jueves, 14 de abril de 2011

Entre la multitud

Sé que no es correcto hablar y opinar de las personas cuando no se las conoce realmente, pero decidí hacer la excepción por un hombre con quien nunca intercambié palabras y a quien veo a diario entre un tumulto de gente.
Casi todos los medio días de la semana, desde hace un año, veo a un anciano sentado en el pasillo principal de la estación de subte Pueyrredón, del barrio porteño Recoleta.
Cada vez que paso por allí, al volver de la facultad, lo veo a él sentado en un banquito de madera marrón oscuro, teniendo en su arrugada mano un potecito cuadrado y transparente, para que algunos de los tantos que constantemente pasan por ese lugar, le obsequien alguna moneda o billete.
Este anciano es distinto a los que uno normalmente ve en la calle pidiendo. Él siempre está pulcro, prolijo y elegante; viste trajes generalmente de color marrón y beige; posee algo que lo difencia del resto de los presentes en el pasillo del subte: tiene una radio redonda, negra y bastante moderna, ella nunca se despega de sus rodillas. Su radio reproduce tangos con letras melancólicas, me atrevería a decir que sus gestos también lo son.
Este hombre tiene una mirada un poco triste y pensativa, quizás por su cabeza pasen vagos recuerdos de una juventud, que prometía fama y reconocimiento de la gente, debido a sus dotes musicales.Empezé a divagar con esta creencia sobre su pasado, cuando un día vi que junto a sus zapatos desgastados, había algunos CD de tango propios.
Él no me produce lastima, como me sucede con la mayoría de quienes veo pedir en las calles, al contrario, me genera respeto, me muestra integridad y dignidad, y hasta diría que esa mezcla de tango, radio y traje me recuerdan con alegría a mí adorado abuelo “Lolo”.

Samanta Ergas

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