jueves, 14 de abril de 2011

Hallan el cuerpo sin vida de una mujer.


Cuando la policía de Moreno llegó a la casa de los Lucchetti se encontró con un chico joven sentado delante de una computadora, el monitor se reflejaba azul sobre sus pómulos vacíos, estaba quieto, inmóvil. Los padres de José habían hecho pasar a la policía, después de encontrar a su hijo al lado de un cadáver cuidadosamente envuelto se sentaron uno en frente del otro en la cocina y decidieron hacer que su hijito, de 22 años, se entregara.  Su hermanita, a la que tanto todos protegían, quedó encerrada en su cuarto hasta que la fueran a buscar sus abuelos.
Tapada con una frazada marrón oscuro estaba Candela, no se distinguía su sangre en la frazada, pero era tanta que había dejado un charco en el piso de la habitación de azulejos blancos, construida hace no mucho tiempo, en la parte de atrás del garaje de la familia.
El comisario que trataba de escribir lo que había visto con ese lenguaje tan académico de la policía, pensó que Candela podría ser su hija, y su hija su nieta. La mamá le dijo que Candela había conocido a José en la municipalidad de Moreno, que había conseguido ese trabajo gracias a que militaba en la juventud peronista, pero que estaba pensando en anotarse en la universidad ese año porque su hijita ya tenía cuatro años.
Candela tenía cuatro puñaladas, dos en el brazo, otra en el pecho y una que la descuartizaba. El cuchillo de cocina había quedado ahí, tirado en el piso. Mientras José buscaba en el código penal, 8 a 25.
Aproximadamente 6 horas antes, José había llamado a Candela. Le preguntó cómo estaba y cómo estaba su hija, quería hablar con ella. Candela le contó de su trabajo y de sus amigas intentando desviar la conversación. José le dijo que la quería de vuelta, básicamente. Candela volvió a desviar la conversación y le preguntó como andaba con el psiquiatra y los medicamentos, si seguía deprimido. José desvió ahora la conversación, le dijo que quería despedirse por lo menos, desearle un buen año.

Lucía Santilli.

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