miércoles, 18 de mayo de 2011

Luisa (2º versiòn)

Estaba leyendo, disfrutando de ese cuarto divino, lleno de luz, aire y tranquilidad. Con una cama gigante, un cubrecama de sueño y el colchón más cómodo del mundo, regalo de mamá y las chicas por mis 50 años, que me habían dicho:
-         Andate Luisita, ¡te lo merecés! Laburás tanto, estás siempre a mil, nunca salís de tu casa ni el trabajo, cambiá de aire…
¡Sí que me lo merezco!
Asique ahí estaba, en ese cuarto de lujo, en ese hotel de lujo, en ese pueblito increíble del sur de Chile.
Pero no estaba sola. Si bien mamá y las chicas no lo sabían, había invitado a Sebastián, mi novio desde hace casi 3 años, pero que todavía no presenté en casa, nada personal, nos parece que no es necesario, somos grandes y no tenemos nada que nos impida estar juntos.
Las cosas entre nosotros estaban más que bien, sin demasiados contratiempos y con ganas de disfrutar.
De repente la puerta del cuarto se abrió, era Sebastián que volvía de la calle, donde había comprado puchos y caminado un poco, según me dijo. Pero algo raro había, algo había cambiado, ya no era el mismo, yo lo sabía, desde el momento en que lo vi entrar.
Le pregunté qué pasaba, me contestó que nada y se dio media vuelta. Me dejó pagando. Y muy nerviosa. Así estuvimos un rato, hasta que no lo soporté más y me acerqué para volver a preguntarle qué pasaba, con muchos nervios y una ansiedad insoportable. Sebastián se dio vuelta, me enfrentó y empezó a gritarme cosas sin sentido. Su cara estaba transformada, ¡qué dolor!
Estaba totalmente desconcertada, quise frenarlo pero era imposible. Hasta que desesperada y sin saber que más hacer, agarré el florero azul que está sobre el escritorio de al lado de la ventana, dejé las flores sobre la mesa y lo empapé con el agua que había en él.
1, 2, 3 segundos, pero nada pasaba, Sebastián seguía gesticulando y gritando sin sentido. Súbitamente volvió en sí y me abrazó (me desarmó ese gesto… Ya lo sabe. Me quedé seca… ¡Pero, ¿cómo lo supo?!). Y llorando me dijo: - ¿Por qué no me dijiste antes que el cáncer volvió? (Sí, ya lo sabe…)
-         No pude, no tuve fuerzas- le contesté – Pero te quería acá, más que nada, conmigo,  para procesar la noticia. Para que me abraces así.
Y mi cabeza siguió maquinando, todas las cosas que pensé pero no pude decir… para que me grites así si es necesario, ya que son mis mismos gritos, los que yo no puedo dar,  ¡los que están atrancados en el medio de mi garganta!
-         Ni siquiera mamá y las chicas lo saben todavía- le dije cuando pude volver en mí.
Sin soltarme nunca de ese abrazo eterno y maravilloso, Sebastián me acomodó sobre la cama y así se quedó, abrazándome, protegiéndome…
¡Gracias Dios por éste hombre tan especial!

María Sequeiros.

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