Todo estaba sellado. Precintos inhibidores y ventanas de acero. Un toque de queda desde siempre. Lugares rodeado de enteros, no hay mitades. Nadie vuelve de ningún lado, por eso no hay inclinaciones ni dudas. No se conservan salvajes, ninguno defiende las pizcas y las navajas no tienen filo.
Lo único para degollar son mascaras, la gente es demasiado devota de cosas que murieron hace rato. Soy el último intrépido porque entendí la peste y desangre al bufón (con la boca). Un paso para mudarse de piel o vivir a farsa atravesada y encía visible.
Los bares son panteones, a una sola toma. Sin ruido ni curvas. Se acaba la arena y es tiempo de sacrificar al caballo. Prefiero las tumbas, allí la niebla confunde mi culpa.
Mientras bajo la pala me encuentro con muchas lombrices pegajosas: Hay vida donde hay viscosidad.
Antillas de esclavos me aguardan: Demasiado muertos para un mundo tan siniestro. La balanza siempre calibra a favor de lo que ya no existe.
Mientras bajo la pala me encuentro con muchas lombrices pegajosas: Hay vida donde hay viscosidad.
Antillas de esclavos me aguardan: Demasiado muertos para un mundo tan siniestro. La balanza siempre calibra a favor de lo que ya no existe.
Libero las almas y las llevo. Nadie tiene sensaciones, pero tampoco cuestionan los gustos: Calles, plazas, parques, ramblas y esquinas para recuperar la memoria (y el cerebro). Esto son, esto somos (y esta claro). Para aquel entonces no tenia antebrazo. El envoltorio nunca fue tan necesario.
Solo unas pocas macaras flotan (el armario aguarda tranquilo). Nadie observa más que un punto fijo, las morsas contemplan al jardín ajo l luna. Están rodeados, pero no importa. La ruina esta cerca pero nadie duda.
La degradación era total. Ningún fundamentalista puede criticar mis propósitos: Los muertos perdieron la vergüenza cuando la tierra los comió e hizo olvidarse de si mismos, no tienen celos porque saben que nadie pesa y tampoco sienten miedo porque ya sucumbieron.
El pánico no es mortal, solo es humano. Nuestro ataque es artístico, puntillismo de arterias, luces que se apagan en un degrade de cal y los órganos vuelan en un absurdo. El gas de mi mente ya no molesta. Los colores vuelven, todo para conquistar. Habíamos vaciado las calles en menos de un menguante. Sin velocidad, sin pulso. Mi pala me mira y me pide más vid, pero es suficiente por hoy, mucha lumbre.
Con el correr de las mañanas solo había que recubrir el cielo con telas. Sería el estreno de una nueva manera. El viejo cono toxico nos esperaba, a redundarse.
Nada en las veredas, nada en el asfalto. Extraño, no menos exótico. La preocupación (también nuestra) me invade. Aunque ya no hay leyes, las fobias de la especie me juegan una mala pasada: Sin, nada.
No hay lugar esperándome, giro y precipito. Tengo que percibir algún rostro o aviso. Nadie ladra. Nadie anima. Nadie puede.
El cementerio sigue apacible y los vicios reposan. ¿Acaso nadie aprende las lecciones?. Prefieren ser cautivos cuando hay tiempo. Tal vez, vivir sea lo que más amedrenta, pasa la carne y lo realmente perecedero debe extinguir. No, no puede ser, todavía alguien galopa y quiere ser consumido.
Facundo Pedrini
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