viernes, 10 de junio de 2011

El Viaje

Mientras vaciaba el mate repasó la lista de cosas para hacer que había escrito en su cabeza la semana anterior. Todo viaje requiere un orden meticuloso antes de la partida.
Había limpiado la casa, guardado su ropa y sus libros en cajas, había regado las plantas y separado en diferentes bolsas los restos de comida que dejó en un banco de la plaza la noche anterior. Todo estaba guardado excepto el mate, que vació esta mañana en un cantero del mínimo jardín de su casa.
Caminó hasta la cocina y se sentó a descansar, mirando su mate viejo de calabaza parado sólo, sobre la mesa, en esa cocina vacía. Trató de calcular cuantas mañanas pasó con ese mismo mate. Había sido suyo antes de conocer a su marido, muerto ahora hace 5 años. Se lo había regalado su hermano mayor, cuando ella tenía 18 años. Ese mate tenía 66 años, incontables mañanas de vida, y viejo y cansado, pero fiel y orgulloso, no la dejó nunca sola hasta sus actuales 84 años, 84 otoños en Buenos Aires. Sin dejarse llevar por la melancolía, se puso de pie, guardó su mate en la cartera y dio una última mirada a su cocina antes de apagar la luz.
Ya abrigada, con su bolso y su bastón y un rosario en la mano, cerró con llave la puerta de su casa y empezó una lenta caminata hasta la parada de la línea 39. Dejó pasar todos los colectivos hasta que terminó de rezar su rosario y se subió al siguiente. Pidió un boleto de $1,25 y se acomodó en uno de los primeros asientos.
Siempre amó a su ciudad, su gente. Fue testigo de terribles épocas en su país, pero nunca desconfió del corazón de su pueblo.
Se abrazó a sus cosas, rezó un rosario y medio y murió.
Su soledad fue extrema. Esta medida fue pensada y llorada. Interminables charlas con Dios le habían devuelto silencio y lágrimas. En alguna noche a solas, en el frío y la oscuridad de una iglesia vacía, había conseguido una promesa. Quizá una vela que se prendió, o apagó, misteriosamente aquella noche, le dio confianza para ejecutar su plan. Su corazón le daría las órdenes.
El cuerpo de una mujer viajó entre pasajeros indiferentes hasta que finalmente llegó a Chacarita, su destino final. El colectivero, con solo mirar por el espejo, entendió que sus palabras tenían otro sentido cuando le dijo “Final del recorrido”, y llamó a su mujer para pedirle que venga con sus hijos bañados y prolijos, que le traiga una camisa limpia y un saco negro.
-¿Quién era la señora, papá?- le había preguntado su hijo mayor.
El silencio fue la respuesta, las flores fueron humildes y las lagrimas innecesarias. 

Miguel Sáenz

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