viernes, 22 de abril de 2011

El Manija y El Tuerto

“El Manija” sacó pecho y el espejo le devolvió la imagen de un caballero, en un frac impecable. Se miró de frente, de costado, y le preguntó al “Tuerto”, que estaba parado a su lado, convenciendo al nudo de su corbata de quedarse quieto:
-¿Y Tuerto? ¿Qué tul?-
-Impecable Manija, sos una pintura- le dijo el Tuerto, y volvió a bajar la vista a la corbata celeste, que ya empezaba a hacerle caso.  
La puerta del cuarto donde estaban se abrió y apareció primero una cara muy roja y después un hombre bastante gordo en un fino traje, con bastón y una galera que se sacó para rascarse la cabeza, claramente nervioso por lo que tenía que decir: 
-Eh.. Manija, dos cositas, uno: sos una pintura, dos: no hay mas hielo-
-¡Me cacho! Había unas cuantas bolsas, ¿Qué le hicieron?-  preguntó El Manija mirándolo por el espejo.
-Y.. abrimos un fernet Manijita. Iríamos nosotros a comprar, pero ya estamos medio picados, y es fijo que nos para la yuta si nos agarra manejando. Hicimos una vaquita igual, juntamos ciento veinte pesos-

Manija agarró los billetes, bajó las escaleras seguido por su fiel amigo y testigo ante Dios, el valiente Tuerto, y se subió al auto. Camino a la estación de servicio, El Tuerto mencionó en un tono inocente que había carreras en el Hipódromo de Palermo, y quince minutos después El Manija sostenía un boleto de apuesta por $120 en una yegua que parecía venir pacientemente arreando desde atrás al resto de la tropa. Cuando El Manija tiró el cigarrillo indignado contra el piso, y El Tuerto se aflojó de un tirón el nudo de su corbata, que tanto trabajo le había costado, la Rufiana Callejera todavía no cruzaba el disco.

-Paa! Que día hoy che- dijo El Manija, pasándose un peine por el pelo engominado y guardándolo en el bolsillo del saco.
-No hay quien le escriba un tango a ésta yegua miserable. Y encima tenemos que conseguir hielo Manija-    

El Manija se acercó a su amigo y agarrándolo de los hombros le habló como cada vez que lo tenía que aleccionar en cosas de la vida:

-Tuerto, acabamos de perder la posibilidad de ganar un fangote y vos te querés conformar con hielo. Así no es che, vamos a pensar en otra cosa, a recuperar la fortuna que perdimos recién-
-En dos horas hay que estar en la iglesia: robemos la estación de servicio y de paso sacamos hielo. Y nos queda de pasada, encima.- dijo el Tuerto abriendo grande los ojos, como para que su amigo vea tanto despliegue de inteligencia.
-Tuerto, sos tan buen tipo como cauteloso. Dos atributos que no te van a llevar muy lejos- le dijo El Manija dándole un tirón de orejas y haciéndole una seña para que lo siga, mientras se daba la vuelta y caminaba a pasos agigantados.

Media hora después estaban parados en una esquina, apoyados en un farol. El Tuerto contaba unos billetes que sacaba de una bolsa de tela y El Manija fumaba, viendo a los autos de policía pasar a toda velocidad, dirigidos a un Banco que tenía un agujero en la pared y un guardia desmayado con un boleto del hipódromo en el bolsillo de la camisa.  

-¿Cuanto tenemos Tuerto?-
-Algo así como 4 mil pesos y una hora y media para el casorio- dijo poniéndose la bolsa al hombro y acomodándose el nudo de la corbata con una mano.
-Vamos a buscar hielo y te invito un trago, Tuerto, que si llego tarde hoy la gringa me mata-   


Miguel Sáenz

jueves, 14 de abril de 2011

Hallan el cuerpo sin vida de una mujer.


Cuando la policía de Moreno llegó a la casa de los Lucchetti se encontró con un chico joven sentado delante de una computadora, el monitor se reflejaba azul sobre sus pómulos vacíos, estaba quieto, inmóvil. Los padres de José habían hecho pasar a la policía, después de encontrar a su hijo al lado de un cadáver cuidadosamente envuelto se sentaron uno en frente del otro en la cocina y decidieron hacer que su hijito, de 22 años, se entregara.  Su hermanita, a la que tanto todos protegían, quedó encerrada en su cuarto hasta que la fueran a buscar sus abuelos.
Tapada con una frazada marrón oscuro estaba Candela, no se distinguía su sangre en la frazada, pero era tanta que había dejado un charco en el piso de la habitación de azulejos blancos, construida hace no mucho tiempo, en la parte de atrás del garaje de la familia.
El comisario que trataba de escribir lo que había visto con ese lenguaje tan académico de la policía, pensó que Candela podría ser su hija, y su hija su nieta. La mamá le dijo que Candela había conocido a José en la municipalidad de Moreno, que había conseguido ese trabajo gracias a que militaba en la juventud peronista, pero que estaba pensando en anotarse en la universidad ese año porque su hijita ya tenía cuatro años.
Candela tenía cuatro puñaladas, dos en el brazo, otra en el pecho y una que la descuartizaba. El cuchillo de cocina había quedado ahí, tirado en el piso. Mientras José buscaba en el código penal, 8 a 25.
Aproximadamente 6 horas antes, José había llamado a Candela. Le preguntó cómo estaba y cómo estaba su hija, quería hablar con ella. Candela le contó de su trabajo y de sus amigas intentando desviar la conversación. José le dijo que la quería de vuelta, básicamente. Candela volvió a desviar la conversación y le preguntó como andaba con el psiquiatra y los medicamentos, si seguía deprimido. José desvió ahora la conversación, le dijo que quería despedirse por lo menos, desearle un buen año.

Lucía Santilli.

Milagros


          Germán entró por la ventana. Odiaba tener que vivir así, exponiéndose todas las semanas. “Lo hago por Juana” se decía a sí mismo. Su única hija, de ocho años, pensaba que su padre trabajaba en un kiosco por las noches. La inocencia de su pequeña niña desaparecería de un momento a otro… no sabía por cuánto tiempo podría mantener esa mentira.
Al apoyar ambos pies en el piso de madera escuchó un sonido. Se quedó quieto, rezando por que fuese su imaginación jugándole una broma pesada. Agudizó su oído. Ya lo habían visto en un departamento de Recoleta, la policía estaba tras su pista. No podía arriesgarse otra vez. Siguió escuchando. El corazón le palpitaba fuertemente. Una corta y ágil respiración nacía desde el centro de la habitación.
 “¿Quién está ahí?”, preguntó Germán deseando que nadie contestase. Una dulce voz murmuró algo que no logró entender. En su cabeza todo pasaba muy rápido. ¿Por qué entró a esa casa? Las persianas no estaban bajas, debió suponer que había alguien adentro. Pero el turco le había dicho que la familia estaba de vacaciones... Quizás anotó mal la dirección, ¿era 521 o 512? No podía recordar. ¿Debía irse? Ya estaba adentro y no quería volver a su casa con las manos vacías. En el fondo, sentía curiosidad.
“¿Qué? ¿Quién está ahí?”, volvió a preguntar. “Soy yo, Milagros”. A los pocos segundos las luces se encendieron. Una nena con cabello cobrizo vestía un pijama amarillo y se estiraba para alcanzar el interruptor. Germán pudo ver con claridad las paredes rosas, juguetes y libros sobre las hermosas estanterías blancas. Una alfombra con dibujos de mariposas y estrellas  parecía estar diciendo “¡Bienvenido!”.  Colgados en las paredes había cuadros con fotos: una bebe en la playa, un papá alzando a su hija, dos hermanos compartiendo un helado. Juana hubiese adorado el cuarto. Una muñeca negra llamó su atención. De chico recordaba a su prima jugando con bebes negros, las muñecas de Juana eran todas rubias de ojos celestes.
“Hola, ¿cómo te llamas?”, preguntó Milagros. Instintivamente, se abalanzó sobre ella y le tapó la boca con ambas manos. “Si gritás te mato”. Ella empezó a llorar. Las lágrimas mojaban el pulgar de su agresor. La culpa lo carcomía por dentro.  Germán sabía que él no era así, o por lo menos no quería serlo. Asustar a una nena y hacerla llorar… ¿Cómo había llegado a caer tan bajo? Pensaba en lo decepcionada que estaría Juana si lo viese. “Perdón, no voy a lastimarte. No llores más. Te suelto pero por favor no grites”, le suplicó. Ella lo miraba asustada. Podía ver el miedo en sus pupilas.
“Yo quería jugar nada más”, sollozó la niña con ojos cristalinos. Todavía desconfiada le preguntó quién era. “Ya me voy, enserio, me confundí al entrar acá. Chau”. “No, quedate. Quiero jugar con vos. ¿Cómo te llamás?” “No importa. Me tengo que ir. Hoy les iba a hacer mal a vos y a tu familia. No me gusta robar pero lo hago por mi hijita, para comprarle las cosas que quiere. Ella es chica, como vos. Vive conmigo y con mi hermano. Antes no hacía esto. Tenía un trabajo. Ahora robo casas. No me gusta pero es lo que hay. Me voy. Perdón por asustarte. No digas que estuve acá.” Milagros sonrió tímidamente y le pidió que se quedase a jugar a las muñecas. “Ésta se llama Keni, es mi preferida”, dijo mientras agarraba la muñeca negra. Germán negó con la cabeza y empezó a caminar hacia la ventana.
“Llevátela, llevate a Keni, para tu hija. Yo tengo muchos juguetes”. Germán se asombró por la bondad de la nena. Hace unos momentos la había hecho llorar y ahora ella le daba un regalo para Juana. Agarró la muñeca y abrazó a Milagros. “Gracias, sos muy buena”.  “De nada, volvé a visitarme cuando quieras”. Mientras volvía a su casa, prometió no volver a robar. Feliz y agradecido, imaginaba la cara de Juana cuándo recibiese a Keni.  


