Te amo tanto que sólo transmuta en odio.
Y yo, una crisálida de piel y polvo, me deshago
en polillas oscuras que se escapan y anidan en mis costillas
Las asesino ahogándolas en océanos humeantes de licores y habanos.
Entonces me doy cuenta de que tengo hambre de vos,
de cada lágrima, de cada cabello, de cada sabor, de cada aroma,
y te engullo con mis fauces, el deleite edípico me palpita en las pupilas:
sos el festival hedonista que pasa ahora entre mis labios,
sos el sueño viviente que late ahora entre mis muslos
sos el hambre pura que carcome ahora mi estómago.
Tengo hambre de vos, sí, y mientras mi vientre ruge y le urge
tu boca salvaje y bárbara, sé que mi voracidad está acá
para quedarse y ensañarse: no hay ardor que tu piel no pueda apagar;
no hay cadencia que de tus dedos no pueda emerger.
Entonces, la angustia siempre vuelve: los hombres lobo
en mis uñas siempre muerden mi pecho.
Yo desaparezco.
Muto en un animal de deseo que se desvive por Ludwig
mientras él vibra en mis pulmones e hígado,
todo es sublime y azul: todos somos flores doradas,
soy el viento, la lluvia y la altura, excelsa
soy un cuerpo mutilado por la belleza de lo inocente y lo pulsional,
presa de las plagas que tiemblan en mis dedos.
Pero nada es eterno: soy causal y viciosa
y los hombres lobo degluten mis pechos.
Reaparezco y la música se marcha.
Ya soy nada.
(Te sorprendería cuánto dolor cabe en este cuerpo,
como mi lumbre se agota con mi aire.
Soy mi propio vampiro que disfruta ver
rubíes precipitarse sobre el asfalto de mis muslos.)
Es sólo la música aquello que me hace vibrar
en un perenne Nirvana que me libra
de mi viciada humanidad y me
hace ser eterna y divina
por treinta y seis minutos, cuarenta segundos
y hace las veces de una luna rumiante que se
inyecta en mis venas corroídas por tu óxido.
Volvé.
Tenemos tanto de qué hablar.
Gaby B.
Y yo, una crisálida de piel y polvo, me deshago
en polillas oscuras que se escapan y anidan en mis costillas
Las asesino ahogándolas en océanos humeantes de licores y habanos.
Entonces me doy cuenta de que tengo hambre de vos,
de cada lágrima, de cada cabello, de cada sabor, de cada aroma,
y te engullo con mis fauces, el deleite edípico me palpita en las pupilas:
sos el festival hedonista que pasa ahora entre mis labios,
sos el sueño viviente que late ahora entre mis muslos
sos el hambre pura que carcome ahora mi estómago.
Tengo hambre de vos, sí, y mientras mi vientre ruge y le urge
tu boca salvaje y bárbara, sé que mi voracidad está acá
para quedarse y ensañarse: no hay ardor que tu piel no pueda apagar;
no hay cadencia que de tus dedos no pueda emerger.
Entonces, la angustia siempre vuelve: los hombres lobo
en mis uñas siempre muerden mi pecho.
Yo desaparezco.
Muto en un animal de deseo que se desvive por Ludwig
mientras él vibra en mis pulmones e hígado,
todo es sublime y azul: todos somos flores doradas,
soy el viento, la lluvia y la altura, excelsa
soy un cuerpo mutilado por la belleza de lo inocente y lo pulsional,
presa de las plagas que tiemblan en mis dedos.
Pero nada es eterno: soy causal y viciosa
y los hombres lobo degluten mis pechos.
Reaparezco y la música se marcha.
Ya soy nada.
(Te sorprendería cuánto dolor cabe en este cuerpo,
como mi lumbre se agota con mi aire.
Soy mi propio vampiro que disfruta ver
rubíes precipitarse sobre el asfalto de mis muslos.)
Es sólo la música aquello que me hace vibrar
en un perenne Nirvana que me libra
de mi viciada humanidad y me
hace ser eterna y divina
por treinta y seis minutos, cuarenta segundos
y hace las veces de una luna rumiante que se
inyecta en mis venas corroídas por tu óxido.
Volvé.
Tenemos tanto de qué hablar.
Gaby B.
Soy una pésima poetisa, lo sé. Pero está todo bien :D
Atte,
La Gerencia.
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