- Un café chico, por favor. ¿Vos qué querés?
- Un café doble, en jarrito, por favor.
- Siempre igual vos, lo mismo que pediste el día que te conocí, en esta misma mesa. No sé qué nos pasó, ¿en qué momento nos perdimos?
- La vida nos pasó, la historia. Mi ida a trabajar a Montevideo, tus cosas. El tiempo, que se yo.
- ¡Qué bueno que llamaste!, que te acordaste de mi cuando volviste de tu viaje. ¿Cómo fue todo?
- Lo mío bien, volviendo, reencontrándome con el barrio, la ciudad, el pasado.
- Sonás cansado, triste… ¿qué pasa?
- De todo, nada, que se yo. Volver, encontrarme con que la mayoría de la gente ya no está, la vieja se murió, mis hermanos se las tomaron y nunca más supe de ellos, tiraron abajo mi antigua casa y la convirtieron en supermercado chino. El pasado que volvió y me está ganando por goleada.
- Pero tendrás algo por ahí, gente que te quiere y te recuerda.
- En realidad no. Siempre le hice muy mal a todo el mundo, con esta manía de escapar cuando las cosas quedan quietas. Dejé a mucha gente en el camino, viví muchas vidas pero ninguna en particular.
- ¿Y por qué volvés ahora si te duele tanto?
- Porque pensé que acá quedaba gente que me quiso.
- Sí, en realidad sí. Que te quiso y a la que, como vos dijist, le hiciste mucho mal. ¿Te acordás de Elisa, Antonio?
Antonio asiente con la mirada clavada en el café.
- Elisa murió el mes pasado. Sola y esperando. Esperándote. Escribiéndote cartas que nunca mandó. Encerrada en su mundo, el que formó cuando te fuiste, sin decir a donde ni hasta luego, o si volvías siquiera.
- No podía. Me aterraba la idea de quedar acá.
La amaba, y una parte de mi quería formar la familia de la que tanto habíamos hablado, pero la necesidad de escapar me agobiaba.
- Elisa estaba segura que ibas a volver, su Antonio no la iba a abandonar. Asique te esperó. Día y noche. Te esperó donde sabía que la ibas a encontrar. En el único lugar donde estaban todas las cosas que los unían.
Poco a poco dejó de salir de la casa, después ya ni salía del escritorio casi.
Allí tenía todas las cosas que necesitaba, el verde del día que se enamoraron, según dijo; el violeta OCA de la pared que tanto les gustaba. El escritorio mirando por la ventana al ceibo que plantaron juntos.
- Quise volver, pero para esa altura ya había pasado demasiado tiempo y todo me dolía demasiado- dijo Antonio casi en tono de defensa, de disculpa.
- ¡Hasta la puerta verde, de cuatro vidrios grandes mantuvo intacta!, y sin cortinas, porque decía que por ahí te iba a ver llegar, como tantas veces a la hora de la siesta, los domingos de otoño, para tomar unos mates.
Tomaron el café casi sin mirarse más hasta que Antonio decidió que podía escuchar lo que Ignacio tenía para decirle.
- ¿Cómo sabés vos todo eso Ignacio?
- Yo era el único que podía entrar en su mundo, su familia fue muriendo y yo no pude dejarla sola, la quise demasiado. Yo fui el que desarmó lo que quedaba de la casa el mes pasado. Saqué todas las cartas, están en una caja en mi casa, no pude tirarlas, no todavía, presentía que ya iba a llegar el destinatario de las mismas para buscarlas.
- Y acá estoy, en una tarde de domingo, de sol de otoño, a la hora de la siesta, como tantas veces antes.
- ¡Lástima que no fue un mes atrás!
- Lástima.
- ¡Mozo! Un café chico, por favor. ¿Vos que querés?
- Un café doble, en jarrito, por favor.
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