Florencia P.

Entre la multitud

Sé que no es correcto hablar y opinar de las personas cuando no se las conoce realmente, pero decidí hacer la excepción por un hombre con quien nunca intercambié palabras y a quien veo a diario entre un tumulto de gente.
Casi todos los medio días de la semana, desde hace un año, veo a un anciano sentado en el pasillo principal de la estación de subte Pueyrredón, del barrio porteño Recoleta.
Cada vez que paso por allí, al volver de la facultad, lo veo a él sentado en un banquito de madera marrón oscuro, teniendo en su arrugada mano un potecito cuadrado y transparente, para que algunos de los tantos que constantemente pasan por ese lugar, le obsequien alguna moneda o billete.
Este anciano es distinto a los que uno normalmente ve en la calle pidiendo. Él siempre está pulcro, prolijo y elegante; viste trajes generalmente de color marrón y beige; posee algo que lo difencia del resto de los presentes en el pasillo del subte: tiene una radio redonda, negra y bastante moderna, ella nunca se despega de sus rodillas. Su radio reproduce tangos con letras melancólicas, me atrevería a decir que sus gestos también lo son.
Este hombre tiene una mirada un poco triste y pensativa, quizás por su cabeza pasen vagos recuerdos de una juventud, que prometía fama y reconocimiento de la gente, debido a sus dotes musicales.Empezé a divagar con esta creencia sobre su pasado, cuando un día vi que junto a sus zapatos desgastados, había algunos CD de tango propios.
Él no me produce lastima, como me sucede con la mayoría de quienes veo pedir en las calles, al contrario, me genera respeto, me muestra integridad y dignidad, y hasta diría que esa mezcla de tango, radio y traje me recuerdan con alegría a mí adorado abuelo “Lolo”.

Samanta Ergas

Imágenes que nos llevan al futuro (tercera persona)

Corría el 3000 D.C. Las máquinas del tiempo eran monedas corrientes y la tele transportación era algo muy común. No era extravagante que las personas pudiéramos viajar, en aquel entonces, a otro año, incluso, a otro lugar. Al menos no lo era para mí ya que era una de las cosas que más me gustaba hacer en mi tiempo libre: siempre amé viajar, conocer gente nueva y descubrir cómo era la vida en otras civilizaciones… onda…la Antigua Grecia o la Inglaterra de Isabel I.
Pero tengo que admitir que había un lugar que siempre que iba superaba mis expectativas; era un espacio en el cual me sentía yo misma, sin ningún tipo de amenazas o intimidaciones, solo paz, amor y armonía. Este lugar era los Estados Unidos en el siglo XXI. Allí, viví los mejores días de mi vida, las aventuras más intrépidas y los peligros mas riesgosos…siempre me llevaba buenos recuerdos y buenas anécdotas para volver a relatar (o evocar) en el momento en que yo quisiera, en el instante en que pudiera desenchufarme de esta post post modernidad agobiante habitada por personas carentes de sentimientos y colores.
Todo siempre había sido perfecto: tenía mis amigos y una familia (los Andrews’) que me había adoptado como si fuera una hija biológica más; ellos disfrutaban mis relatos futuristas (que muchas veces llegaban a ser bizarras para quien no estuviera acostumbrado) y yo disfrutaba de su cálida compañía. Todo iba fenómeno hasta el 1º de abril del 2011, día que juré no regresar nunca más, no solo por lo mal que la pasé, sino por el recuerdo amargo que quedó en mi cerebro y por el arrepentimiento de haber cometido el acto que cometí. No, no…nunca más, nunca más.
Lo recuerdo como si fuera ayer: ese mediodía entré en la máquina de tele transportación, y reaparecí en el living de la casa de los Andrews’, un hogar cálido y aunque minimalista, con muebles oscuros, paredes de color blanco, escaleras empinadas y angostas y ornamentos de vidrio; a su vez, había un olor a café que era delicioso que verdaderamente estaba comenzando a abrirme el apetito. Me hacía recordar aquellos días de invierno, en que mi “mamá” me preparaba un riquísimo café instantáneo con mucho edulcorante.
Al llegar, me encontré con Thomas, mi “hermanito mayor” sentado frente a la televisión mirando un programa especial que trataba sobre OVNIS en el lago Titicaca. A diferencia de otras oportunidades en que nos saludábamos como los mejores amigos y charlábamos horas y horas, sin que se nos acabara el suministro de recuerdos , anécdotas y chismes temporales, mi hermano, esta vez, fue incapaz de saludarme, de mirarme, siquiera de notar mi presencia…me había convertido en un fantasma del futuro, en la protagonista de una película de ciencia ficción.
Inmediatamente quise entablar una comunicación “decente” con Thomas, pero apenas comencé a moverme, el se dio vuelta a una velocidad increíble: estaba atónita, mi hermano, mi mejor amigo y confidente, estaba gritándome y empujándome contra una silla; no hace falta entrar en detalles y decir los improperios que Thomas repitió…pero sí hace falta aclarar que me pegó una cachetada que me hizo ver las estrellas y entrar automáticamente en un ataque de furia. Ya no era uno solo quien se había enojado, sino dos…y eligió la peor persona con quien descargarse.
El estaba completamente fuera de sus cabales, no entendía nada: yo menos; yo había comenzado a llorar y llorar, no podía parar, sentía que la impotencia y la bronca bailaban con la amargura, y que esta ultima estaba llevándose todos los aplausos… . Solucioné las cosas de la única manera que sabía, esa que utilizamos allá lejos, en el 3000 cuando uno no se soporta a alguien y se lo quiere sacar de encima: lo sujeté por los brazos y lo llevé hasta la escalera y lo empujé…si, si, lo empujé…y Thomas rodó y rodó y rodó hasta llegar al pie de la escalera; lugar en donde mi “familia” lo encontraría…
Ya eran las 13.45, se me estaba haciendo tarde: entré en mi máquina teletransportadora, no sin antes pensar en la persona fría y parca en la que me convertiría; sería otra mas entre los habitantes del post post modernismo.
Tipeé en la máquina las palabras “Italia - año 1400 d.c”; el living de la casa que tanto había añorado se despedía para siempre…

María Constanza Taurozzi

Hallan el cuerpo sin vida de una mujer (después)

No había rastros de sangre, fibras de cabello, o ropa. Aparentemente, era el crimen perfecto; la policía no tenía la mas mínima idea de lo que había ocurrido, solo veían el cuerpo de una mujer desfigurada casi en su totalidad (y apenas reconocible) dentro de un auto que, a juzgar por el número de patente, era muy nuevo. Carolina Monroe había sido asesinada a sangre fría y pocas personas podían ser útiles para esclarecer su caso.
El agente Martínez era especialista en este tipo de situaciones: día por medio se dirigía a la morgue de la Ciudad de Buenos Aires para ver los “nuevos fiambres” como él cruelmente solía llamarlos. Amaba embarcarse en investigaciones detectivescas y fue por ello que no dudó en tomar el caso por su cuenta con el fin de descubrir quien había sido el asesino. Su juego favorito era jugar al gato y al ratón.
Había pocas evidencias: Graciela, la madre de Carolina, viuda desde hacía dos años ya que su marido había muerto de un infarto cardíaco; Marcos, el ex novio de Carolina, con quien habría terminado su relación hacía apenas dos semanas, y Antonella, su mejor amiga de toda la vida; pocas, pero no por eso poco importantes, estos vestigios fueron utilizados por Martinez para esclarecer el crimen.
El agente tuvo la oportunidad de hablar con Graciela, quien se encontraba aún, perturbada por lo que le había ocurrido a su hija. Ella le contó con lujo de detalles todo lo que Carolina había hecho el día en que la vio por última vez: que había desayunado, se fue a su trabajo, y luego se reunió con Marcos para hablar sobre temas del pasado, cosa que Carolina no quería que sucediera ya que había llegado a odiar a ese hombre con todo su corazón.
Luego, habló con Antonella quien le contó como había sido la relación entre Carolina y Marcos: ellos habían sido novios durante aproximadamente 15 años, siempre se habían llevado bien…de hecho, tenían planes de casamiento. Según Antonella, los problemas en la pareja habían empezado cuando Marcos comenzó a adquirir grandes cantidades de dinero de alguien que ella no conocía y que, con ese dinero se había comprado un auto último modelo hacía aún menos de un mes. Ella fue quien le dio la dirección del muchacho, lugar al que Martínez sabía que tarde o temprano se dirigiría.
Para Martinez ya estaba todo prácticamente esclarecido: investigó el número de patente y efectivamente el auto pertenecía a Marcos.
El agente se dirigió a la casa del joven con el fin de llevarlo detenido y confiscarle cada una de las cosas que se encontraban allí. Derribó la puerta, y en cuanto prendió la luz comenzaron los disparos: Martínez no tuvo tiempo a responder….Marcos ya se había cobrado dos vidas inocentes y se había salido con la suya…nuevamente.

