domingo, 22 de mayo de 2011


A-ladinos del terror


Soy Bernardo Morales, para algunos, una ráfaga de impertinencia, una omisión de modestia que pregona laureles de nadie. Para otros, un
periodista independiente que intentó acabar con la opulencia de las jaulas decretadas. Lo cierto es que espero tener diferentes
reputaciones, nunca creí en las alegorías perfectas. El silencio y el ruido me hacen impopular, siempre imagine que las aureolas eran chispazos tétricos y me resulta imposible bailar a medio compás. Jamás permutaría la criatura que soy.
No esperen bonanza y júbilo, el mundo te vuelve displicente y descortés, no conciban quimeras con parpadeos cómplices. No son avales ni cimientos concluyentes, solo receptores ficticios, referentes de mi desahogo.
Corría (lejos estaba de transcurrir) Septiembre del año 1979, la segregación y disciplina eran los únicos fluidos que se animaban a confesar. En esa arcilla espesa, daba mis primeros pasos en la artesanal redacción que hacia diferentes solicitadas: “El firmamento”, de tirada clandestina y furtiva. Nuestro refugio, estaba escondido tras una licorería atendida por inmigrantes italianos de ideas progresistas
de la calle Siciliano en el barrio de Banfield.
Nuestra estructura era acortada, pero con mucho potencial y aptitud. Todo experimento o publicación se realizaba a nuestra propia costa. El as, el rey y la sota, eran nuestros seudónimos de publicación. Mariano, Osvaldo y Bernardo soplaban los documentos muy cortejados por los
milicos, las ratas de laboratorios de turno.
Mariano y yo éramos egresados del Colegio Normal Superior Antonio Mentruyt de nuestro querido barrio de zona Sur, hermanos de la vida, compartíamos similares concepciones sobre los modos de proceder. Una pluma nos esbozo en dos tomos inherentes e indivisibles. Osvaldo había
cruzado el charco hace un par de años, sus pretéritos eran más opacos y violentos que los nuestros. Extremista, partidario del movimiento
de liberación nacional – tupamaros, impetuoso y arrebatado era el impulsor de nuestro ideal, que como todo con más aceleraciones que pausas
(la inactividad era peligrosa). Afligido por una penosa situación económica, vivía de migajas y derrotas, pero nunca perdía su impronta.

Lo fascinante de nuestro mundo, para su planeta belicoso era un extracto infecundo. Los ronroneos de la madrugada eran subversión y las
estrofas de la quietud sospechosas.
Incestuosos y rebosantes, con ansias de respaldar nuestros zumbidos, desempolvamos el disfraz del último osado (que no se trajeaba de
verde) y la espada del último digno para hacer de nuestro emprendimiento algo masivo, incluso reparable hasta para sus sucios hocicos.
Íbamos en busca de un virtuosismo ajeno a las siluetas del Estado, una transformación que nos aleje de la vergüenza. Al fin de cuentas,
como decía Osvaldo “no podíamos perpetuarnos en la promesa, había que salir al tablado”.
Debíamos contestar, pese a quien le pese la violencia no se contesta con palabras sin fundamento, ni idealismos intangibles sino con excesos, crueldad, profanar nuestras convicciones en pos de su propia supervivencia. La vehemencia no nos dejaba discernir. El escrúpulo y
la regla no pueden convivir sin picarse mutuamente. A la tiranía y dictadura, un poco de su propia medicina. Poner una bomba en la sede del
partido nacionalista, cuna y raíz de los paramilitares, nos representaba, desde nuestro torcido pero sincero horizonte, la opción más lúcida.
A la hora de armar nuestra herramienta de combate, pensamos en elementos básicos y artesanales: Una bomba de lavandina en una bolsa de agua
caliente, con químicos clásicos, caja de zapatos, cables diversos, un reloj, pilas y un alicate conectado a los mismos que junto con las pilas que nos ayudarían como un detonador de acción y efecto fulminante.
Pero necesitábamos un plan, teníamos el valor y la rabia, pero no el diseño de nuestra confabulación. Tras largas reuniones en donde el
silencio y el misterio eran la voz de mando, las paredes del refugio evocaron las sabias palabras de la encarnación más genuina de una idea:

