jueves, 23 de junio de 2011

Sicalipsis

Sicalipsis.
Las relaciones se diluyen cuando importan las espaldas y no hay lomo para bancar. Su sexo solo era un acto de dinamismo, una negociación con el paso del tiempo.
Se había doblado por mirar alto o no saber escapar. Una continuación perecedera. Dictatorial. La casa estaba llena de esmalte, cenizas y sahumerios que ayudaban al miedo.
El perfume del envoltorio se había terminado. Lo no correspondido es complice. Meramente decorativo.
Sus besos, torpes, bruscos, siempre a destiempo, aceptados por tradición. Nunca pretendía sentir lo que no sentía.
Impulso adivino o torpeza hormonal. Tinta reciclada y su libertad se empeñaba a mirar piernas solo porque no las podía tener.
El moño ajustaba demasiado y los ruleros ya eran una provocación a la vista. Un amuleto para justificar su frialdad. Pellejo furioso decidió dejarla (para no bajarla).
Boca arriba para rearmarse, se viste de gala; ropa de etiqueta, jaquets a media gala, smokings medievales y hasta levitones a medida.  Había cambiado de filo, el mango ahora era propio. Ya no había que prometer lealtad eterna y ojos de curvas despobladas.
El bálsamo de la expectativa le sentaba bien, lociones del mundo se reconciliaban con su piel. El cuero ahora tenía con qué.
Resucito el viejo peine, dominado por el pelaje abundante de lo que había aceptado. Esa costumbre de creer que el tiempo tolera.
Pulcro, sugestivo, aseado. Casi correcto.  Afeitado al ras por primera vez. Listo para conquistar, adueñarse de fantasías ajenas.
Sus hormonas encendieron el ambiente sublime, ahuyentó para siempre la explicitud. Vaina inerte, y el morbo que arrebató todo. Sus palmas habían devorado a la discreción. Solo él y sus pupilas concentradas. Los Dioses de pie, aplaudiendo y participando.
No siempre el artista tiene que renunciar a su obra para que sea patrimonio de todos. Impune
El caballo blanco sobre lo que nunca ha existido. La liana de la chance.
Pudo rearmarse, abúlico pero ganador durmió.
 El amor empieza por uno.


Facundo Pedrini

Trancefijo

La historia devora. Es una bestia o un coral maligno.
Algunos los comparan con un ruido insoportable que siempre está.
 Clava, entierra y permite.
Se debe transcurrir, porque tiene razón. 
La reputación del bastardo y el destino del bendito.
Cocina para el bien y el mal en una mesa sin cabeceras.
Cansada de descubrir las verdades del mundo, se abre ilícita.
Plumas, monturas, campanas, violines, veleros, espadas, cruces, cuerdas
no pudieron develar la suerte del espíritu absoluto.
Cortar el último nudo. Rescatar el más infame presente.
La eternidad siempre le sobra. Se cuenta incompleta. Germina a gramos.
Descuartiza, come, mendiga, mata, enciende, tiene, culpa, bendice, besa y ama.
Nos falta sin privarse. Mala muerte, mitología haragana, olvido.
Endiosa y condena. Verdugo y madre.
Una sinfonía de esclavos desfilan en su cara
mientras que se derriten las piernas más largas.
Azar o extravagancia. Invade sin apuntar.
Crónica, aventura, ficción, lios, leyendas y anales.
Sin embargo hay cuerpos que quieren escapar, sin temor de hacerse añicos.
Necesitan ser válvula. Disiparse en un gesto caliente, nunca distante.
Sentarse sobre la pasión y brindar con las duraciones del ronroneo celestial.
No habrá retorno de lo inconmensurable, ni reversos piadosos. Sin chance ni pleno.
Solo uno y su pelaje.