María Constanza Taurozzi

Hallan el cuerpo sin vida de una mujer (antes)

Era una simple mañana de invierno. Carolina Monroe se despertó de un sueño muy liviano (apenas había pegado un ojo en toda la noche pensando en que esa misma tarde se encontraría con el pesado de su ex novio). Fue a la cocina de su casa y tomó el desayuno que Graciela, su mamá le había preparado como todas las mañanas.
Salió, se tomó el subte y se dirigió a su trabajo, una oficina contable que queda en pleno microcentro porteño. Toda esa jornada había estado inquieta: ella sabía que podía llegar a suceder algo con Marcos, pero nada bueno…tenía un escalofrío insoportable, como si tuviera la premonición de que algo malo iba a ocurrir.
Esa tarde, se encontró con Marcos, ella temblaba de pies a cabeza pero se mostró segura, como siempre solía hacerlo cuando debía enfrentar un problema grave…como este. Él, por su parte, se encontraba tranquilo…como si todo estuviera predicho.
Comenzaron a hablar y a discutir sobre la nueva adquisición de Marcos, ese auto nuevo que los había llevado al rompimiento de su relación de 15 años y que a Carolina le provocó uno de los mayores dolores de toda su vida. Pero Marcos seguía mostrándose tranquilo: es mas…la había invitado a pegar una vuelta en el auto, con la excusa de luego llevarla a su casa. Ella, a regañadientes, aceptó el ofrecimiento.
Comenzaron a andar y andar en el automóvil; recorrieron lugares a los que ellos habían ido cuando estaban de novios, cosa que a Carolina le provocó tristeza, y al mismo tiempo nauseas. Ya no quería recordar mas nada de él o de su relación, ella solo quería llegar a su casa, descansar y pasar tiempo con su madre.
En cuando le comunicó esto a su ex novio, el salió a la General Paz, luego al acceso oeste y luego, al medio de la ruta. Carolina no sabía que estaba ocurriendo, pero sentía mucho miedo y ganas de bajarse. Comenzaron a discutir nuevamente y la joven, en un ataque de desesperación, se arrojó del auto, estrolando su rostro sobre el pavimento. Sentía que le ardía la cara y que los brazos y las piernas no le respondían; de repente sintió mucho frío…y ya nada le importaba.
El impacto había sido demasiado fuerte y Carolina había muerto…Marcos no tuvo mejor idea que abandonar su auto allí, con Carolina encerrada en el baúl y él, con un revolver dentro de su chaleco que sabía que debía utilizar tarde o temprano. Nadie debía enterarse de lo que acababa de cometer. Definitivamente, el asesinato había salido mejor de lo que él había esperado


María Constanza Taurozzi

LAS COSAS TERMINAN (PARTE DOS). TERCERA PERSONA. - MIRADA AJENA -

Termino el café sin gusto, mientras relojeo a la vieja mesera del bar “los angelitos”, solía ser hermosa, solía. Los años no vinieron solos, sino acompañados de un sin fin de arrugas y abundante grasa en forma de cuerpo. Las rubias de New York murieron todas, eso hay que entenderlo. Sobre la mesa no encuentro mucho más inspiración: Bajo la medialuna se agazapa la tapa del Crónica del día que mostraba una familia de descuartizados y algo de espectáculo. Lejos de las pasiones, la repetición se torna fiel, una ofrenda santa.
Por la ventana, el mismo arco de humo que habita en las cuatro esquinas posa para todos, pero nadie lo ve. Todo es maqueta y tertulia.
Un taunus azul irrumpe a gran velocidad. Un hombre de mediana estatura y muy bien vestido se baja del mismo, parece agitado, exhausto. Mira para los costados relojeando cómplices o tal vez buscando valor. Permanece inmóvil un par de minutos y fuma su cigarro bensón, acomoda su sombrero y se dirige al edificio de la Avenida San Juan 2245.
Inmóvil se queda mirando el portero eléctrico. Parece perturbado, quizás por haber olvidado el piso o el departamento. Pasan los minutos y el letargo del barrio lo termina consumiendo. Algo me dice que esta llegando a lo hondo. Sigue sin moverse y me preocupa. Sea lo que sea no es preciso.
Vuelvo a concentrarme en la mesera que transita las mesas sin el menor pudor, mujer grande, con muchas mañas. Le lanzo miradas clandestinas, solo por lo que fue (y por lo que fui).
El hombre del portero ya no estaba, se dio por vencido. La duda lo masticó.
Reposar no es bueno.




Facundo Pedrini
Mi nombre es Ruby y nací hace 82 primaveras. La persona recostada sobre la cama es María, a la cuál llamé así por la Virgen y porque de esa misma forma moriría también. María no es fruto del amor, como me gustaría creer, pero si de la unión de dos personas viajeras y con algún rumbo sospechoso. Tiene la enfermedad de algún señor al que se lo recuerda por haber sido un enfermo original y le arrebataron el apellido para los que le seguirían.
Es así como pasan mis días, cuidándola, observándola desde su silencio, desde su inmadurez involuntaria. Los almohadones de nuestra cama tienen delineada la forma de su nuca.
Entiendo que lo que vivo no es el orden natural de las cosas. María es pero no está. Necesito algo. Son muchos los planes ambivalentes y hasta malévolos que me sugieren el fin pero se desvanecen al desviar la mirada hacia nuestra cama.
Hoy soñé que la forma que tenían las almohadas no era la de la cabeza de mi hija, sino la de su frente, su nariz, la cama completaba su tarea de mimetizarla y hacerla desaparecer. Decidí concretarlo.

Florencia D.

miércoles, 13 de abril de 2011

Un asesinato que quedará impune

El cuerpo sin vida de Jorgelina Villalba, de 35 años, fue encontrado el 8 de marzo pasado por su empleada doméstica en su domicilio del barrio de Palermo. Según el resultado de la autopsia, fue estrangulada y violada.
Inmediatamente un fiscal intervino, quien tomó declaración a sus padres y amigos más cercanos, respecto a la situación amorosa de Jorgelina, respondieron no estar muy al tanto de su vida privada, ya que era muy reservada en ese asunto.
Para saber cuales fueron las últimas personas con las que se contactó, el fiscal ordenó como primera medida la intervención de todas sus líneas telefónicas, al no obtener ningún dato relevante, hackeo su correo electrónico, allí encontró varios mails de una sola persona: Mario Cuello, un reciente compañero de trabajo de Jorgelina. Es más, en uno de esos correos quedaron en juntarse a comer a casa de Jorgelina el día del asesinato.
Con todos estos indicios, el inspector no tenía dudas que Mario Cuello era el asesino, pero cuando se iba a ordenar su captura, ocurrió algo inesperado. Al día siguiente de la muerte de Jorgelina, Mario se suicidó.
Entonces habría que exhumar el cadáver y hacer un ADN, pensó el fiscal, pero eso no iba a ser posible, ya que Cuello fue cremado y sus cenizas arrojadas al mar. Ese fue su deseo que dejó escrito en una carta dirigida a su mamá, en la cual dice sentirse vacío y sin ganas de vivir.
Con todos estas pruebas, el fiscal y su familia dieron por finalizada la investigación, al estar convencidos de que el asesino de Jorgelina fue Mario Cuello.

Juan Manuel Sagardoy

Sueños de raqueta.

