Bronceadores y quemados.
El mejor estadio de un hombre es la posibilidad, la realidad siempre nos ahoga y nunca vamos a estar a la altura de lo que podemos llegar a imaginarnos. Es tan frustrante concretar las aptitudes que nada nos salvara de discurrir por la cañería.
La mejor promesa pierde con los caprichos de segundo. Las cosas son y siempre serán de alguien, y nosotros pasamos. A la larga, siempre prevalece la costumbre de demostrar y no hay cuentas pendientes si hay creatividad.
Así comencé este viaje, idealizando cosas que no van a alcanzar. Partituras y lagañas libradas al humor de la ruta mojada. La verde repetición se torna una adivinanza para nuestra curiosidad, y el color de la tierra me indica que vamos avanzando (el suelo no es el punto de partida).
Un viaje dentro de un viaje. Ansias. Derribar mitos a partir de las intenciones locales. Cada búsqueda es diferente, recuperar la memoria y volver a ser parte de la carcajada son buenos puntos de encuentro para los cuatro jinetes, de cara pálida y sin filtros espirituales.
Todo es posible, el convencimiento superficial es parcial pero no importa. Un rastro, que desaparece a medida que comemos asfalto, pero se afianza en los kilómetros restantes esquivando el maldito imán de la bocina. Hay vida (y cuanta) en donde nunca pasa nada. Los lugares de paso conservan todos los olores: Frutos secos, sueños silvestres y vacas lejos del matadero.
Camino Corrientes con insinuación, es ella lo que nos hace interesantes, si el desconcierto supera a la imaginación podré decir misión cumplida. No hace falta ser prolijos, lejos quedo el código de barras. Todo se hace de forma abundante, sin medir consecuencias gástricas. La intención del ave, el estruendo del silencio y las plegarias de los grillos codifican la verdadera lengua, muleta y diversa.
Llegamos a la Aduana sin controles. Reales pero de mentira. Siempre ruidosos ingresamos al refugio refrigerante. La vitamina C se apoderaba de las paredes, había fruta hasta en los cuadros. Demasiado limpio para nosotros.
Irrumpimos a la playa desesperados, buscando sal local. Gendarmería es un puesto en la playa de bebidas; hombres con camisetas centroamericanas, intimidantes desde la ojota. Y si, hasta la seguridad se divierte. Cachiporras en forma de choclo, danzando al ritmo de lo imponente (y a veces imprudente).
Tiempo de libertinaje, la vergüenza se va con el idioma. El delirio devora la fidelidad hacia lo reprimido. Es costoso llegar a la metáfora, son tierras voluptuosas. La seducción es total. Terreno del todo vale (¿Qué quedará para las cosas nulas?).
Si después de la alegría hay mas alegría y después de cada vibración hay un mejor pasar, tal vez este testimoniando desde un lugar que nació para ser el paradigma de la despreocupación.
Viaje a 360, auto alquilado, sin velocímetro y con patente de origen dudoso. Las llantas deberán aguantar. Sospecho que la luna esta con hambre y nuestro destino en ayunas.
Directo y contundente, la paranoia de un momento sin excusa. Todo se mezcla, deformaciones, desvelos bohemios, prostitución, regateos de camarones y filete, mucho filete con arroz.
Las líneas de escape son pocas cuando tenes la certeza de que lo que omiten tus sentidos va a ser aún mas importante de lo que podes llegar a percibir. Limitaciones humanas.
Se combinan diferentes sensaciones y el calor se apodera de los recursos.
Y en el medio de la mente una mixtura de obsesiones: Cuesta desprenderse del recelo y la suspicacia sin fulminar rostros y dirigirnos con ademanes psicóticos. Somos criados con fusiles que disparan penumbras, es la orilla que nos toco y que nos da cierta seguridad para deambular por la zona con aires importados, cuando estamos muy cerca de la resaca.
Los fetiches discursivos no tardan en llegar; Maradona el mejor del mundo, Pele y sus inicios con garotos, porteños ganadores de cada farol los mas escuchados. La cultura se encarga de heredarte sus temores y seguridades y los ídolos de reivindicarlos, haciéndote confrontar con lo único que los puede vencer: La realidad.
