Martín está sentado en el mullido sofá, tiene la vista congelada en la puerta y espera. Silencio, solo interrumpido de a ratos por los leves movimientos del cuerpo sobre el cuero. El picaporte gira y entra una sombra y luego Juan. Un par de pasos adelante, pasando el hall de entrada, ve al intruso. -¿Qué hacés acá?-, pregunta sorprendido el inquilino. – Nada, pasaba por el barrio y se me ocurrió visitarte…-, responde con impunidad Martín. –Pero, ¿cómo entraste?-. – Por la ventana-, contesta el polizón con una sonrisa, y continúa,- de la misma forma que hacía cuando me olvidaba la llave-. –Sí, antes, cuando vivías acá, pero te recuerdo que tuviste que mudarte-. Martín se levanta del sofá con cierta pereza; el cuerpo intenta aferrarse al asiento pero la voluntad es más fuerte y se despide tajante de los últimos momentos de comodidad. - ¿Así que te andás curtiendo a mi novia?- pregunta ya desde la verticalidad. Juan traga saliva, y se nota. -¿Qué?-, emite agudamente haciéndose el sorprendido. Martín lo mira con una sonrisa violenta y los ojos rojos. Pase lo que pase de ahora en adelante, no habrá vuelta atrás. – No me lo dijo nadie,- Hace una pausa y continua.- Lo vi. En internet-. Juan palidece. Su cabeza comienza a barajar miles de imágenes por segundo. Entonces recuerda nítida y lentamente cuando, borracho, se filmó a escondidas con Delfina. Exactamente hace dos meses.
Juan sigue pensando pero no entiende de qué forma el archivo pasó a la red. -¿Me vasa contestar hijo de puta?-. La cara de Martín ya no alberga sonrisa. En un acto instintivo patea el florero de la mesa ratona, y éste golpea contra el cuerpo de su enemigo estallando en mil partes, desparramando una amalgama de tierra y vidrios sobre la alfombra. Juan cae. – Esperá … te puedo explicar … - atina a gemir herido. Algunos pedazos de la que fuera una bonita pieza de decoración se le meten por debajo de la piel, y las primeras gotas de sangre brotan. Martín camina alrededor de él, estudiando a su presa, olfateando su miedo. – Sos un hijo de puta-, le dice en una tonalidad que Juan nunca antes le había oído. De repente, como una revelación, Martín ve el cuadro (que hace instantes nomás colgaba a sus espaldas pero que gracias a la magia del movimiento posa ahora frente a sus ojos). Ese objeto, culpable de su exilio; esos dibujos coloridos que tantos problemas le causaron; ese cuadro de mierda. Disfrutando de cada paso se dirige hasta la pared y descuelga la pesada obra con cierta gracia. -¿Qué… qué vas a hacer?- pregunta Juan, aún sangrando, desde el piso. La sonrisa anida nuevamente en la cara de Martín, que no contesta. Juan lo ve acercarse con una determinación que se acelera a cada paso. El vengador eleva la pintura hacia el techo, como si se tratase de una ofrenda a algún dios pagano, y descarga con toda su furia la obra sobre el herido. Vuelve a hacerlo una y otra vez. Juan gime de dolor. La obra se deshace progresivamente en cada impacto, borrando su sentido y cambiando su interpretación. Al rato, Martín, ya agitado, se aburre del movimiento mecánico y lanza lo que queda del cuadro a un costado. A mitad de trayecto, el marco choca contra la lámpara tirándola al suelo. Martín observa el cuerpo desparramado e inmóvil. La sangre tiñe lentamente la alfombra beige. – Va a salir una fortuna limpiar esto-, piensa. La venganza no le resulta tan saciadora, pero al menos la presión en el pecho desaparece. Esquivando el desorden, va hasta la cocina, abre la ventana y se va, sin mirar hacia atrás.
DS.
DS.
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