Diluir (la vuelta de Bronceadores y quemados)
Había llegado a la hondo. Cuando es profundo, sangra. Lo real nunca coagula, ni siquiera ante la repetición.
Esa brisa silvestre y ajena en combustión con la arena blanca había significado un espasmo. Volver a las medialunas aturde y el cortado nunca resulto tan impropio.
Probó la pureza táctil, el rostro de la abundancia. Lo extraña, pero vuelve. Cuando hay retorno, nace la exageración.
En frente, su amigo sin cabeza, una prolongación ni siquiera acabada. Una vieja intención de libertad. 30 años de puntualidades y ningún delirio. El tiempo pasa y lo arrinconan los mismos titubeos, las mismas ambigüedades, tal vez por eso se llamé Juan Domingo.
JD – Es así Fernando (la gente de ciudad cree saber que es y que no es), las cosas terminan y los ritmos continúan. Tenés que bajar, despegar de eso que no conseguís, mientras estruje fuerte su cigarrillo).
Hay algo cierto, hasta los paraísos tienen basurales, pero yo reivindico la chatarra en recuerdos
F – Es fácil cuando la vida se ve desde la misma vereda, sin curvas ni puertas derretidas y con la numeración impar como tu único patrón de búsqueda. El humo verde de su infusión se impregnaba en el sudor de su camisa que curiosamente, también era marrón.
JD: No digas incoherencias, sus 3 palabras que pone en juego en forma de orden mientras eleva su codo para sostener el envión de la pared.
Algo entiende de las flaquezas del ladrillo (y más si está a la vista), pero ni se inmuta, toma la última medialuna de la mesa llena de polvo y tierra, y mientras juega con el cenicero, se siente bien: Ya había encontrado un culpable, una explicación.
Acelera y retorna al negro, pero se queda en su lugar, su amigo distorsiona sus manos en un ademan psicótico. Sospecha que pide la cuenta, pero no articula sus movimientos y pierde sus brazos, que tan largos creía.
Esa brisa silvestre y ajena en combustión con la arena blanca había significado un espasmo. Volver a las medialunas aturde y el cortado nunca resulto tan impropio.
Probó la pureza táctil, el rostro de la abundancia. Lo extraña, pero vuelve. Cuando hay retorno, nace la exageración.
En frente, su amigo sin cabeza, una prolongación ni siquiera acabada. Una vieja intención de libertad. 30 años de puntualidades y ningún delirio. El tiempo pasa y lo arrinconan los mismos titubeos, las mismas ambigüedades, tal vez por eso se llamé Juan Domingo.
JD – Es así Fernando (la gente de ciudad cree saber que es y que no es), las cosas terminan y los ritmos continúan. Tenés que bajar, despegar de eso que no conseguís, mientras estruje fuerte su cigarrillo).
Hay algo cierto, hasta los paraísos tienen basurales, pero yo reivindico la chatarra en recuerdos
F – Es fácil cuando la vida se ve desde la misma vereda, sin curvas ni puertas derretidas y con la numeración impar como tu único patrón de búsqueda. El humo verde de su infusión se impregnaba en el sudor de su camisa que curiosamente, también era marrón.
JD: No digas incoherencias, sus 3 palabras que pone en juego en forma de orden mientras eleva su codo para sostener el envión de la pared.
Algo entiende de las flaquezas del ladrillo (y más si está a la vista), pero ni se inmuta, toma la última medialuna de la mesa llena de polvo y tierra, y mientras juega con el cenicero, se siente bien: Ya había encontrado un culpable, una explicación.
Acelera y retorna al negro, pero se queda en su lugar, su amigo distorsiona sus manos en un ademan psicótico. Sospecha que pide la cuenta, pero no articula sus movimientos y pierde sus brazos, que tan largos creía.
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