Las manos arrugadas de Guillermo juguetean en el aire tratando de formar figuras que ni si quiera él sabe qué significan, ni por qué lo hace. Sonríe y llora, pero tampoco sabe por qué. Su mirada da vueltas por todos lados, tratando de encontrar algo que lo divierta; esta acostumbrado a la penumbra, a la soledad, a la tristeza de no saber, no entender, y no poder reír como quisiera, o como tendría que ser.
Hace ya un año y medio que da vueltas en un mullido colchón de espuma que simula ser una cuna. Tiene una almohada blanca tiza que irradia un poco de luz y color en medio de tanta oscuridad. Ni siquiera la cortina del cuarto es desplegada hacia arriba para iluminarlo. Son tan desatentos ellos, ellos que hablan de trabajo, de valores morales, de sacrificio, de darle todo a un hijo que no tiene nada, o poco. De horas extras, de noches en vela, de extremo abuso de infusiones para mantener bien abiertos los ojos, sólo para seguir trazando planos y aumentar la riqueza familiar. Pero todo era en vano, porque su primogénito era olvidado y reemplazado por esa vil manera de vivir.
Mientras tanto Guillermo, con sus pocos meses de vida, no conoce el amor de sus padres, no sabe que puede existir tal amor, no conoce lo racional ni lo empírico. No sabe ni entiende, esa es la cuestión. Pero sueña, sueña en exceso y extraño; y cada noche, cuando el azul marino de sus ojos se extinguía, cubierto por parpados tan suaves como todo su tejido epitelial, su mente abría las barreras del inconciente para que aparezcan resultados interesantes de analizar: formas geométricas, colores varios, luces, fuegos artificiales, ruidos. Eran indicios, represiones internas de un yo que no se había conformado ni siquiera con la mirada de su madre cuando lo vio nacer. Lo extraño era que toda esa mezcla de estallidos y flashes lumínicos se contraponían con la realidad de Guillermo.
            Una realidad tan triste y austera como el cuadrado donde dormía. Tenía volumen, era un cuarto con paredes y techo, tan mal decorado, que tampoco entiendo por qué hablo de tal decoración. El polvo volaba como jilguero entre los huecos de los zócalos, motivo por el cual, todos podrían en pasar en posibles ataques de asma. Añadido a la falta de ventilación y iluminación; en fin, era un recinto tan inhóspito, tan desencajado, como lo puede ser la cárcel para el abogado penalista.
            Lo único que le habían puesto los padres de Guillermo a su hijo en aquella recámara, era un cuadro tan emblemático como aburrido, representativo de la costa argentina: una panorámica de la Ciudad de Mar del Plata que, a un costado, mostraba el puerto marplantese. El lugar donde el bebe escribiría su génesis. Lo curioso es que además de la pintura, y una lámpara de pie que se encendía por la noche cuando el joven era saludado por sus padres, había un pedazo de madera cuarteada, con unos filamentos transparentes, similares al plástico.
Para Guillermo no era más que otra de las tantas formas geométricas que imaginaba, veía y soñaba. Pero un día, ese palo ovalado con empuñadura no sería uno más del montón. Nadie sabe por qué, ni cómo, ni tampoco voy a tratar de comprenderlo, pero la rutina del papá del bebé se quebró una mañana de diciembre. Acostumbraba a besarlo en la cien cada vez que encendía aquella luz, al llegar del trabajo. Era sábado, y no había que trabajar, y mientras recorría los pasillos de su casa con el afán de respirar tranquilidad, decidió entrar al cuarto del pequeño.
            Algo pasó por su cabeza, otra cosa que no podremos conocer. Lo que si se confirma es que despertó en él un sentimiento paternal que nunca antes había estado cerca de ser. Tuvo ganas de ver reír a su hijo, incluso de jugar con él. Pero como sabemos, el cuarto de Guillermo, tan falto de amor como vacío de objetos, le impidió por unos segundos a su papá encontrar tal diversión. Fue ágil y audaz José, el padre.
Había agarrado de las cuerdas aquel instrumento que algunos decían, era para practicar deportes, aunque en Argentina no se conocía nada al respecto. Y allí fue cuando Guillermo comenzó a conocer su misión.
Entre carcajadas y revoltones, el niño que no conocía lo que era jugar, había estado horas y horas agarrando, revoleando, incluso sintiendo con profundidad lo áspero de aquel trozo de madera que su papá le había acercado al utópico moisés, cuna, o como sea que fuera ese indescriptible colchón.
Desde entonces, Guillermo nunca más se despegó de su mejor amiga, que tantas alegrías le trajo, y nos trajo a nosotros también; fue quien permitió que conociéramos aquel deporte que hasta entonces era una pregunta para todos.
Aquella mañana de diciembre, gracias a su papá, Guillermo no sólo aprendió a sonreír, sino que reveló lo que el destino había escrito para su vida; de por vida; y en todo lugar.

Agustín Barbeito (actividad con imágenes).

LA BONDAD DEL PROFESOR NO TIENE LÍMITES...

Les copio el cuento de Sorrentino que HAY que leer para el viernes...
Saludos.