 Facu Pedrini

miércoles, 15 de junio de 2011

Al otro lado

La vi. Estaba ahí. Tan desnuda, tan presente, tan ella. Me enloqueció. Sí, completamente.
¿Qué miraba? ¿Qué buscaba? Nada, sólo miraba, observaba, disfrutaba de lo que estaba viendo. Y ella también.
Las primeras veces no lo notó, después ya sí, lo descubrió y siguió a propósito, porque a ella también le gustaba.
Era nada más que eso, mirar y saber que era mirada, el ambiente se transformaba. Era tan sensual, tan sexual.
Por qué nunca dijimos nada de la obvia presencia del otro es otra historia aparte. Los dos disfrutábamos de todo esto. Y cada uno volvía a su vida después, cada uno cumplía su rol, mirar o ser mirado, y seguía con su historia.
Nunca supimos más nada de la otra persona, sólo que esos momentos los compartíamos, eran nuestros, con lo que veíamos era más que suficiente. Nada de excesos, nada de romper esa ecuación perfecta, yo miraba y ella se dejaba mirar, sin ofrecer resistencia, sin esconder, sin inhibiciones, todo sentidos. Nunca nada, eso fue lo más excitante.
Día a día se volvía más apasionante. Cada momento pasó a ser único, nuestro. Cada vez ella daba más y yo la sentía más.

Años después todo eso sigue quemando en el recuerdo. Alguna vez me encontré en la estúpida intención de buscarla. Siempre para mirarla, nunca para tocarla. Ese era un pacto que sabíamos que no íbamos a romper.


María Sequeiros
(Ejercicio: alguien mirando por el agujero de una puerta)

Escapar

Chorreaba, pegajoso, hediondo… totalmente atrapante.
Caía, se escuchaba, se olía, estaba presente en todo el lugar.
Gritaba, corría, se hacía notar.
Paraba, miraba, volvía a oler, a escuchar o tratar de escuchar.
Ahí estaba, siempre presente, sofocante.

Escapar. Eso quería, escapar. Volver a escapar.
Pero, ¿a dónde esta vez? Para atrás imposible. Para adelante, tal vez, pero difícil.

Ahora además entraba agua, barro, basura.
Tal vez dejarse llevar era la mejor opción. Que el agua lo arrastre, lo lleve, y con eso ir, avanzar o morir, lo que sea, pero no ahí, fuera de allí.

Otro agujero.
¿A dónde irá? A ver…

María Sequeiros
(Segunda parte después del ejercicio contra la pared)

Más allá

- ¿Y más allá?
-       -  Más allá, ¿qué?
-       - ¿Qué habrá más allá?
-        - ¿Más allá de qué?
-        - De esto. ¿Nunca pensaste de eso?
-        - No entiendo a qué vas realmente…
-        - ¡Más allá de tu nariz! De ésta pared, que se yo.
-        - No entiendo.
-        - ¿No sentís esto como un punto muerto? ¿No te da la sensación de que debe haber algo más allá?
-        - No.
-        - ¿No te moviliza nada? ¿Nada de nada?
-        - Es una pared, ¿qué te moviliza a vos de una pared?
-        - Pero no hablo de eso, hablo de lo que hay del otro lado de la pared. Mirá. Acá. Hay una gota. Y acá una raya. Y más allá manchas, pedazos rotos, ¡y un agujero! ¿A dónde nos llevará el agujero?
-        - ¡A ningún lado!, ¿a dónde te va a llevar un agujero?
-        - ¡A tantos lados!, seguro que a algo distinto. Yo voy a mirar por el agujero, si querés venir, vení.
-        - Pero si acá estamos bien, ¿qué es lo que buscás?
-        - Está oscuro. Es chiquito. Allá parece que se ve algo, ¡mirá!
-        - No se qué es lo que ves vos, yo no veo nada.
-        - Yo sí, vení, seguime. Hace frío acá. ¿Qué es ese brillo? ¿Y ese olor? ¿Quién me agarra? ¿Quién me toca? 
   - ¿Por qué?
- -        ¡No te vayas, pará! ¡No me dejes solo! ¿Dónde te fuiste?, ¿qué hiciste? ¡Volvé!

