jueves, 14 de abril de 2011

Imágenes que nos llevan al futuro (tercera persona)

Corría el 3000 D.C. Las máquinas del tiempo eran monedas corrientes y la tele transportación era algo muy común. No era extravagante que las personas pudiéramos viajar, en aquel entonces, a otro año, incluso, a otro lugar. Al menos no lo era para mí ya que era una de las cosas que más me gustaba hacer en mi tiempo libre: siempre amé viajar, conocer gente nueva y descubrir cómo era la vida en otras civilizaciones… onda…la Antigua Grecia o la Inglaterra de Isabel I.
Pero tengo que admitir que había un lugar que siempre que iba superaba mis expectativas; era un espacio en el cual me sentía yo misma, sin ningún tipo de amenazas o intimidaciones, solo paz, amor y armonía. Este lugar era los Estados Unidos en el siglo XXI. Allí, viví los mejores días de mi vida, las aventuras más intrépidas y los peligros mas riesgosos…siempre me llevaba buenos recuerdos y buenas anécdotas para volver a relatar (o evocar) en el momento en que yo quisiera, en el instante en que pudiera desenchufarme de esta post post modernidad agobiante habitada por personas carentes de sentimientos y colores.
Todo siempre había sido perfecto: tenía mis amigos y una familia (los Andrews’) que me había adoptado como si fuera una hija biológica más; ellos disfrutaban mis relatos futuristas (que muchas veces llegaban a ser bizarras para quien no estuviera acostumbrado) y yo disfrutaba de su cálida compañía. Todo iba fenómeno hasta el 1º de abril del 2011, día que juré no regresar nunca más, no solo por lo mal que la pasé, sino por el recuerdo amargo que quedó en mi cerebro y por el arrepentimiento de haber cometido el acto que cometí. No, no…nunca más, nunca más.
Lo recuerdo como si fuera ayer: ese mediodía entré en la máquina de tele transportación, y reaparecí en el living de la casa de los Andrews’, un hogar cálido y aunque minimalista, con muebles oscuros, paredes de color blanco, escaleras empinadas y angostas y ornamentos de vidrio; a su vez, había un olor a café que era delicioso que verdaderamente estaba comenzando a abrirme el apetito. Me hacía recordar aquellos días de invierno, en que mi “mamá” me preparaba un riquísimo café instantáneo con mucho edulcorante.
Al llegar, me encontré con Thomas, mi “hermanito mayor” sentado frente a la televisión mirando un programa especial que trataba sobre OVNIS en el lago Titicaca. A diferencia de otras oportunidades en que nos saludábamos como los mejores amigos y charlábamos horas y horas, sin que se nos acabara el suministro de recuerdos , anécdotas y chismes temporales, mi hermano, esta vez, fue incapaz de saludarme, de mirarme, siquiera de notar mi presencia…me había convertido en un fantasma del futuro, en la protagonista de una película de ciencia ficción.
Inmediatamente quise entablar una comunicación “decente” con Thomas, pero apenas comencé a moverme, el se dio vuelta a una velocidad increíble: estaba atónita, mi hermano, mi mejor amigo y confidente, estaba gritándome y empujándome contra una silla; no hace falta entrar en detalles y decir los improperios que Thomas repitió…pero sí hace falta aclarar que me pegó una cachetada que me hizo ver las estrellas y entrar automáticamente en un ataque de furia. Ya no era uno solo quien se había enojado, sino dos…y eligió la peor persona con quien descargarse.
El estaba completamente fuera de sus cabales, no entendía nada: yo menos; yo había comenzado a llorar y llorar, no podía parar, sentía que la impotencia y la bronca bailaban con la amargura, y que esta ultima estaba llevándose todos los aplausos… . Solucioné las cosas de la única manera que sabía, esa que utilizamos allá lejos, en el 3000 cuando uno no se soporta a alguien y se lo quiere sacar de encima: lo sujeté por los brazos y lo llevé hasta la escalera y lo empujé…si, si, lo empujé…y Thomas rodó y rodó y rodó hasta llegar al pie de la escalera; lugar en donde mi “familia” lo encontraría…
Ya eran las 13.45, se me estaba haciendo tarde: entré en mi máquina teletransportadora, no sin antes pensar en la persona fría y parca en la que me convertiría; sería otra mas entre los habitantes del post post modernismo.
Tipeé en la máquina las palabras “Italia - año 1400 d.c”; el living de la casa que tanto había añorado se despedía para siempre…

María Constanza Taurozzi

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