EN DEFENSA PROPIA
Fernando Sorrentino


Era sábado, serían las diez de la mañana.
En un descuido, mi hijo mayor, que es el diablo, trazó con un alambre un garabato en la puerta del departamento vecino. Nada alarmante ni catastrófico: un breve firulete, acaso imperceptible para quien no estuviera sobre aviso.
Lo confieso con rubor: al principio —¿quién no ha tenido estas debilidades?— pensé en callar. Pero después me pareció que lo correcto era disculparme ante el vecino y ofrecerle pagar los daños. Afianzó esta determinación de honestidad la certeza de que los gastos serían escasos.
Llamé brevemente. De los vecinos sólo sabía que eran nuevos en la casa, que eran tres, que eran rubios. Cuando hablaron, supe que eran extranjeros. Cuando hablaron un poco más, los supuse alemanes, austríacos o suizos.
Rieron bonachonamente; no le asignaron al garabato ninguna importancia; hasta fingieron esforzarse, con una lupa, para poder verlo, tan insignificante era.
Con firmeza y alegría rechazaron mis disculpas, dijeron que todos los niños eran traviesos, no admitieron —en suma— que yo me hiciera cargo de los gastos de reparación.
Nos despedimos entre sonoras risotadas y con férreos apretones de manos.
Ya en casa, mi mujer —que había estado espiando por la mirilla— me preguntó, anhelante:
—¿Saldrá cara la pintura?
—No quieren ni un centavo —la tranquilicé.
—Menos mal —repuso, y oprimió un poco la cartera.
No hice más que volverme, cuando vi, junto a la puerta, un pequeñísimo sobre blanco. En su interior había una tarjeta de visita. Impresos, en letras cuadraditas, dos nombres: GUILLERMO HOFER Y RICARDA H. KORNFELD DEHOFER. Después, en menuda caligrafía azul, se agregaba: «y Guillermito Gustavo Hofer saludan muy atentamente al señor y a la señora Sorrentino, y les piden mil disculpas por el mal rato que pudieron haber pasado por la presunta travesura —que no es tal— del pequeño Juan Manuel Sorrentino al adornar nuestra vieja puerta con un gracioso dibujito».
—¡Caramba! —dije—. Qué gente delicada. No sólo no se enojan, sino que se disculpan.
Para retribuir de algún modo tanta amabilidad, tomé un libro infantil sin estrenar, que reservaba como regalo para Juan Manuel, y le pedí que obsequiara con él al pequeño Guillermito Gustavo Hofer.
Ése era mi día de suerte: Juan Manuel obedeció sin imponerme condiciones humillantes, y volvió portador de millones de gracias de parte del matrimonio Hofer y de su retoño.
Serían las doce. Los sábados suelo, sin éxito, intentar leer. Me senté, abrí el libro, leí dos palabras, sonó el timbre. En estos casos, siempre soy el único habitante de la casa y mi deber es levantarme. Emití un resoplido de fastidio, y fui a abrir la puerta. Me encontré con un joven de bigotes, vestido como un soldadito de plomo, eclipsado tras un ingente ramo de rosas.
Firmé un papel, di una propina, recibí una especie de saludo militar, conté veinticuatro rosas, leí, en una tarjeta ocre: «Guillermo Hofer y Ricarda H. Kornfeld de Hofer saludan muy atentamente al señor y a la señora Sorrentino, y al pequeño Juan Manuel Sorrentino, y les agradecen el bellísimo libro de cuentos infantiles —alimento para el espíritu— con que han obsequiado a Guillermito Gustavo.»
En eso, con bolsas y esfuerzos, llegó del mercado mi mujer:
—¡Qué lindas rosas! ¡Con lo que a mí me gustan las flores! ¿Cómo se te ocurrió comprarlas, a vos que nunca se te ocurre nada?
Tuve que confesar que eran un regalo del matrimonio Hofer.
—Esto hay que agradecerlo —dijo, distribuyendo las rosas en jarrones—. Los invitaremos a tomar el té.
Mis planes para ese sábado eran otros. Débilmente, aventuré:
—¿Esta tarde...?
—No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy.
Serían las seis de la tarde. Esplendorosa vajilla y albo mantel cubrían la mesa del comedor. Un rato antes, obedeciendo órdenes de mi mujer —que deseaba un toque vienés—, debí presentarme en una confitería de la avenida Cabildo, comprar sándwiches, masas, postres, golosinas. Eso sí, todo de primera calidad y el paquete atado con una cintita roja y blanca que realmente abría el apetito. Al pasar frente a una ferretería, una oscura ruindad me impulsó a comparar el importe de mi reciente gasto con el precio de la más gigantesca lata de la mejor de todas las pinturas. Experimenté una ligera congoja.
Los Hofer no llegaron con las manos vacías. Los entorpecía —blanca, cremosa y barroca— una torta descomunal que hubiera alcanzado para todos los soldados de un regimiento. Mi mujer quedó anonadada por la excesiva generosidad del presente. Yo también, pero ya me sentía un poco incómodo. Los Hofer, con su charla hecha sobre todo de disculpas y zalamerías, no lograban interesarme. Juan Manuel y Guillermito, con sus juegos hechos sobre todo de carreras, golpes, gritos y destrozos, lograban alarmarme.
A las ocho me hubiera parecido meritorio que se retiraran. Pero mi mujer me musitó al oído, en la cocina:
—Han sido tan amables. Semejante torta. Tendríamos que invitarlos a cenar.
—¿A cenar qué, si no hay comida? ¿A cenar por qué, si no tenemos hambre?
—Si no hay comida aquí, habrá en la rotisería. En cuanto al hambre, ¿quién dijo que es necesario comer? Lo importante es compartir la mesa y pasar un rato divertido.
A pesar de que lo importante no era la comida, a eso de las diez de la noche, cargado como una mula, transporté, desde la rotisería, enormes y fragantes paquetes. Una vez más, los Hofer demostraron que no eran gente de presentarse con las manos vacías: en un cofre de hierro y bronce trajeron treinta botellas de vino italiano y cinco de coñac francés.
Serían las dos de la mañana. Extenuado por las migraciones, ahíto por el exceso de comida, embriagado por el vino y el coñac, aturdido por la emoción de la amistad, me dormí al instante. Fue una suerte: a las seis, los Hofer, vestidos con ropas deportivas y protegidos los ojos con lentes ahumados, tocaron el timbre. Nos llevarían en automóvil a su quinta de la vecina localidad de Ingeniero Maschwitz.
Mentiría quien dijese que este pueblo está pegado a Buenos Aires. En el coche pensé con nostalgia en mi mate, en mi diario, en mi ocio. Si mantenía abiertos los ojos, me ardían; si los cerraba, me quedaba dormido. Los Hofer, misteriosamente descansados, charlaron y rieron durante todo el trayecto.
En la quinta, que era muy linda, nos trataron como a reyes. Tomamos sol, nadamos en la pileta, comimos delicioso asado criollo, hasta dormí una siestita bajo un árbol con hormigas. Al despertarme, caí en la cuenta de que habíamos ido con las manos vacías.
—No seas guarango —susurró mi mujer—. Aunque sea comprále algo al chico.
Fui a caminar por el pueblo con Guillermito. Ante el escaparate de una juguetería le pregunté:
—¿Qué querés que te compre?
—Un caballo.
Entendí que se refería a un caballito de juguete. Me equivocaba: volví a la quinta en ancas de un bayo brioso, sujeto de la cintura de Guillermito y sin siquiera un cojinillo para mis asentaderas doloridas.
Así pasó el domingo.
El lunes, al volver de mi empleo, encontré al señor Hofer enseñándole a Juan Manuel a manejar una motocicleta.
—¿Cómo le va? —me dijo—. ¿Le gusta lo que le regalé al nene?
—Pero si es muy chico para andar en moto —objeté.
—Entonces se la regalo a usted.
Nunca lo hubiera dicho. Al verse despojado del reciente obsequio, Juan Manuel estalló en una rabieta estentórea.
—Pobrecito —comprendió el señor Hofer—. Los chicos son así. Vení, querido, tengo algo lindo para vos.
Yo me senté en la motocicleta y, como no sé manejar, me puse a hacer ruido de motocicleta con la boca.
—¡Alto ahí o lo mato!
Juan Manuel me apuntaba con una escopeta de aire comprimido.
—Nunca dispares a los ojos —le recomendó el señor Hofer.
Hice ruido de frenar la motocicleta, y Juan Manuel dejó de apuntarme. Subimos a casa muy contentos los dos.
—Recibir regalos es muy fácil —señaló mi mujer—. Pero hay que saber retribuir. A ver si te hacés notar.
Comprendí. El martes adquirí un automóvil importado y una carabina. El señor Hofer me preguntó por qué me había molestado; Guillermito, del primer tiro, rompió el farol del alumbrado público.
El miércoles los regalos fueron tres. Para mí, un desmesurado ómnibus de viajes internacionales, provisto de aire acondicionado y servicios de baño, sauna, restaurante y salón de baile. Para Juan Manuel, una bazuca de fabricación vietnamita. Para mi mujer, un lujoso vestido blanco de fiesta.
—¿Dónde voy a lucir el vestido? —comentó, decepcionada—. ¿En el ómnibus? La culpa es tuya, que nunca le regalaste nada a la señora. Por eso ahora me regalan limosnas.
Un estampido horrendo casi me dejó sordo. Para probar su bazuca, Juan Manuel acababa de demoler, de un solo disparo, la casa de la esquina, por fortuna deshabitada tiempo ha.
Pero mi mujer seguía con sus quejas:
—Claro, para el señor, un ómnibus como para ir hasta el Brasil. Para el señorito, un arma poderosa como para defenderse de los antropófagos del Mato Grosso. Para la sirvienta, un vestidito de fiesta... Estos Hofer, como buenos europeos, son unos tacaños...
Subí a mi ómnibus y lo puse en marcha. Me detuve cerca del río, en un paraje solitario. Allí, perdido en el desaforado asiento, gozando de la fresca penumbra que me brindaban los visillos corridos, me entregué a la serena meditación.
Cuando supe exactamente qué debía hacer, me dirigí al ministerio a ver a Pérez. Como todo argentino, yo tengo un amigo en un ministerio, y este amigo se llama Pérez. Por más que soy muy emprendedor, en este caso necesitaba que Pérez interpusiera su influencia.
Y lo logré.
Vivo en el barrio de Las Cañitas, al que ahora le dicen San Benito de Palermo. Para extender una vía férrea desde la estación Lisandro de la Torre hasta la puerta de mi casa, fue necesario el trabajo silencioso, fecundo e ininterrumpido de un multitudinario ejército de ingenieros, técnicos y obreros, quienes, utilizando la más especializada y moderna maquinaria internacional, y tras expropiar y demoler las cuatro manzanas de suntuosos edificios que otrora se extendían por la avenida del Libertador entre las calles Olleros y Matienzo, coronaron con éxito rotundo tan valerosa empresa. De más está puntualizar que sus dueños recibieron justa e instantánea indemnización. Es que con un Pérez en un ministerio no existe la palabra imposible.
Esta vez quise darle una sorpresa al señor Hofer. Cuando el jueves, a las ocho de la mañana, salió a la calle, encontró una reluciente locomotora diésel, roja y amarilla, enganchada a seis vagones. Sobre la puerta de la locomotora, un cartelito rezaba: BIENVENIDO A SU TREN, SEÑOR HOFER.
—¡Un tren! —exclamó—. ¡Un tren, todo para mí solo! ¡El sueño de mi vida! ¡Desde chico que quiero manejar un tren!
Y, loco de contento y sin siquiera agradecerme, subió a la locomotora, donde un sencillo manual de instrucciones lo esperaba para explicarle cómo conducirla.
—Pero espere —dije—, no sea abombado. Mire lo que le compré a Guillermito.
Un poderoso tanque de guerra destruía con sus orugas las baldosas de la acera.
—¡¡¡Bieeeennn!!! —gritó Guillermito—. ¡Con las ganas que tengo de tirar abajo el obelisco!
—Tampoco me olvidé de la señora —añadí.
Y le entregué, recién recibido de Francia, el más fino y delicado tapado de visón.
Como eran ansiosos y juguetones, los Hofer quisieron estrenar en ese mismo instante sus regalos.
Pero en cada obsequio yo había colocado una pequeña trampa.
El tapado de visón estaba interiormente recubierto de una emulsión mágica evaporante que me había cedido un hechicero del Congo, de manera que, apenas se envolvió con él, la señora Ricarda se achicharró primero y luego se convirtió en una tenue nubecilla blancuzca que se perdió en el cielo.
No bien Guillermito efectuó su primer cañonazo contra el obelisco, la torreta del tanque, accionada por un dispositivo especial, salió disparada hacia el espacio y depositó al pequeño, sano y salvo, en una de las diez lunas del planeta Saturno.
Cuando el señor Hofer puso en marcha el tren, éste, incontrolable, se lanzó raudamente por un viaducto atómico cuyo itinerario, tras cruzar el Atlántico, el noroeste del África y el canal de Sicilia, concluía bruscamente en el cráter del volcán Etna, que por esos días había entrado en erupción.
Así fue como llegó el viernes, y no recibimos ningún regalo de los Hofer. Al anochecer, mientras preparaba la comida, mi mujer dijo:
—Sea uno amable con los vecinos. Póngase en gastos. Que tren, que tanque, que visón. Y ellos, ni una tarjetita de agradecimiento

