lunes, 23 de mayo de 2011

El Punto.

EL PUNTO

Antes de abrir los ojos por primera vez.
La verdad articula las intenciones del ritmo.
El dedo que todo lo hizo  todo lo explica. Tan superior,
se posa sobre el piano y lo observa.
Inaugura un ciclo, disciplina al sonido y lo hace sensación.
Los agudos serán del sur y los graves de todos.
Del atril estelar brotan las teclas que harán diferencias.
Algunas partituras se queman cada tanto, y de sus cenizas
surgen las caricias de una madre, que se reinventan desde la
eternidad y se quedan para siempre.

El pedal fue envión, y el sol primero fue una nota.
El dueño de todas las piezas es el que define el peso y coquetea
con lo que algunos llaman gravedad y otros miedo.
De una mueca se reproduce la percusión del suelo.
El anular frena las direcciones para darle paso
a la curva, que mas tarde será guía.

Un sombrero aparece sobre el bastidor. Ese será el cielo
que nunca entenderemos. Al lado, las cuerdas separadas
que más tarde vomitaran mandamientos.
De las semillas del arpa se inspiraran las serenatas reprimidas.

El hombre toma un paño y frota las clavijas. Así contemplará
el valor y el mensaje aunque poco podrá hacer.
Con el incide adiestra las manos para que busquen los costados

Susurrando corcheas los convertira en angeles guardianes de
Pañuelos naranjas y alas que sobreviven para ser ejemplo (el primero)
antes de que el infinito decida que esta bien y que esta mal,
ella se encarga de afinar las conciencias.

“Yo estoy bien, si vos estas bien”



Facundo Pedrini

domingo, 22 de mayo de 2011


A-ladinos del terror


Soy Bernardo Morales, para algunos, una ráfaga de impertinencia, una omisión de modestia que pregona laureles de nadie. Para otros, un
periodista independiente que intentó acabar con la opulencia de las jaulas decretadas. Lo cierto es que espero tener diferentes
reputaciones, nunca creí en las alegorías perfectas. El silencio y el ruido me hacen impopular, siempre imagine que las aureolas eran chispazos tétricos y me resulta imposible bailar a medio compás. Jamás permutaría la criatura que soy.
No esperen bonanza y júbilo, el mundo te vuelve displicente y descortés, no conciban quimeras con parpadeos cómplices. No son avales ni cimientos concluyentes, solo receptores ficticios, referentes de mi desahogo.
Corría (lejos estaba de transcurrir) Septiembre del año 1979, la segregación y disciplina eran los únicos fluidos que se animaban a confesar. En esa arcilla espesa, daba mis primeros pasos en la artesanal redacción que hacia diferentes solicitadas: “El firmamento”, de tirada clandestina y furtiva. Nuestro refugio, estaba escondido tras una licorería atendida por inmigrantes italianos de ideas progresistas
de la calle Siciliano en el barrio de Banfield.
Nuestra estructura era acortada, pero con mucho potencial y aptitud. Todo experimento o publicación se realizaba a nuestra propia costa. El as, el rey y la sota, eran nuestros seudónimos de publicación. Mariano, Osvaldo y Bernardo soplaban los documentos muy cortejados por los
milicos, las ratas de laboratorios de turno.
Mariano y yo éramos egresados del Colegio Normal Superior Antonio Mentruyt de nuestro querido barrio de zona Sur, hermanos de la vida, compartíamos similares concepciones sobre los modos de proceder. Una pluma nos esbozo en dos tomos inherentes e indivisibles. Osvaldo había
cruzado el charco hace un par de años, sus pretéritos eran más opacos y violentos que los nuestros. Extremista, partidario del movimiento
de liberación nacional – tupamaros, impetuoso y arrebatado era el impulsor de nuestro ideal, que como todo con más aceleraciones que pausas
(la inactividad era peligrosa). Afligido por una penosa situación económica, vivía de migajas y derrotas, pero nunca perdía su impronta.

