viernes, 10 de junio de 2011

Noche lenta y agresiva. Agachada, casi inmóvil, a punto de atacar. Las líneas de la almohada tibias en mi cara y un bostezo atragantado, de un sueño que robé.
Avanzo de espaldas por una avenida helada, que se sacude la rutina de encima, en este viernes agazapado, a punto 
de atacar.
Llego sin llegar y me suelto de mi viaje, del peligro de la avenida, al silencio de la tierra de la Torre de Babel. Mi sueño no me deja y lo arrastro hasta El Palacio.
Un llamado atendido anunció mi llegada y una diosa me vino a buscar. Le ofrecí mi mano, la besó y la decoró con una pulsera de papel.
Trepé la escalera de mármol y de oro, crucé puertas, recorrí pasillos. La diosa me besó y me ofreció una copa vacía. ¿Qué somos, si los dioses son los que nos dan las ofrendas y el amor, y lo aceptamos indiferentes a su soledad y eterna mortalidad?
El Palacio guardaba el vino de toda la tierra. Llené mis oídos de música, mis ojos de luz, mi panza de vino. Estoy solo, sentado, escribiendo, cargando con mi sueño que nunca me dejó.

Miguel Sáenz

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