“En el primer aniversario de su infausto gobierno he querido hacer llegar a los miembros de esa Junta estas, sin esperanza de ser
escuchado, con la certeza de ser perseguido, pero fiel al compromiso que asumí hace mucho tiempo de dar testimonio en momentos difíciles”.
Rodolfo, Walsh.1

Esas clases de juramentos también exigen. Durante varias noches trazamos los bocetos del espanto, como penetrar lo inaccesible, vencer la atrocidad. Un proyectil para someter, poca munición para tanto plomo.
Las piernas temblaban de emoción, se acercaba el momento del golpe y del inapelable impacto. De los 3 miembros, el más calmo era Osvaldo, su experiencia en este tipo de situaciones nos transmitía firmeza y aires de inmunidad. Mariano estaba excitado, su intranquilidad se traducía en el sudor de sus manos y su humor nervioso y forzado. Ninguno de los dos había portado un arma, muchos menos articulados una bomba.
Llegamos al asilo salvaje, la casa peronista que disfrazaba sus cimientos con acento militar. Con revestimientos minuciosos y ordinarios,
dignos de criaturas que nunca estarán a la altura de la historia, hasta las flores secas parecían estar disciplinadas contrastando con el escenario doblegado que contenía a nuestros amigos a solo 400 metros: El pozo de Banfield, uno de los tantos calvarios que funcionaban como
centros clandestinos de detención.
Al trepar el paredón trasero sentía crujir cada pupitre, chillar cada silla a la espera de un recreo que nunca iba a llegar, una tiza que esperaba a cada docente, ansiosa de conocer geografía y matemáticas. Esas semillas que no llegaron a ser fruto. Basta, no quería pensar, solo ejecutar y proceder. Dos guardias en la puerta custodiaban la entrada, escoltando los pasillos había varios gendarmes. Teníamos todo estudiado, no había lugar para la improvisación, no podíamos generar nuestros propios escollos. Sabíamos que la casa era infranqueable, estaba llena de milicos con la sensibilidad de un androide. No teníamos margen de error, no solo éramos el blanco sino todos los colores
juntos (aunque los conscriptos no podrían apreciar ni ternura de un arcoíris).
Implante la bomba y programe activación, su accionar sería posible 15 minutos tras la detonación. De allí teníamos que escabullirnos hacia
una zona segura (huyendo, una vez más). Los chaparrones comenzaron a jugar su partido, escondiéndome la referencia de la luna. Todos necesitamos un satélite tutor, somos orbitas con temor de su eclipse y desaparición pensé. Solo era una paradoja obscena que nada tenía que ver con la situación que estábamos viviendo. De repente me encontré corriendo con mis compañeros, no habíamos sido vistos por los ojos de los loros que siempre estaban avivados. Las calles se hacían avenidas llenas de luz y empedrados cristalinos, era lo más parecido, en ese momento un estruendo, sonido dulce por aquellas épocas, y la impresión placentera en las pupilas de mis amigos me hacia dimensionar la intensidad del clic.
Llegamos a la caverna de licores que antecede nuestra guarida, brindamos por rúbrica, por el escarmiento, por las voces que se habían perdido, por el tatuaje que impregnamos en uniformes adheridos a sus escamas, por el interrogante con nuestras propias mayúsculas. Pero el león no fue héroe por no tener cadenas, sino por vencer a cada uno de sus consuelos, solo era el comienzo de la metamorfosis, de una conversión filosófica.
Por la ventana comenzamos a comprender al árbol, viejo pero sabio, entendiendo su naturaleza, ser esqueleto en invierno, ser poesía en
verano. Se le anima al sol y a la lluvia, solo se amedrenta con una ausencia: La conciencia.