Lo fascinante de nuestro mundo, para su planeta belicoso era un extracto infecundo. Los ronroneos de la madrugada eran subversión y las
estrofas de la quietud sospechosas.
Incestuosos y rebosantes, con ansias de respaldar nuestros zumbidos, desempolvamos el disfraz del último osado (que no se trajeaba de
verde) y la espada del último digno para hacer de nuestro emprendimiento algo masivo, incluso reparable hasta para sus sucios hocicos.
Íbamos en busca de un virtuosismo ajeno a las siluetas del Estado, una transformación que nos aleje de la vergüenza. Al fin de cuentas,
como decía Osvaldo “no podíamos perpetuarnos en la promesa, había que salir al tablado”.
Debíamos contestar, pese a quien le pese la violencia no se contesta con palabras sin fundamento, ni idealismos intangibles sino con excesos, crueldad, profanar nuestras convicciones en pos de su propia supervivencia. La vehemencia no nos dejaba discernir. El escrúpulo y
la regla no pueden convivir sin picarse mutuamente. A la tiranía y dictadura, un poco de su propia medicina. Poner una bomba en la sede del
partido nacionalista, cuna y raíz de los paramilitares, nos representaba, desde nuestro torcido pero sincero horizonte, la opción más lúcida.
A la hora de armar nuestra herramienta de combate, pensamos en elementos básicos y artesanales: Una bomba de lavandina en una bolsa de agua
caliente, con químicos clásicos, caja de zapatos, cables diversos, un reloj, pilas y un alicate conectado a los mismos que junto con las pilas que nos ayudarían como un detonador de acción y efecto fulminante.
Pero necesitábamos un plan, teníamos el valor y la rabia, pero no el diseño de nuestra confabulación. Tras largas reuniones en donde el
silencio y el misterio eran la voz de mando, las paredes del refugio evocaron las sabias palabras de la encarnación más genuina de una idea:

“En el primer aniversario de su infausto gobierno he querido hacer llegar a los miembros de esa Junta estas, sin esperanza de ser
escuchado, con la certeza de ser perseguido, pero fiel al compromiso que asumí hace mucho tiempo de dar testimonio en momentos difíciles”.
Rodolfo, Walsh.1