María Sequeiros
(Producto del ejercicio que hicimos hace unas clases de escribir mirando la pared)

lunes, 13 de junio de 2011

ELLA SOPLA

 ELLA SOPLA

En esa glorieta, me pongo a mirar hacia el patio con la fuente.

Algunos pasan para continuar, con la creencia de la bendición por duplicado,
otros ya descubrieron todo e idolatran su remate.

Muchos vienen con el viento desde algún lugar a curiosear misterios de la rambla para expirar sus maneras en un bazar y desde allí juzgar espiando.

Los semejantes se quedan adentro.  La dicha del que desea y no mancha; como si un trapo nuevo fuese valioso.

Los cordones siempre fueron castrenses. Separan el filamento de lo propio con la búsqueda interminable y así salpican de ruido.

Muchos tropiezan apurados,  demasiado extraños para descubrir que son ciclos y no hay ventaja.

Cuanto mal hicieron las rejas. Allí envejecieron las mejores ideas.  El fanatismo devoró más que la gula.

Todos quisieron cambiar y terminaron canjeando. Los mejores fueron preferibles.
Sustituyendo consuelos hasta que es tarde y solo queda el consejo.

Alguien me demostró que vestirse y pelear  te libra del dolor.

La corriente mas sincera es la de la lagrima que siempre estuvo.


Facundo Pedrini

90 fusibles

una nueva categoría del tiempo
sin tu madre perpetua
sin desgracias
con
noventa fusibles
una tremenda nube de vidrios
y la orquesta sinigual de la victoria
con mil desgracias
tu madre perpetua




Francisco Segovia

viernes, 10 de junio de 2011

Camino entre caras
que flotan, avanzan,
que van y que vienen.
Me miran.
Me ignoran.
Se escapan de todo.
Se pierden.


Hay cuerpos sin cara,
Zapatos,
sombreros,
bufandas.
Hay autos y motos,
y cuerpos que viajan.


Hay luces que frenan
los autos, las motos.
Y luces que mueven
los cuerpos, las caras.
Hay ruidos y humo,
y caras que esconden
las voces que piensan,
mientras escapan,
yo escapo con ellos. 



Miguel Sáenz
Noche lenta y agresiva. Agachada, casi inmóvil, a punto de atacar. Las líneas de la almohada tibias en mi cara y un bostezo atragantado, de un sueño que robé.
Avanzo de espaldas por una avenida helada, que se sacude la rutina de encima, en este viernes agazapado, a punto 
de atacar.
Llego sin llegar y me suelto de mi viaje, del peligro de la avenida, al silencio de la tierra de la Torre de Babel. Mi sueño no me deja y lo arrastro hasta El Palacio.
Un llamado atendido anunció mi llegada y una diosa me vino a buscar. Le ofrecí mi mano, la besó y la decoró con una pulsera de papel.
Trepé la escalera de mármol y de oro, crucé puertas, recorrí pasillos. La diosa me besó y me ofreció una copa vacía. ¿Qué somos, si los dioses son los que nos dan las ofrendas y el amor, y lo aceptamos indiferentes a su soledad y eterna mortalidad?
El Palacio guardaba el vino de toda la tierra. Llené mis oídos de música, mis ojos de luz, mi panza de vino. Estoy solo, sentado, escribiendo, cargando con mi sueño que nunca me dejó.