martes, 12 de abril de 2011

Un asesinato misterioso


Bajó corriendo las escaleras sin mirar atrás. No podía perder tiempo. El auto lo estaría esperando a una cuadra de aquél galpón. Esperaba que estuviera ahí y que no llegara tarde. Al fin y al cabo lo único que tenía que hacer era conducir ese vehículo destartalado que consiguió por unos pesos, pensó. Miró para todos lados antes de salir por la rojiza puerta que lo había estado acompañando esas últimas semanas.
El peugeot negro estaba estacionado. Caminó despacio como si estuviera contando sus pasos. Abrió la puerta delantera y con un silencio dijo todo.
Se dirigieron al hotel donde se alojaba su compañero. Él estaba de paso, sólo llegó a la ciudad para ayudarlo a realizar el trabajo.
Las sirenas de la ambulancia y de la policía se escuchaban como ruido de fondo, como una música "placentera" para los oídos de aquél sujeto. Murmuró una palabra inconclusa y sonrió. Esa sonrisa tan particular que lo caracterizaba significaba algo. Si alguien lo pudiera haber visto trabajar se hubiera dado cuenta del por qué, pero no. Trabajaba sólo y de no ser así, esto podría haber terminado mal.
Prendió la televisión, siguiendo con su rutina y le ordenó a su compañero que le fuera a comprar algo. Siempre miraba las noticias comiendo y fumando al lado de la ventana. Le gustaba observar el humo mientras se esfumaba con el aire y repetía "somos así, nos desintegramos poco a poco. No somos nada". Y sonreía.
"Último momento: se encontró el cuerpo de un empresario colgando del techo de un galpón. Fuentes oficiales creen que podría hablarse de un suicidio. Este se convertiría en el cuarto caso en el país". "Quinto", agregó el hombre dándole un puñetazo a la cama. Luego se sintió aliviado y sonrió. Todo había salido según lo planeado. Cambió de canal para verse de nuevo, ver el "maravilloso" trabajo que había realizado. Si había una tarea que le gustaba más que el "arte" de matar, era revivir esos momentos. Lo disfrutaba como a nada en el mundo. Tal vez porque no tenía otra cosa, tal vez porque era la única manera de contactarse con lo que más había apreciado en la vida y que ya no lo acompañaba. Pensó en ella y una lágrima le recorrió el rostro. Esa imagen la tenía impregnada en todo su ser. Sintió ganas de matar. Cada vez esto era más frecuente, pero debía controlarse.
Siguió mirando las noticias y allí mostraban imágenes, lejanas, pero claras, del cuerpo sin vida de aquél hombre que se había cruzado en la vida de él. Los recuerdos lo atacaron nuevamente y no pudo salir de ese sitio. Ya no estaba allí. La veía a ella con la soga atada al cuello y con la silla donde se sentaba a comer debajo. Entendía lo que pasaba, pero a la vez no comprendía nada. Toda su vida juntos había quedado en el vacío. Sin embargo, pasó mucho tiempo mirándola, registrando su rostro, sus expresiones y esa sonrisa hermosa de cuando la había conocido.
Apagó el televisor y salió a la calle en busca de su nueva víctima.
Samantha Schuster

Después

"Muerte en el hotel Alvear", titulaba la tapa del periódico más importante del país, el Ocean´s News. En menos de 24 horas ya había escuchado aquellas palabras como 100 veces. Sí, el hotel más seguro y lujoso de todo Australia, y quizás del mundo, había sido lugar de un asesinato. Y yo fui el primero en saberlo. Y cómo no iba a ser el primero si estuve ahí, en el momento del impacto. Mis ojos nunca habían sido espectadores de semejante acción, ni mi mente había registrado hasta entonces tan horripilantes imágenes. Todavía no sé si agradecerle a Dios estar vivo, porque estas últimas 24 horas fueron un verdadero infierno. No creo que pueda olvidar nunca estas imágenes. Una llamada a la recepción del hotel, una solicitud de servicio a la habitación para la suite de lujo, una anciana muy amable que recibe el pedido, gritos en la habitación de enfrente, ruidos en la puerta, una mujer de cabello lazio y ojos blancos, un hacha, una soga con manchas rojas, un cuerpo en el suelo, un chico desnutrido y ensangrentado, el teléfono sonando, una sirena, dos doctores, una camilla.... Tuve que repetirlas una y otra vez. Al policía, al doctor, al inspector, al jefe del hotel e incluso a mi familia. Todos querían saber la historia, pero yo quería desaparecer de la novela sin saber el final. Temía que todo pudiera empeorar. Mi mente estaba deteriorada, obsesiva y mis ojos igual. Todos los niños en la calle lloraban. No corrían... escapaban. Cuerpos llenos de sangre aparecían en cada esquina. No sé si voy a poder soportarlo mucho tiempo más. Mi psicólogo me dijo: "Hay que despejar la mente, pruebe escribir algo". No sé si fue el mejor consejo, porque a esta altura, había una sola historia que podía contar.

Alejandro Martín Cabrera

lunes, 11 de abril de 2011

Hallan el cuerpo sin vida de una mujer

Finalmente lo habían encontrado. Estuvo contando las horas, que sumaron días, pero en el fondo sabía que lo iban a encontrar. Se ilusionó al pasar el tercero, pero en la hora 22 del cuarto día, mientras se preparaba un sándwich, escuchó la música extendida y repetitiva que ponen los noticieros cuando algo importante pasó y todavía es un caos el estudio como para salir al aire. Dejó por unos segundos el cuchillo quieto, a medio camino dentro del pan, cuando apareció de golpe la imagen de la conductora disimulando muy mal la excitación con una seriedad practicada. “Podemos confirmar que han hallado recientemente el cuerpo sin vida de la Senadora desaparecida...”. Apretó sus labios, movió apenas la cabeza para ambos lados, casi lamentándose, y terminó de cortar el pan. Bajó el nivel de su mirada a la altura de la tabla para controlar que el pan esté cortado en partes idénticas, y conforme con el resultado, dio media vuelta y buscó el resto de los ingredientes en la heladera, que acomodó con un orden estudiado en la mesada alta de mármol: Jamón Pata Negra, criado en tierras ibéricas, alimentado únicamente a base de bellotas, importado y cortado quirúrgicamente por El Francés, algunas fetas muy finas de queso ahumado, cosa que indignaba terriblemente al experto charcutero que bien sabía que su mejor cliente iba a juntar dos ingredientes que nacieron con destinos muy distintos, aceite de oliva, un tomate perfecto y sal. 
Mientras el televisor mostraba un confundido detective tratando de explicar cómo una sola bala había viajado quizá 80 metros desde alguna otra ventana, y había encontrado la cabeza de La Senadora que trabajaba sentada en el escritorio de una oficina que nadie conocía, y si alguien la conocía no quería indagar mucho sobre ese tema, el asesino dirigía una orquesta de sabores y texturas que pronto llegaría a su apogeo. “Me pagan bien por matar gente, pero deberían pagarme mejor por hacer sándwiches”. Esta vez había dejado que el galo eligiera por él una botella de tinto, y la aprobó con una mueca de orgullo cuando pasó el vino al decantador y se empapó de un aroma a roble, tierra húmeda y paciencia. Apuntó con el control remoto la pantalla y en un acto reflejo cerró el ojo izquierdo antes de apretar el botón. Se sirvió una copa y la hizo girar mientras caminaba hasta un equipo de música que parecía dormido, y que cuando su dedo lo despertó, saltó gritando una ópera italiana. En el último piso de la torre más alta de la cuidad, un hombre se acercaba lentamente a un sándwich, convencido que toda creación es propia de los dioses, y su opuesto también.

Miguel Sáenz    

¡¡¡JELOU!!!

Libro para leer: OCIO de Fabián Casas. Sin excusas.
Saludos.
Por favor, busquen en Internet o donde más les plazca el cuento "En defensa propia" de Sorrentino... Les servirá para el trabajo del viernes próximo.
¡Ah! Y lean los textos de sus compañeros.
Nos vemos.

domingo, 10 de abril de 2011

DESPUÉS

Lo raro es que nadie se quiere ir.

La mayoría se concentra en seguida en el lobby y comenta sobre el quién (una mujer, ¿de pasada por la ciudad? seguro con guita), el cómo (estrangulada, según uno), cuándo (hace 15 minutos, que no, pero ponele), y dónde (tercer piso, donde quedó el carrito de la mucama que encontró el cuerpo y tuvo una crisis nerviosa).

Lo que les interesa a todos es intentar adivinar el por qué. Inventan cualquier cosa, es un juego, se cagan de risa. No todos los días uno está tan invitado a meterse en la vida (muerte) de otro (que aparte nada te puede recriminar, a estas alturas), ni todos los días podés jugar a ser parte de una novela de Agatha Christie.

O una partida de Clue.

- Hay un tipo medio raro que parece está viviendo en el tercer piso. Lo vi un par de veces, me dio mala leche... - dice uno, con misterio.

- Parece que la mujer venía al país cada tanto de Europa y tenía un amante acá -, aventura otra.

- "Esperando a la policía en el hotel. ¡Re loco esto!" - tuitea alguno.

Los empleados no niegan ni confirman, el gerente está contento por no tener que mandar a limpiar ninguna alfombra ensangrentada (igual, intenta parecer angustiado.)