Esas clases de juramentos también exigen. Durante varias noches trazamos los bocetos del espanto, como penetrar lo inaccesible, vencer la atrocidad. Un proyectil para someter, poca munición para tanto plomo.
Las piernas temblaban de emoción, se acercaba el momento del golpe y del inapelable impacto. De los 3 miembros, el más calmo era Osvaldo, su experiencia en este tipo de situaciones nos transmitía firmeza y aires de inmunidad. Mariano estaba excitado, su intranquilidad se traducía en el sudor de sus manos y su humor nervioso y forzado. Ninguno de los dos había portado un arma, muchos menos articulados una bomba.
Llegamos al asilo salvaje, la casa peronista que disfrazaba sus cimientos con acento militar. Con revestimientos minuciosos y ordinarios,
dignos de criaturas que nunca estarán a la altura de la historia, hasta las flores secas parecían estar disciplinadas contrastando con el escenario doblegado que contenía a nuestros amigos a solo 400 metros: El pozo de Banfield, uno de los tantos calvarios que funcionaban como
centros clandestinos de detención.
Al trepar el paredón trasero sentía crujir cada pupitre, chillar cada silla a la espera de un recreo que nunca iba a llegar, una tiza que esperaba a cada docente, ansiosa de conocer geografía y matemáticas. Esas semillas que no llegaron a ser fruto. Basta, no quería pensar, solo ejecutar y proceder. Dos guardias en la puerta custodiaban la entrada, escoltando los pasillos había varios gendarmes. Teníamos todo estudiado, no había lugar para la improvisación, no podíamos generar nuestros propios escollos. Sabíamos que la casa era infranqueable, estaba llena de milicos con la sensibilidad de un androide. No teníamos margen de error, no solo éramos el blanco sino todos los colores
juntos (aunque los conscriptos no podrían apreciar ni ternura de un arcoíris).
Implante la bomba y programe activación, su accionar sería posible 15 minutos tras la detonación. De allí teníamos que escabullirnos hacia
una zona segura (huyendo, una vez más). Los chaparrones comenzaron a jugar su partido, escondiéndome la referencia de la luna. Todos necesitamos un satélite tutor, somos orbitas con temor de su eclipse y desaparición pensé. Solo era una paradoja obscena que nada tenía que ver con la situación que estábamos viviendo. De repente me encontré corriendo con mis compañeros, no habíamos sido vistos por los ojos de los loros que siempre estaban avivados. Las calles se hacían avenidas llenas de luz y empedrados cristalinos, era lo más parecido, en ese momento un estruendo, sonido dulce por aquellas épocas, y la impresión placentera en las pupilas de mis amigos me hacia dimensionar la intensidad del clic.
Llegamos a la caverna de licores que antecede nuestra guarida, brindamos por rúbrica, por el escarmiento, por las voces que se habían perdido, por el tatuaje que impregnamos en uniformes adheridos a sus escamas, por el interrogante con nuestras propias mayúsculas. Pero el león no fue héroe por no tener cadenas, sino por vencer a cada uno de sus consuelos, solo era el comienzo de la metamorfosis, de una conversión filosófica.
Por la ventana comenzamos a comprender al árbol, viejo pero sabio, entendiendo su naturaleza, ser esqueleto en invierno, ser poesía en
verano. Se le anima al sol y a la lluvia, solo se amedrenta con una ausencia: La conciencia.
Luego, la madrugada que siempre llegaba tarde, con un alba que traspasaba cualquier venda, cuando la turbación domino mis instintos, sonaba
un teléfono con disco que nunca fue pulsado, del que desconocía la línea y su numeración, mis dedos tenían latidos propios. Al atender, una voz desconsolada hizo de la cola del destello el charco más pantanoso. Tres palabras fueron la constitución de la resolución lapidaria: Se mató Mariano. La lengua se me hizo escarcha, no podía entender lo que había sucedido, todo era una mezcla de misterio y sigilo. Al llegar a su domicilio, me tope con su inconsolable madre, quien me había efectuado el llamado, estaba irreconocible, contemplando lo irremediable.
La muerte seguía invicta, nos miraba de reojo y se mofaba de nuestra impotencia mortal. Mi hermano, mi amigo, mi camarada y compañero. Cómo
no pude comprender su escenario, su trama, la necesidad de un desenlace rápido y yo solo preocupado por mi necesidad de amagar, de auto
realizar mis tentativas.
Intente comunicarme con Osvaldo, no pude. Volando me fui para su casa, todos sabíamos que el uruguayo era un hombre de mañas, pero que brotaba en las difíciles con la velocidad de una chispa. Siempre un corcel inoxidable con riendas indomables, quizás el podría abolir mi incertidumbre con una palabra justa.
Al llegar a su vivienda, un tumulto de gente aglomerada en la entrada pasmo aún más mi fatídica mañana que para aquel entonces estaba en
terapia intensiva, pilas de valijas en la puerta, colchones apelotonados, niños correteando, bullicio y jaranas de las siempre vigentes
chusmas de barrio, entre medio de esa congregación vecinal sale el uruguayo, el referente, el tótem de mi resistencia, mi divinidad
rioplatense. Luego de un abrazo inmortal y con un dejo de nostalgia me miró a los ojos y dijo: “La preservación de la consecuencia
(señalando una foto de sus hijos y su flamante esposa) es más idónea que cualquier anhelo revolucionario. Nuestra fusión no fue ficción mi
amigo, fue real y auténtica. La expresión genuina que nació desde las sombras para convertirse en mucho más que lo tolerado. Mis triunfos
hoy están a algunos kilómetros, en el pavimento de Montevideo que te esperará latente y con un mate en la mano.
Sintético, nunca artificial. Acotado, nunca tacaño, Osvaldo volvía a su tierra después de varios años, cruzaba el charco para reencontrarse
con su verdadero motor. Dejaba de vivir su existencia gobernada por una bisectriz para respirar de a cuatro aunque con una atmosfera de
opresión y tiranía similar.
El rio de la Plata y la infinitud nos separaban. Uno tan estrecho y ceñido, otra inagotable e indeterminable, diferentes latitudes las del
cielo, el charco y la tierra tirando paredes en el Mítico Centenario con el azar cada vez mas caprichoso en adueñarse de mi estilo.
Curiosa intención de Dios la de hacerlos flojos y flácidos. Su debilidad es despreciable, nunca consonante con la cresta de un deseo, de mi designio. Fueron la órbita que no supo acompañar. Serán desaparición y huida, arena de ninguna playa, tierra de fincas sin bandera, nunca
noble claridad. Existirán como una pluma más del canario. En su dialéctica enferma de porque debería, hicieron del sentido común su único
mandato. Si, quede en la orilla del rencor, en la ribera del tiempo. Simbolizo la determinación acabada, la plegaria hereje.
Ya lejos quedo aquel proyectil, el estallido y su dimensión. Su detonante fatal fue la implosión del mismo, el derrame de mi cordura. Cero y todo. Una identidad confusa.
En mi vida todo tiene consecuencia, y la secuelas son la prueba real de que existió aunque nunca pudo llegar a ser. Reposo en una creencia que siempre fue pagana.

