martes, 17 de mayo de 2011

No-beso.


Trabajito de la charla del otro día. Enfermedad mediante, no pude subir.
Éxitos,
G


Soy una prostituta del whiskey. No hay punto en ocultarlo: es una verdad que me besa en los labios con una furia inusitada, como un Ulises que retorna al Ítaca que tengo por boca, a esa granada chorreante que tengo en medio de la cara. Se me había, entonces, embebido el cuerpo y la perspicacia, mi vientre laxo y relajado arremolinándose alrededor del brazo sueco del adonis que derrapaba al lado mío, sus ojos rehogándose  en el mismo tormento etílico que el mío (hay una magia cautivadoramente sencilla en penetrarle las pupilas a un hombre hermoso)
Un Jack, un hielo y una marea de notas arrebaleras que se descosía en el bajo fondo de la Catedral. El sillón-útero era un planeta distante que se aglutinaba mansamente con la música y el humo.  En mis hombros, sentía el olor a su rubia humanidad. Estaba ronroneante y aletargada, una verdadera plastilina emocional cuya existencia podría haberse prolongado infinitamente en ese mismísimo segundo de relajación.
El sopor vibró cuando puso su mano titánica en el hueso de mi cadera, en ese punto tan bellamente posesivo que es el hueso de la cadera. Sentí el regocijo pueril de saberme abarcada por su mano, de que mi vientre entero cupiera en esa maravilla de mano. El ejército de deseo que dormitaba en mi cuerpo se desbocó a fuerza de los dedos galopantes y suaves que mancillaban mi dermis. Estado de sitio a mi cerebro. Pasaje ida y vuelta de mi espalda a mi ombligo con boca a media asta y ojos de dormitorio. La brasa de mi último cigarrillo me ardió en el estómago y me dio hambre de todas esas cosas por las que no había sentido hambre en tanto tiempo.
Se me atragantó el beso en los labios y murió en la cuna de mi boca. Qué cosa esta de los hijos que no nacen.
-              ¿Vamos?- Mano en mi rodilla.
-              Vamos.

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