jueves, 9 de junio de 2011

V de ver… una violenta venganza por un varón vacio, pero nunca vacilante .


(Texto basado en un ejercicio real, en clase)

Dicen que la venganza es un plato que se sirve frio (ellos dicen mucho, siempre, ellos…). Supongo que se refieren a la frialdad de cálculo y planificación que cualquiera tiene que invertir para vengarse correctamente. Cuando uno decide llevarla a cabo, el acto anterior (la agresión recibida que jugó cierta suerte de disparador) es solo una excusa, y, quien se sienta un vengador de ley, uno natural, está hasta agradecido por la oportunidad*. Hablo de tipos de carne y hueso que se desvelan semanas elucubrando (elucubrar es un verbo íntimamente relacionado con la venganza) para calmarse luego, disimulando la excitación con una sonrisa nerviosa. Los vengadores anónimos, los héroes que hacen justicia… esos no saben nada, no tienen la mínima idea de lo que es la venganza; son solo soldaditos siguiendo un ideal impuesto por un sistema que los disfraza (literalmente) de rebeldes y que los usa de la forma más funcional y propagandística, como una bufanda en invierno. Silencio.

La justicia nace de la venganza. El ojo por ojo proviene de ahí. Odio escuchar a los hipócritas que la niegan y la crucifican. Está en nuestra naturaleza, es un instinto. Con el tiempo (como todo), gracias a la racionalidad, fue perfeccionándose, ornamentándose, y siendo (como todo 2) cuestionada. La verdad es que no conozco una historia sin venganza, ni un pasado ni un futuro. Tampoco creo conocer una venganza sin violencia: una no es sin la otra. Son simbiontes que se retroalimentan hasta morir en su propia consumación, dando lugar al más romántico de los actos. ¡Es que la venganza es un acto de amor! Es no darle lugar a la impunidad; es dejar una marca; es ordenar el curso del mundo, intentando arrastrarlo de nuevo al equilibrio.

Cuando uno siente la necesidad de vengarse es porque hay algo dentro suyo que respira, se agita, urge por salir. Hay algo vivo: una causa. Y eso da vida al portador, que deja de ser un simple hombre para convertirse en un mensajero de algo superior a él: el ejecutador de una verdad. La causa siempre trasciende al cuerpo o a la vida. Una venganza da vida. Un hombre sin una causa es un muerto. Y yo tengo una causa pendiente (por suerte), y nunca me sentí más vivo.
Lo que realmente desconozco, pero que en instantes experimentare inevitablemente es qué sucede luego a la venganza. Remarquemos que, a su vez, ella es un deseo, y que la consumación es la gran enemiga del deseo**. Todo el placer que genera la planificación sumado al vértigo adrenalínico del momento de la acción no tienen precio, pero … ¿después? ¿Se puede volver al mundo real? ¿a ser un tipo común y corriente, habiendo sido, segundos antes, un vengador? No tengo la respuesta. ¿Vos sabrás? Ah… perdón, no podes hablar con la boca tapada, a ver sin la cinta….

¡¡Estás loco!! ¡¡Completamente loco!!

Mmm, decepción, esperaba algo más… profundo. Mejor volvemos a la cinta. Loco… usualmente la locura se malinterpreta con el ingenio. Y los ingeniosos nos orgullecemos y vanagloriamos con nuestra locura. Así que lo que me acabás de decir es un lindo piropo. Nunca lo vas a entender igual, tampoco pretendo que lo hagas. Por algo vos estás ahí maniatado y yo acá, saboreando este monologo. Silencio. 

Te soy sincero, estoy prolongando el momento por miedo a lo que vendrá. Y también, por qué negarlo, por puro placer. Soy un hedonista, no puedo evitarlo. Pero aunque meses vengo imaginándome esta escena, lamentablemente voy a tener que destruirla. Como el artista que debe renunciar a su obra para que sea patrimonio de todos, como la madre acepta al fin que su hijo no es su extensión y perseguirá su libertad propia, debo decirle adiós a mi causa dándole un punto final a mi venganza. Silencio.

Un disparo en la frente. 

Subió la escalera. Cerró la puerta del sótano con llave.

La luz del sol lastimó sus ojos. Había pasado mucho tiempo en la oscuridad y su vista estaba desacostumbrada al brillo de los colores.

Sonrió, pero no de forma nerviosa.  Saludó a los vecinos al pasar.

En un cesto tiró el arma envuelta en una bolsa que escondía bajo el gamulán marrón.

Fue hasta el café que estaba frente a la plaza y pidió una copa de vino. Eran las tres de la tarde pero quería celebrar. Mirando por la ventana notó que el mundo no volvería a ser el mismo. “Equilibrio”, dijo susurrante para que nadie lo oiga. “¿Y ahora?”, pensó un poco triste. ¿Volver a la rutina? ¿Ser uno más? ¿Se había saciado la sed? No.

Cayó en la cuenta de que la venganza es un círculo vicioso: surgida de una vez primera para nunca terminar. Él no había dado la posibilidad de que alguien pudiese vengar al recién ejecutado. El plan emanaba tanta perfección que nadie descubriría el crimen, jamás. “Dios”… acababa de cometer un crimen… Pero lo que realmente lo sofocaba era el error del plan: su esencia perfecta y sin fisuras no dejaba lugar al equilibrio natural. Él se convertía en un impune. 

Terminó la copa, paso por el cesto y recogió el arma. Volvió al sótano, y, sonriendo, se voló la cabeza de un tiro. “Equilibrio”, susurró al caer.  


Diego, Dieguito para los amigos.


*Punto fundamental: ninguna venganza surge por si sola sino que nace de un acto de injustica, y es un acto individual.
**esa frase me la robe descaradamente de un corto simplemente por su perfección.

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