Facundo Pedrini

sábado, 21 de mayo de 2011

Aparatos con aparatos (The Wall)


Justo que pensaba en cómo, cuánto y toda la perversidad de esos aparatillos electrógenos. Apéndices de la nada.
Justo que pensaba en todo aquella y el sonido –ting ting- omnipresente, siempre inoportuno, apareció. Para quedarse –aun desde el mutismo- hasta el final. Amo y señor de una pulgada de cerebro. Descerebro.
Lenta, se diluye. El paciente imperio de esta música lo destiñe. Fuga hacia el futuro. Pero, mientras tanto, la estela, los restos. Las partículas de polvo siguen y continúan ahí. Es decir, ese ruidito de mierda tiene bajo su poder a una pulgada de mi cabeza. Suficiente, mucho más que suficiente, para volver loco. A cualquiera.
O sólo a mí. Cosa que, al final del juego, terminaría siendo idéntica.
¡Que vivimos del desapego! Sólo buscando el piso, la realidad en algo. Aunque pueda el piso no quedar bajo la suela de los zapatos. Lejos de cualquier signo o señal o lo que sea de virtuosismo; con el presuntamente infinito valor de la sinceridad (que no puede, nunca, confundirse con la honestidad, ya que ella –la honestidad – es demostradamente imposible).
Un gran saludo a todos los miserables pseudo pelotudos de siempre: fingidores de idas, siempre calentones, bien al palo, por esencia; incontinentes, desbordantes de fluidos hasta la guarangada idiota y sin humor. Los que se llenan la boca con análisis insosteniblemente pesados; estandartes de la pavada, del culito para afuera, de la barbita recortada con formitas, de las pronunciaciones finas –I love you!- hasta el máximo de lo burdo; con las ganas de brillar de siempre, para el deslumbre de terceros; con los huevos pesados, bien pesados; o con los huevos livianos, aburridos del polvito perfecto, bien pesados; con sus pasitos de convicción y un buen cheque de la Secretaría del Chamuyo incrustado en el ojete. Fanáticos, híper convencidos, indignados, defensores histéricos de la histeria. Y a sueldo porque, a fin de cuentas, así es leidis an shentlemen: morfan del tarro; del mismo tarro que supieron repudiar. Morfan del tarro.
Justo que pensaba en cómo, cuánto y toda la perversidad de esos aparatillos electrógenos. Apéndices de la nada.


Francisco Segovia

miércoles, 18 de mayo de 2011

Otoño


-         Un café chico, por favor. ¿Vos qué querés?
-         Un café doble, en jarrito, por favor.
-         Siempre igual vos, lo mismo que pediste el día que te conocí, en esta misma mesa. No sé qué nos pasó, ¿en qué momento nos perdimos?
-         La vida nos pasó, la historia. Mi ida a trabajar a Montevideo, tus cosas. El tiempo, que se yo.
-         ¡Qué bueno que llamaste!, que te acordaste de mi cuando volviste de tu viaje. ¿Cómo fue todo?
-         Lo mío bien, volviendo, reencontrándome con el barrio, la ciudad, el pasado.
-         Sonás cansado, triste… ¿qué pasa?
-         De todo, nada, que se yo. Volver, encontrarme con que la mayoría de la gente ya no está, la vieja se murió, mis hermanos se las tomaron y nunca más supe de ellos, tiraron abajo mi antigua casa y la convirtieron en supermercado chino. El pasado que volvió y me está ganando por goleada.
-         Pero tendrás algo por ahí, gente que te quiere y te recuerda.
-         En realidad no. Siempre le hice muy mal a todo el mundo, con esta manía de escapar cuando las cosas quedan quietas. Dejé a mucha gente en el camino, viví muchas vidas pero ninguna en particular.
-         ¿Y por qué volvés ahora si te duele tanto?
-         Porque pensé que acá quedaba gente que me quiso.
-         Sí, en realidad sí. Que te quiso y a la que, como vos dijist, le hiciste mucho mal. ¿Te acordás de Elisa, Antonio?
Antonio asiente con la mirada clavada en el café.
-         Elisa murió el mes pasado. Sola y esperando. Esperándote. Escribiéndote cartas que nunca mandó. Encerrada en su mundo, el que formó cuando te fuiste, sin decir a donde ni hasta luego, o si volvías siquiera.
-         No podía. Me aterraba la idea de quedar acá.