Luego, la madrugada que siempre llegaba tarde, con un alba que traspasaba cualquier venda, cuando la turbación domino mis instintos, sonaba
un teléfono con disco que nunca fue pulsado, del que desconocía la línea y su numeración, mis dedos tenían latidos propios. Al atender, una voz desconsolada hizo de la cola del destello el charco más pantanoso. Tres palabras fueron la constitución de la resolución lapidaria: Se mató Mariano. La lengua se me hizo escarcha, no podía entender lo que había sucedido, todo era una mezcla de misterio y sigilo. Al llegar a su domicilio, me tope con su inconsolable madre, quien me había efectuado el llamado, estaba irreconocible, contemplando lo irremediable.
La muerte seguía invicta, nos miraba de reojo y se mofaba de nuestra impotencia mortal. Mi hermano, mi amigo, mi camarada y compañero. Cómo
no pude comprender su escenario, su trama, la necesidad de un desenlace rápido y yo solo preocupado por mi necesidad de amagar, de auto
realizar mis tentativas.
Intente comunicarme con Osvaldo, no pude. Volando me fui para su casa, todos sabíamos que el uruguayo era un hombre de mañas, pero que brotaba en las difíciles con la velocidad de una chispa. Siempre un corcel inoxidable con riendas indomables, quizás el podría abolir mi incertidumbre con una palabra justa.
Al llegar a su vivienda, un tumulto de gente aglomerada en la entrada pasmo aún más mi fatídica mañana que para aquel entonces estaba en
terapia intensiva, pilas de valijas en la puerta, colchones apelotonados, niños correteando, bullicio y jaranas de las siempre vigentes
chusmas de barrio, entre medio de esa congregación vecinal sale el uruguayo, el referente, el tótem de mi resistencia, mi divinidad
rioplatense. Luego de un abrazo inmortal y con un dejo de nostalgia me miró a los ojos y dijo: “La preservación de la consecuencia
(señalando una foto de sus hijos y su flamante esposa) es más idónea que cualquier anhelo revolucionario. Nuestra fusión no fue ficción mi
amigo, fue real y auténtica. La expresión genuina que nació desde las sombras para convertirse en mucho más que lo tolerado. Mis triunfos
hoy están a algunos kilómetros, en el pavimento de Montevideo que te esperará latente y con un mate en la mano.
Sintético, nunca artificial. Acotado, nunca tacaño, Osvaldo volvía a su tierra después de varios años, cruzaba el charco para reencontrarse
con su verdadero motor. Dejaba de vivir su existencia gobernada por una bisectriz para respirar de a cuatro aunque con una atmosfera de
opresión y tiranía similar.
El rio de la Plata y la infinitud nos separaban. Uno tan estrecho y ceñido, otra inagotable e indeterminable, diferentes latitudes las del
cielo, el charco y la tierra tirando paredes en el Mítico Centenario con el azar cada vez mas caprichoso en adueñarse de mi estilo.
Curiosa intención de Dios la de hacerlos flojos y flácidos. Su debilidad es despreciable, nunca consonante con la cresta de un deseo, de mi designio. Fueron la órbita que no supo acompañar. Serán desaparición y huida, arena de ninguna playa, tierra de fincas sin bandera, nunca
noble claridad. Existirán como una pluma más del canario. En su dialéctica enferma de porque debería, hicieron del sentido común su único
mandato. Si, quede en la orilla del rencor, en la ribera del tiempo. Simbolizo la determinación acabada, la plegaria hereje.
Ya lejos quedo aquel proyectil, el estallido y su dimensión. Su detonante fatal fue la implosión del mismo, el derrame de mi cordura. Cero y todo. Una identidad confusa.
En mi vida todo tiene consecuencia, y la secuelas son la prueba real de que existió aunque nunca pudo llegar a ser. Reposo en una creencia que siempre fue pagana.

Facundo Pedrini

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