La vi. Estaba ahí. Tan desnuda, tan presente, tan ella. Me enloqueció. Sí, completamente.
¿Qué miraba? ¿Qué buscaba? Nada, sólo miraba, observaba, disfrutaba de lo que estaba viendo. Y ella también.
Las primeras veces no lo notó, después ya sí, lo descubrió y siguió a propósito, porque a ella también le gustaba.
Era nada más que eso, mirar y saber que era mirada, el ambiente se transformaba. Era tan sensual, tan sexual.
Por qué nunca dijimos nada de la obvia presencia del otro es otra historia aparte. Los dos disfrutábamos de todo esto. Y cada uno volvía a su vida después, cada uno cumplía su rol, mirar o ser mirado, y seguía con su historia.
Nunca supimos más nada de la otra persona, sólo que esos momentos los compartíamos, eran nuestros, con lo que veíamos era más que suficiente. Nada de excesos, nada de romper esa ecuación perfecta, yo miraba y ella se dejaba mirar, sin ofrecer resistencia, sin esconder, sin inhibiciones, todo sentidos. Nunca nada, eso fue lo más excitante.
Día a día se volvía más apasionante. Cada momento pasó a ser único, nuestro. Cada vez ella daba más y yo la sentía más.
Años después todo eso sigue quemando en el recuerdo. Alguna vez me encontré en la estúpida intención de buscarla. Siempre para mirarla, nunca para tocarla. Ese era un pacto que sabíamos que no íbamos a romper.
María Sequeiros
(Ejercicio: alguien mirando por el agujero de una puerta)
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