Miguel Sáenz

El Viaje

Mientras vaciaba el mate repasó la lista de cosas para hacer que había escrito en su cabeza la semana anterior. Todo viaje requiere un orden meticuloso antes de la partida.
Había limpiado la casa, guardado su ropa y sus libros en cajas, había regado las plantas y separado en diferentes bolsas los restos de comida que dejó en un banco de la plaza la noche anterior. Todo estaba guardado excepto el mate, que vació esta mañana en un cantero del mínimo jardín de su casa.
Caminó hasta la cocina y se sentó a descansar, mirando su mate viejo de calabaza parado sólo, sobre la mesa, en esa cocina vacía. Trató de calcular cuantas mañanas pasó con ese mismo mate. Había sido suyo antes de conocer a su marido, muerto ahora hace 5 años. Se lo había regalado su hermano mayor, cuando ella tenía 18 años. Ese mate tenía 66 años, incontables mañanas de vida, y viejo y cansado, pero fiel y orgulloso, no la dejó nunca sola hasta sus actuales 84 años, 84 otoños en Buenos Aires. Sin dejarse llevar por la melancolía, se puso de pie, guardó su mate en la cartera y dio una última mirada a su cocina antes de apagar la luz.
Ya abrigada, con su bolso y su bastón y un rosario en la mano, cerró con llave la puerta de su casa y empezó una lenta caminata hasta la parada de la línea 39. Dejó pasar todos los colectivos hasta que terminó de rezar su rosario y se subió al siguiente. Pidió un boleto de $1,25 y se acomodó en uno de los primeros asientos.
Siempre amó a su ciudad, su gente. Fue testigo de terribles épocas en su país, pero nunca desconfió del corazón de su pueblo.
Se abrazó a sus cosas, rezó un rosario y medio y murió.
Su soledad fue extrema. Esta medida fue pensada y llorada. Interminables charlas con Dios le habían devuelto silencio y lágrimas. En alguna noche a solas, en el frío y la oscuridad de una iglesia vacía, había conseguido una promesa. Quizá una vela que se prendió, o apagó, misteriosamente aquella noche, le dio confianza para ejecutar su plan. Su corazón le daría las órdenes.
El cuerpo de una mujer viajó entre pasajeros indiferentes hasta que finalmente llegó a Chacarita, su destino final. El colectivero, con solo mirar por el espejo, entendió que sus palabras tenían otro sentido cuando le dijo “Final del recorrido”, y llamó a su mujer para pedirle que venga con sus hijos bañados y prolijos, que le traiga una camisa limpia y un saco negro.
-¿Quién era la señora, papá?- le había preguntado su hijo mayor.
El silencio fue la respuesta, las flores fueron humildes y las lagrimas innecesarias. 

Miguel Sáenz

jueves, 9 de junio de 2011

los que cortaban la torta

los que cortaban la torta
tres cuchillos
empañados de crema




Francisco Segovia

V de ver… una violenta venganza por un varón vacio, pero nunca vacilante .


(Texto basado en un ejercicio real, en clase)

Dicen que la venganza es un plato que se sirve frio (ellos dicen mucho, siempre, ellos…). Supongo que se refieren a la frialdad de cálculo y planificación que cualquiera tiene que invertir para vengarse correctamente. Cuando uno decide llevarla a cabo, el acto anterior (la agresión recibida que jugó cierta suerte de disparador) es solo una excusa, y, quien se sienta un vengador de ley, uno natural, está hasta agradecido por la oportunidad*. Hablo de tipos de carne y hueso que se desvelan semanas elucubrando (elucubrar es un verbo íntimamente relacionado con la venganza) para calmarse luego, disimulando la excitación con una sonrisa nerviosa. Los vengadores anónimos, los héroes que hacen justicia… esos no saben nada, no tienen la mínima idea de lo que es la venganza; son solo soldaditos siguiendo un ideal impuesto por un sistema que los disfraza (literalmente) de rebeldes y que los usa de la forma más funcional y propagandística, como una bufanda en invierno. Silencio.

La justicia nace de la venganza. El ojo por ojo proviene de ahí. Odio escuchar a los hipócritas que la niegan y la crucifican. Está en nuestra naturaleza, es un instinto. Con el tiempo (como todo), gracias a la racionalidad, fue perfeccionándose, ornamentándose, y siendo (como todo 2) cuestionada. La verdad es que no conozco una historia sin venganza, ni un pasado ni un futuro. Tampoco creo conocer una venganza sin violencia: una no es sin la otra. Son simbiontes que se retroalimentan hasta morir en su propia consumación, dando lugar al más romántico de los actos. ¡Es que la venganza es un acto de amor! Es no darle lugar a la impunidad; es dejar una marca; es ordenar el curso del mundo, intentando arrastrarlo de nuevo al equilibrio.