Se escuchan en la puerta un par de patrulleros, una ambulancia. Algunos quieren irse, la mayoría se quiere quedar a ver. Igual, la conversación continúa.

- Esto hace 30 años no pasaba - dice un viejo con exagerada (¿irónica?) indignación.

- Qué barbaridad -, opina su mujer, del brazo.



El tercer piso, mientras tanto, no está completamente desocupado; y en la habitación con el cadáver, el asesino se agarra la cabeza. Porque sí, a alguien tenía que matar, pero se equivocó de persona porque erró el piso, o no tomó nota o escuchó mal, o se confundió en el ascensor. Porque cuando vio bien ya no pudo soltar (no podía dejarla gritar, y se había olvidado el cable), y tuvo que matarla igual.



Cuando vio entrar a la policía al hotel, él ya se había mezclado con los demás, en apariencia era uno de los consternados (como, por ejemplo, la víctima que no lo vio.)

No le costó mucho escaparse (más bien le costó como 30 mangos el taxi.)




Nadia.-

ANTES

Nunca mató a nadie, así que no está muy seguro de cómo se hace.

Descarta algunos métodos populares porque le parecen o demasiado ruidosos o demasiado sucios, y aparte porque no quiere quedar en cana mañana.

Evalúa en base a amplios conocimientos sobre cine y TV, y concluye, definitivamente, que la asfixia es la mejor forma (pero seguro se resiste, ojo, mejor llevá un cable.)

Busca la dirección del hotel, mira cómo llegar y hace memoria de la habitación (tercer piso, escuchó). Después de comer, busca en Internet cuánta fuerza es necesaria para asfixiar hasta la muerte a alguien.

Está todo.




Nadia.-

viernes, 8 de abril de 2011

LAS COSAS TERMINAN

La media red siempre llegaba puntual, el famoso ritual de los Viernes.
Aunque escapaba a su deseo más espontaneo, siempre permanecía esa tradición.
Me gustaban las vibraciones cosmopólitas, extrañas, ajenas... desechables.
Solo podia prometer entre veladores obstruidos y sábanas dispersas. Nada más.
Había creencia hasta el final del turno. Eso es lo que no entendió Marcel, tan debil como hermosa.
Con las persecuciones sube la fiebre y se derriten las muñecas de cera. La cortesia se acaba, no hay contestación ni caridad. Uno tiene que terminar. Tal vez, por eso la maté.
Era la unica forma de recordarla: como una cifra.
Salí del hotel con un fuerte dolor de cuello y ganas de fumar. San Juan y Boedo a mis pies.
Una esquina sin rostro y donde solía exorcizar a Concepción, fragil como algunas. Subo a su departamento, esquivo los perros y hago lo mio. Mismo repertorio y sin escalofrios.
Me pide que me quede a dormir. Nunca.
Me levanto a a preparar un trago, no hay nada en la tv y tampoco en la cama.
Planteos, reproches, juegos violentos y mismo final.
El cuello me sigue doliendo, termino el JB y voy a buscar el auto que no solo no arranca sino que me recibe con una multa, la decima del mes que va a la basura, nunca confie en la pluma de un sicario.



Facundo Pedrini
Bronceadores y quemados.

 El mejor estadio de un hombre es la posibilidad, la realidad siempre nos ahoga y nunca vamos a estar a la altura de lo que podemos llegar a imaginarnos. Es tan frustrante concretar las aptitudes que nada nos salvara de discurrir por la cañería.
La mejor promesa pierde con los caprichos de segundo. Las cosas son y siempre serán de alguien, y nosotros pasamos. A la larga, siempre prevalece la costumbre de demostrar y no hay cuentas pendientes si hay creatividad.
Así comencé este viaje, idealizando cosas que no van a alcanzar. Partituras y lagañas libradas al humor de la ruta mojada. La verde repetición se torna una adivinanza para nuestra curiosidad, y el color de la tierra me indica que vamos avanzando (el suelo no es el punto de partida).
Un viaje dentro de un viaje. Ansias. Derribar mitos a partir de las intenciones locales. Cada búsqueda es diferente, recuperar la memoria y volver a ser parte de la carcajada son buenos puntos de encuentro para los cuatro jinetes, de cara pálida y sin filtros espirituales.
Todo es posible, el convencimiento superficial es parcial pero no importa. Un rastro, que desaparece a medida que comemos asfalto, pero se afianza en los kilómetros restantes esquivando el maldito imán de la bocina. Hay vida (y cuanta) en donde nunca pasa nada. Los lugares de paso conservan todos los olores: Frutos secos, sueños silvestres y vacas lejos del matadero.
Camino Corrientes con insinuación, es ella lo que nos hace interesantes, si el desconcierto supera a la imaginación podré decir misión cumplida. No hace falta ser prolijos, lejos quedo el código de barras. Todo se hace de forma abundante, sin medir consecuencias gástricas.  La intención del ave, el estruendo del silencio y las plegarias de los grillos codifican la verdadera lengua, muleta y diversa.
Llegamos a la Aduana sin controles. Reales pero de mentira. Siempre ruidosos ingresamos al refugio refrigerante. La vitamina C se apoderaba de las paredes, había fruta hasta en los cuadros. Demasiado limpio para nosotros.
Irrumpimos a la playa desesperados, buscando sal local. Gendarmería es un puesto en la playa de bebidas; hombres con camisetas centroamericanas, intimidantes desde la ojota. Y si, hasta la seguridad se divierte. Cachiporras en forma de choclo, danzando al ritmo de lo imponente (y a veces imprudente).
Tiempo de libertinaje, la vergüenza se va con el idioma. El delirio devora la fidelidad hacia lo reprimido. Es costoso llegar a la metáfora, son tierras voluptuosas. La seducción es total. Terreno del todo vale (¿Qué quedará para las cosas nulas?).
Si después de la alegría hay mas alegría y después de cada vibración hay un mejor pasar, tal vez este testimoniando desde un lugar que nació para ser el paradigma de la despreocupación.
Viaje a 360, auto alquilado, sin velocímetro y con patente de origen dudoso. Las llantas deberán aguantar. Sospecho que la luna esta con hambre y nuestro destino en ayunas.
Directo y contundente, la paranoia de un momento sin excusa. Todo se mezcla, deformaciones, desvelos bohemios, prostitución, regateos de camarones y filete, mucho filete con arroz.
Las líneas de escape son pocas cuando tenes la certeza de que lo que omiten tus sentidos va a ser aún mas importante de lo que podes llegar a percibir. Limitaciones humanas.
Se combinan diferentes sensaciones y el calor se apodera de los recursos.
Y en el medio de la mente una mixtura de obsesiones: Cuesta desprenderse del recelo y la suspicacia sin fulminar rostros y dirigirnos con ademanes psicóticos. Somos criados con fusiles que disparan penumbras, es la orilla que nos toco y que nos da cierta seguridad para deambular por la zona con aires importados, cuando estamos muy cerca de la resaca.
Los fetiches discursivos no tardan en llegar; Maradona el mejor del mundo, Pele y sus inicios con garotos, porteños ganadores de cada farol los mas escuchados. La cultura se encarga de heredarte sus temores y seguridades y los ídolos de reivindicarlos, haciéndote confrontar con lo único que los puede vencer: La realidad.
Para entender que necesita un país uno debe observar sus miserias, pero para entender que merecen solo hay que enterarse de lo que les desean al prójimo (y hasta acá el análisis, cuesta asumir las culpas).
Instalados, asentados y con esa falsa convicción de localia que reconforta, uno quiere huir del día a día pero sentirse como en su casa. Experimentación etílica suave, caipirinhas de ron y de cachaça y lima Dicotómicas para algunos gringos, les generan identificación con la arena que los recibe pero en exceso los hace olvidarse algunas partes de si. Algunos lo llaman alegría, otros adicción (depende el medico).  
Después de unos cuantos brebajes, uno comienza a denigrarse (aún más). Practica snorkel, pasatiempo en donde un tubo flourecente sobresale a una prominente pelada. Triste aun mas, los 50 cms. De profundidad en donde por mas de 2 horas (y con patas de rana incluidas) asistimos al espectáculo de mojarras imperceptibles. Momento en donde todos mienten para no desentonar. Todos sabemos que el que paga para ver no es muy afortunado, y más si la vista es de rodillas y en cuatro patas…
Cae la noche y mi zoom. Brinda lo simultáneo, sin necesidad del ademán. Algunos cazan, otros conocen. Luces verdes son fondo y figura. El ambiente esta picante, la bandera es roja. Se resguarda la psicodélica de los años más felices, hombres – buho petrificados al ritmo del espasmo. Lesbianas en las 4 esquinas, vale todo y esta bien. La temperatura sube. Saqué.
El baño es el nuevo chalet de los deallers (con ladrillo a la vista) que en sus ratos libres son tarjeteros o vendedores de una noche inolvidable (como un político con remera ajustada).
De repente un payaso hace su ingreso al lugar, con la cara lavada. La pintura, seas quien seas, al final se corre. Me mira, duro y cansado (hasta la risa a veces necesita de la evasión), arrancando aplausos de algunos inútiles que se alegran de su espectáculo mas lamentable o su faceta más lastimosa. La representación de la inocencia, el abanderado de lo no contaminado a merced de la oscuridad.  Me pregunto, ¿Cuál será el último punto de resistencia? ¿Acaso las fotos sepias en la mesita de luz de mis nonos? Ellas también permanecen fijas.
Cambio de pista, otra música, mismos pasatiempos y la lluvia de acido que no se hace esperar. Pupilas a merced de un barman biónico, disputando una carrera con el LSD y el bronceador (factor muerte).
El vistazo a los reservados es innecesario, mismas intenciones que en todos lados (aunque aquí parece que prevalece lo cuantificable, eso exigen las cuevas…).
Un tren se apodera de las cinturas y las historias se rozan intoxicadas. Córdoba, Río y Campeche se alinean tras el único código universal: el táctil.
Reanudo el recorrido, acompañado de vodka, fruta, azúcar y hielo, allá el rebaño, acá la lana. Para aquel entonces ya no había DJ, todo era humo negro destilado.
En la barra del segundo piso se adquieren motivos al 2 X 1 y el que mas cotiza es la felicidad. Un buen lugar para pasar los sábados si fuésemos una colonia inglesa (¡No lo somos eh!..). Me acurruco cada vez mas en las similitudes ópticas, es que la pena no es ajena al sudor (tampoco el placer), en el fondo, las drogas es una manera que el mundo te duela menos, evitando el reflejo de la cicatriz;  y acá hacemos tablas.
Muchos quemados, sobrevivientes, viviendo con el incentivo de sostener una reputación meridiana. Fermentados.
Los perros (pocos) son los más tristes del lugar. No tienen lugar en la cultura del desparpajo, sin doggies con anfetaminas ni bozales con éter buscan refugio en el tango argentino. Canes si, lazarillos no. Ignorar es odiar, y no puedo pasarlo por alto. Pero claro, yo jamás estaré a la altura de los acontecimientos, porque estoy arriba del parlante



