire y el silencio volvió a ponerse en marcha, pero este no duró mucho. Estela al terminarse el café, comenzó a abrir las boletas de los servicios de la casa y dejó para el final el sobre con el resumen de compras realizadas con la tarjeta de crédito, que ambos utilizaban.
Al abrir aquel último sobre, notó que había que pagar una cantidad mucho mayor de dinero, en comparación a meses anteriores. Estela empezó a leer con atención cada una de las compras que se hicieron, y vio que había un elevado monto en perfumes femeninos, adquiridos en una farmacia cercana a su casa, lo cual le extrañó porque ella hacía mucho tiempo que no se compraba fragancias.
Al seguir leyendo la lista, advirtió algo aún más extraño y sospechoso todavía, la última compra realizada había sido dos semanas atrás, en una lencería femenina. Dentro de su cabeza, Estela quería creer que todo aquello eran regalos que su marido le había comprado.
Desconfiando de su marido, comenzó a hacer asociaciones silenciosas en la mesa de la cocina, y se dio cuenta de que era imposible que sean para ella, porque las compras eran anteriores a la pelea y Gustavo antes de la misma, tampoco le había obsequiado nada.
Estela se empezó a poner nerviosa, sus manos le empezaron a transpirar y empezó se sentir un nudo en la garganta que le anticipaba las ganas de llorar. No aguantó más y gritando le preguntó a su marido, acerca de todas aquella cosas que figuraban en el resumen de la tarjeta.
Gustavo no tenía nada que decir, sólo agachar la cabeza y se quedarse en silencio.
-“hace cuatro años te perdoné por tus locuras con esa atorranta de aquel patético bar”, le dijo desesperadamente, él continuo callado y ella volvió a hablarle, -“todo estos días supe que me engañabas, olvídate de mí para siempre”.
Estela rompió en llanto y comenzó a gritar y a agarrarse la cabeza, de repente miró fijamente a su esposo, el cual no la estaba mirando fijamente a la cara, y le dijo que lo odiaba y que no merecía estar jamás con ella, Gustavo no dijo nada, y ella tampoco tenía ganas de hablar, sólo quería actuar…
En la desesperación, la mujer agarró una botella de vino que estaba arriba de la mesada de la cocina, se acerco rápidamente a su marido, sin que este despegue la vista de la mesa, y se la estampo en la cabeza.
Gustavo hizo un alarido de dolor y cayó al piso por el golpe; Estela al darse cuenta de la gravedad que tenía lo que había hecho, corrió ferozmente hasta el teléfono y llamó a la ambulancia.
Para cuando el médico y los dos enfermeros llegaron, Gustavo ya yacía en el piso de la cocina,rodeado por el charco de su propia sangre.
Estela ya se encontraba a una hora de su hogar.
Samanta Ergas
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