Cuando uno siente la necesidad de vengarse es porque hay algo dentro suyo que respira, se agita, urge por salir. Hay algo vivo: una causa. Y eso da vida al portador, que deja de ser un simple hombre para convertirse en un mensajero de algo superior a él: el ejecutador de una verdad. La causa siempre trasciende al cuerpo o a la vida. Una venganza da vida. Un hombre sin una causa es un muerto. Y yo tengo una causa pendiente (por suerte), y nunca me sentí más vivo.
Lo que realmente desconozco, pero que en instantes experimentare inevitablemente es qué sucede luego a la venganza. Remarquemos que, a su vez, ella es un deseo, y que la consumación es la gran enemiga del deseo**. Todo el placer que genera la planificación sumado al vértigo adrenalínico del momento de la acción no tienen precio, pero … ¿después? ¿Se puede volver al mundo real? ¿a ser un tipo común y corriente, habiendo sido, segundos antes, un vengador? No tengo la respuesta. ¿Vos sabrás? Ah… perdón, no podes hablar con la boca tapada, a ver sin la cinta….

¡¡Estás loco!! ¡¡Completamente loco!!

Mmm, decepción, esperaba algo más… profundo. Mejor volvemos a la cinta. Loco… usualmente la locura se malinterpreta con el ingenio. Y los ingeniosos nos orgullecemos y vanagloriamos con nuestra locura. Así que lo que me acabás de decir es un lindo piropo. Nunca lo vas a entender igual, tampoco pretendo que lo hagas. Por algo vos estás ahí maniatado y yo acá, saboreando este monologo. Silencio. 

Te soy sincero, estoy prolongando el momento por miedo a lo que vendrá. Y también, por qué negarlo, por puro placer. Soy un hedonista, no puedo evitarlo. Pero aunque meses vengo imaginándome esta escena, lamentablemente voy a tener que destruirla. Como el artista que debe renunciar a su obra para que sea patrimonio de todos, como la madre acepta al fin que su hijo no es su extensión y perseguirá su libertad propia, debo decirle adiós a mi causa dándole un punto final a mi venganza. Silencio.

Un disparo en la frente. 

Subió la escalera. Cerró la puerta del sótano con llave.

La luz del sol lastimó sus ojos. Había pasado mucho tiempo en la oscuridad y su vista estaba desacostumbrada al brillo de los colores.

Sonrió, pero no de forma nerviosa.  Saludó a los vecinos al pasar.

En un cesto tiró el arma envuelta en una bolsa que escondía bajo el gamulán marrón.

Fue hasta el café que estaba frente a la plaza y pidió una copa de vino. Eran las tres de la tarde pero quería celebrar. Mirando por la ventana notó que el mundo no volvería a ser el mismo. “Equilibrio”, dijo susurrante para que nadie lo oiga. “¿Y ahora?”, pensó un poco triste. ¿Volver a la rutina? ¿Ser uno más? ¿Se había saciado la sed? No.

Cayó en la cuenta de que la venganza es un círculo vicioso: surgida de una vez primera para nunca terminar. Él no había dado la posibilidad de que alguien pudiese vengar al recién ejecutado. El plan emanaba tanta perfección que nadie descubriría el crimen, jamás. “Dios”… acababa de cometer un crimen… Pero lo que realmente lo sofocaba era el error del plan: su esencia perfecta y sin fisuras no dejaba lugar al equilibrio natural. Él se convertía en un impune. 

Terminó la copa, paso por el cesto y recogió el arma. Volvió al sótano, y, sonriendo, se voló la cabeza de un tiro. “Equilibrio”, susurró al caer.  


Diego, Dieguito para los amigos.