Para entender que necesita un país uno debe observar sus miserias, pero para entender que merecen solo hay que enterarse de lo que les desean al prójimo (y hasta acá el análisis, cuesta asumir las culpas).
Instalados, asentados y con esa falsa convicción de localia que reconforta, uno quiere huir del día a día pero sentirse como en su casa. Experimentación etílica suave, caipirinhas de ron y de cachaça y lima Dicotómicas para algunos gringos, les generan identificación con la arena que los recibe pero en exceso los hace olvidarse algunas partes de si. Algunos lo llaman alegría, otros adicción (depende el medico).
Después de unos cuantos brebajes, uno comienza a denigrarse (aún más). Practica snorkel, pasatiempo en donde un tubo flourecente sobresale a una prominente pelada. Triste aun mas, los 50 cms. De profundidad en donde por mas de 2 horas (y con patas de rana incluidas) asistimos al espectáculo de mojarras imperceptibles. Momento en donde todos mienten para no desentonar. Todos sabemos que el que paga para ver no es muy afortunado, y más si la vista es de rodillas y en cuatro patas…
Cae la noche y mi zoom. Brinda lo simultáneo, sin necesidad del ademán. Algunos cazan, otros conocen. Luces verdes son fondo y figura. El ambiente esta picante, la bandera es roja. Se resguarda la psicodélica de los años más felices, hombres – buho petrificados al ritmo del espasmo. Lesbianas en las 4 esquinas, vale todo y esta bien. La temperatura sube. Saqué.
El baño es el nuevo chalet de los deallers (con ladrillo a la vista) que en sus ratos libres son tarjeteros o vendedores de una noche inolvidable (como un político con remera ajustada).
De repente un payaso hace su ingreso al lugar, con la cara lavada. La pintura, seas quien seas, al final se corre. Me mira, duro y cansado (hasta la risa a veces necesita de la evasión), arrancando aplausos de algunos inútiles que se alegran de su espectáculo mas lamentable o su faceta más lastimosa. La representación de la inocencia, el abanderado de lo no contaminado a merced de la oscuridad. Me pregunto, ¿Cuál será el último punto de resistencia? ¿Acaso las fotos sepias en la mesita de luz de mis nonos? Ellas también permanecen fijas.
Cambio de pista, otra música, mismos pasatiempos y la lluvia de acido que no se hace esperar. Pupilas a merced de un barman biónico, disputando una carrera con el LSD y el bronceador (factor muerte).
El vistazo a los reservados es innecesario, mismas intenciones que en todos lados (aunque aquí parece que prevalece lo cuantificable, eso exigen las cuevas…).
Un tren se apodera de las cinturas y las historias se rozan intoxicadas. Córdoba, Río y Campeche se alinean tras el único código universal: el táctil.
Reanudo el recorrido, acompañado de vodka, fruta, azúcar y hielo, allá el rebaño, acá la lana. Para aquel entonces ya no había DJ, todo era humo negro destilado.
En la barra del segundo piso se adquieren motivos al 2 X 1 y el que mas cotiza es la felicidad. Un buen lugar para pasar los sábados si fuésemos una colonia inglesa (¡No lo somos eh!..). Me acurruco cada vez mas en las similitudes ópticas, es que la pena no es ajena al sudor (tampoco el placer), en el fondo, las drogas es una manera que el mundo te duela menos, evitando el reflejo de la cicatriz; y acá hacemos tablas.
Muchos quemados, sobrevivientes, viviendo con el incentivo de sostener una reputación meridiana. Fermentados.
Los perros (pocos) son los más tristes del lugar. No tienen lugar en la cultura del desparpajo, sin doggies con anfetaminas ni bozales con éter buscan refugio en el tango argentino. Canes si, lazarillos no. Ignorar es odiar, y no puedo pasarlo por alto. Pero claro, yo jamás estaré a la altura de los acontecimientos, porque estoy arriba del parlante
FACUNDO PEDRINI
No hay comentarios:
Publicar un comentario