Justo que pensaba en cómo, cuánto y toda la perversidad de esos aparatillos electrógenos. Apéndices de la nada.
Justo que pensaba en todo aquella y el sonido –ting ting- omnipresente, siempre inoportuno, apareció. Para quedarse –aun desde el mutismo- hasta el final. Amo y señor de una pulgada de cerebro. Descerebro.
Lenta, se diluye. El paciente imperio de esta música lo destiñe. Fuga hacia el futuro. Pero, mientras tanto, la estela, los restos. Las partículas de polvo siguen y continúan ahí. Es decir, ese ruidito de mierda tiene bajo su poder a una pulgada de mi cabeza. Suficiente, mucho más que suficiente, para volver loco. A cualquiera.
O sólo a mí. Cosa que, al final del juego, terminaría siendo idéntica.
¡Que vivimos del desapego! Sólo buscando el piso, la realidad en algo. Aunque pueda el piso no quedar bajo la suela de los zapatos. Lejos de cualquier signo o señal o lo que sea de virtuosismo; con el presuntamente infinito valor de la sinceridad (que no puede, nunca, confundirse con la honestidad, ya que ella –la honestidad – es demostradamente imposible).
Un gran saludo a todos los miserables pseudo pelotudos de siempre: fingidores de idas, siempre calentones, bien al palo, por esencia; incontinentes, desbordantes de fluidos hasta la guarangada idiota y sin humor. Los que se llenan la boca con análisis insosteniblemente pesados; estandartes de la pavada, del culito para afuera, de la barbita recortada con formitas, de las pronunciaciones finas –I love you!- hasta el máximo de lo burdo; con las ganas de brillar de siempre, para el deslumbre de terceros; con los huevos pesados, bien pesados; o con los huevos livianos, aburridos del polvito perfecto, bien pesados; con sus pasitos de convicción y un buen cheque de la Secretaría del Chamuyo incrustado en el ojete. Fanáticos, híper convencidos, indignados, defensores histéricos de la histeria. Y a sueldo porque, a fin de cuentas, así es leidis an shentlemen: morfan del tarro; del mismo tarro que supieron repudiar. Morfan del tarro.
Justo que pensaba en cómo, cuánto y toda la perversidad de esos aparatillos electrógenos. Apéndices de la nada.
Francisco Segovia
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