*Punto fundamental: ninguna venganza surge por si sola sino que nace de un acto de injustica, y es un acto individual.
**esa frase me la robe descaradamente de un corto simplemente por su perfección.

la musicalidad rota se ofusca
quebrada
un paso pero esto no es así no tiene que ser así
le dijo, al fin pudo decirle lo que pensaba que
él sospechaba. Pensaba que era omnipotente
como le había enseñado, a amarla
Crack, escuchó
no había que
era suficiente
sus miradas se desviaron a las baldosas
llenas de hollín
de años

Lucía

miércoles, 8 de junio de 2011

A - GIL


A-GIL
Un paso atrás a todas partes
Solo haciéndose ceniza se puede dar vida al rito
Se marea el columpio cuando crujen las últimas mordidas y las palmas se llenan de arrugas.
Un corte y si es necesario seguir por la efervescencia de malabarista atrevido.
El árbol torcido por lo menos eligió.  
Escapar a la lluvia axilar que se mece sobre el universo y vuelve a mojar.
Una metáfora del cuerpo, habrá vida mientras permanezca la cosquilla
El caudal transparente al que todos creen y del que nadie se fía argumenta
el desarme: “Solo así habrá revelación”.
Tras la estela, el erotismo convence a las hamacas quietas una vez más.
Y en cada extremidad se refugia lo que no se puede quemar
Tal vez desde siempre y para siempre se es patraña. Y lo único singular es el estigma, que desaparece cuando es tarde.
La flecha siempre tiene un final y el hechizo pierde efecto si ya no le creo.
Un karaoke de Dios. Solo Él. Nos hace saltar al combustible o la castración sensible
El inofensivo vaivén de la tinta. En la glorieta de los ángeles se recuerda todo, Incluso las cosas que la advertencia arrinconó. Solo me quiebro en un lugar.
Vivir abreviando
             
Facundo Pedrini 

domingo, 5 de junio de 2011

Volvé.


Te amo tanto que sólo transmuta en odio.
Y yo, una crisálida de piel y polvo, me deshago
en polillas oscuras que se escapan y anidan en mis costillas
Las asesino ahogándolas en océanos humeantes de licores y habanos.
Entonces me doy cuenta de que tengo hambre de vos,
de cada lágrima, de cada cabello, de cada sabor, de cada aroma,
y te engullo con mis fauces, el deleite edípico me palpita en las pupilas:
sos el festival hedonista que pasa ahora entre mis labios,
sos el sueño viviente que late ahora entre mis muslos
sos el hambre pura que carcome ahora mi estómago.
Tengo hambre de vos, sí, y mientras mi vientre ruge y le urge
tu boca salvaje y bárbara, sé que mi voracidad está acá
para quedarse y ensañarse: no hay ardor que tu piel no pueda apagar;
no hay cadencia que de tus dedos no pueda emerger.

Entonces, la angustia siempre vuelve: los hombres lobo
en mis uñas siempre muerden mi pecho.
Yo desaparezco.
Muto en un animal de deseo que se desvive por Ludwig
mientras él vibra en mis pulmones e hígado,
todo es sublime y azul: todos somos flores doradas,
soy el viento, la lluvia y la altura, excelsa
soy un cuerpo mutilado por la belleza de lo inocente y lo pulsional,
presa de las plagas que tiemblan en mis dedos.
Pero nada es eterno: soy causal y viciosa
y los hombres lobo degluten mis pechos.
Reaparezco y la música se marcha.
Ya soy nada.
(Te sorprendería cuánto dolor cabe en este cuerpo,
como mi lumbre se agota con mi aire.
Soy mi propio vampiro que disfruta ver
rubíes precipitarse sobre el asfalto de mis muslos.)
Es sólo la música aquello que me hace vibrar
en un perenne Nirvana que me libra
de mi viciada humanidad y me
hace ser eterna y divina
por treinta y seis minutos, cuarenta segundos
y hace las veces de una luna rumiante que se
inyecta en mis venas corroídas por tu óxido.

Volvé.
Tenemos tanto de qué hablar.


Gaby B. 

Soy una pésima poetisa, lo sé. Pero está todo bien :D
Atte,
La Gerencia.