FACUNDO PEDRINI

Así se deshacen las cosas

Lola sabía que el mundo no era para ella. Y lo había aprendido hacía mucho, por la época en que todavía vivía con sus padres. En aquel entonces entendió que tener amigos y el sol no le gustaban como a la mayoría de las personas. Comprendió que el amor y esos discursos enredados eran para ella una pérdida de tiempo y que los abrazos y besos que tanto contenían a la mayoría de la gente, a ella le parecían molestos y babosos. Y así creció en ese mundo que tanto aborrecía, rodeada de gente que amaba todas las cosas en las que ella estaba tan poco interesada.
Ya siendo una mujer, decidió vivir sola e intentar construir de a poco su propio mundo. Y así lo hizo, dibujando uno por uno todos los detalles que no podían faltar en su mundo nuevo, tratando de no olvidarse de nada. Lo hizo durante horas, meses y años, y sentía cómo cada paso la acercaba cada vez más a eso que ella tanto anhelaba. Los trazos se iban uniendo y se transformaban en cosas inimaginables y mágicas. Llenó su mundo de colores y de emociones nuevas, no quería nada de la normalidad que podría encontrar en ese otro mundo desgastado.
Un día decidió que estaba listo, lo revisó varias veces para asegurarse de que nada faltaba y cansada y feliz de tanto trabajo, se quedó dormida sobre la hoja. Durmió durante días y cuando finalmente abrió los ojos, vio que todo lo que había creado, ya no estaba. Supuso entonces que la lluvia lo habría borrado, miró el reloj, tomó su campera y salió a vivir ese mundo del que cualquier idiota podía formar parte.

Constanza

jueves, 7 de abril de 2011

La mesa de la cocina

El lunes por la mañana, como de costumbre, Estela tomaba un poco de café en la mesa de la cocina. Su marido, Gustavo, también se encontraba allí, pero solamente avocado a la tarea de leer el periódico que le traían dos veces por semana hasta su puerta.

 Hacía ya varios días que no se dirigían la palabra. Por eso tiempos, en la moderna casa que habían comprado juntos, se sentía una ambiente tenso y sobrio; el silencio se había apoderado de matrimonio.

El conflicto  por el que estaba pasando la pareja, comenzó días atrás cuando Estela encontró en el celular de su marido, unos mensajes de texto un tanto sospechosos, dos de ellos decían: “nos encontremos en mi casa a las 20hs, estoy libre” ; “ayer la pasamos muy bien, ojala el martes se repita”, y figuraba como remitente a una tal Carla.

Estela enfurecida con el supuesto coqueteo de aquella mujer con su marido, buscó desesperadamente en la bandeja de salida del celular, algún indicio que le afirma si su esposo estaba teniendo algún affaire. Desgraciadamente allí no había más que mensajes laborales de Gustavo. En ese momento él se encontraba tomando una ducha apacible  en el piso de arriba de la casa, pero su mujer  interrumpió en el baño, gritando desaforadamente y  ahogada en llanto.

Su esposo parecía no entender lo que sucedía, le preguntó qué le pasaba y ella con una voz ronca y triste, contestó que había leído los  mensajes en donde una mujer lo invitaba a su casa. Él, cerrando el agua de la ducha, le dijo que eso era imposible, que él sólo tenía ojos para ella, y que seguramente  la mujer se había confundido de número.

 Al escuchar las palabras equilibradas de Gustavo, se calmó; pero decidieron dejar de hablarse por un tiempo, por lo menos hasta que las cosas se terminaran de apaciguar. Ella ya no creía en él y a él no le gustaba que no le creyera.

Aquel lunes por la mañana, Estela se cansó del silencio fúnebre que había en su casa y se sintió fastidiada con la incomodidad que le provocaba esa persona, ya casi desconocida,  que tenia sentada justo al frente. Fue en ese momento, cuando interrumpió violentamente la lectura de su marido, agarrando el periódico y rompiéndolo en varios pedazos. Le dijo que se quería divorciar, que estaba segura de su infidelidad. Él intentó, como siempre, hacerla entrar en razón, diciéndole que jamás había tenido algo con aquella mujer.

Hubo un momento de gran tensión en el aire y el silencio volvió a ponerse en marcha, pero este no duró mucho. Estela al terminarse el café, comenzó a abrir las boletas de los servicios de la casa y dejó para el final el sobre con el resumen de compras realizadas con la tarjeta de crédito, que ambos utilizaban.

Al abrir aquel último sobre, notó que había que pagar una cantidad mucho mayor de dinero,  en comparación a  meses anteriores. Estela empezó a leer  con atención cada una de las compras que se hicieron, y vio que había un elevado monto en  perfumes femeninos, adquiridos en una farmacia  cercana a su casa, lo cual le extrañó porque ella hacía mucho tiempo que no se compraba fragancias.

 Al seguir leyendo la lista, advirtió algo aún más extraño y sospechoso todavía, la última compra realizada había sido dos semanas atrás, en una lencería femenina. Dentro de su cabeza, Estela quería creer que todo aquello eran regalos que su marido le había comprado.

Desconfiando de su marido, comenzó  a hacer asociaciones silenciosas en la mesa de la cocina, y se dio cuenta de que era imposible que sean para ella, porque las compras eran anteriores a la pelea y Gustavo antes de la misma, tampoco le había obsequiado nada.

Estela se empezó a poner nerviosa, sus manos le empezaron a transpirar y empezó se sentir un nudo en la garganta que le anticipaba las ganas de llorar. No aguantó más y gritando le preguntó a su marido, acerca de todas aquella cosas que figuraban en el resumen de la tarjeta.
Gustavo no tenía nada que decir, sólo agachar  la cabeza y se quedarse en silencio.

-“hace cuatro años te perdoné por tus locuras con esa atorranta de aquel patético bar”, le dijo desesperadamente, él continuo callado y ella volvió a hablarle, -“todo estos días supe que me engañabas, olvídate de mí para siempre”.

Estela rompió en llanto y comenzó a gritar y a agarrarse la cabeza, de repente miró fijamente a su esposo, el cual no la estaba mirando fijamente  a la cara, y le dijo que lo odiaba y que no merecía estar  jamás con ella, Gustavo no dijo nada, y ella tampoco tenía ganas de hablar, sólo quería actuar…

 En la desesperación, la mujer agarró una botella de vino que estaba arriba de la mesada de la cocina, se acerco rápidamente a su marido, sin que este despegue la vista de la mesa, y se la estampo en la cabeza.

Gustavo hizo un alarido de dolor y cayó al piso por el golpe; Estela al darse cuenta de la gravedad que tenía lo que había hecho, corrió ferozmente hasta el teléfono y llamó a la ambulancia.

Para cuando el médico y los dos enfermeros llegaron, Gustavo ya yacía  en  el piso de la cocina,rodeado por el charco de su propia sangre.

 Estela ya se encontraba  a una hora de su  hogar.

Samanta Ergas