          La amaba, y una parte de mi quería formar la familia de la que tanto habíamos hablado, pero la necesidad de escapar me agobiaba.
-         Elisa estaba segura que ibas a volver, su Antonio no la iba a abandonar. Asique te esperó. Día y noche. Te esperó donde sabía que la ibas a encontrar. En el único lugar donde estaban todas las cosas que los unían.
Poco a poco dejó de salir de la casa, después ya ni salía del escritorio casi.
Allí tenía todas las cosas que necesitaba, el verde del día que se enamoraron, según dijo; el violeta OCA de la pared que tanto les gustaba. El escritorio mirando por la ventana al ceibo que plantaron juntos.
-         Quise volver, pero para esa altura ya había pasado demasiado tiempo y todo me dolía demasiado- dijo Antonio casi en tono de defensa, de disculpa.
-         ¡Hasta la puerta verde, de cuatro vidrios grandes mantuvo intacta!, y sin cortinas, porque decía que por ahí te iba a ver llegar, como tantas veces a la hora de la siesta, los domingos de otoño, para tomar unos mates.
Tomaron el café casi sin mirarse más hasta que Antonio decidió que podía escuchar  lo que Ignacio tenía para decirle.
-         ¿Cómo sabés vos todo eso Ignacio?
-         Yo era el único que podía entrar en su mundo, su familia fue muriendo y yo no pude dejarla sola, la quise demasiado. Yo fui el que desarmó lo que quedaba de la casa el mes pasado. Saqué todas las cartas, están en una caja en mi casa, no pude tirarlas, no todavía, presentía que ya iba a llegar el destinatario de las mismas para buscarlas.
-         Y acá estoy, en una tarde de domingo, de sol de otoño, a la hora de la siesta, como tantas veces antes.
-         ¡Lástima que no fue un mes atrás!
-         Lástima.

-         ¡Mozo! Un café chico, por favor. ¿Vos que querés?
-         Un café doble, en jarrito, por favor.

Luisa (2º versiòn)

Estaba leyendo, disfrutando de ese cuarto divino, lleno de luz, aire y tranquilidad. Con una cama gigante, un cubrecama de sueño y el colchón más cómodo del mundo, regalo de mamá y las chicas por mis 50 años, que me habían dicho:
-         Andate Luisita, ¡te lo merecés! Laburás tanto, estás siempre a mil, nunca salís de tu casa ni el trabajo, cambiá de aire…
¡Sí que me lo merezco!
Asique ahí estaba, en ese cuarto de lujo, en ese hotel de lujo, en ese pueblito increíble del sur de Chile.
Pero no estaba sola. Si bien mamá y las chicas no lo sabían, había invitado a Sebastián, mi novio desde hace casi 3 años, pero que todavía no presenté en casa, nada personal, nos parece que no es necesario, somos grandes y no tenemos nada que nos impida estar juntos.
Las cosas entre nosotros estaban más que bien, sin demasiados contratiempos y con ganas de disfrutar.
De repente la puerta del cuarto se abrió, era Sebastián que volvía de la calle, donde había comprado puchos y caminado un poco, según me dijo. Pero algo raro había, algo había cambiado, ya no era el mismo, yo lo sabía, desde el momento en que lo vi entrar.
Le pregunté qué pasaba, me contestó que nada y se dio media vuelta. Me dejó pagando. Y muy nerviosa. Así estuvimos un rato, hasta que no lo soporté más y me acerqué para volver a preguntarle qué pasaba, con muchos nervios y una ansiedad insoportable. Sebastián se dio vuelta, me enfrentó y empezó a gritarme cosas sin sentido. Su cara estaba transformada, ¡qué dolor!
Estaba totalmente desconcertada, quise frenarlo pero era imposible. Hasta que desesperada y sin saber que más hacer, agarré el florero azul que está sobre el escritorio de al lado de la ventana, dejé las flores sobre la mesa y lo empapé con el agua que había en él.
1, 2, 3 segundos, pero nada pasaba, Sebastián seguía gesticulando y gritando sin sentido. Súbitamente volvió en sí y me abrazó (me desarmó ese gesto… Ya lo sabe. Me quedé seca… ¡Pero, ¿cómo lo supo?!). Y llorando me dijo: - ¿Por qué no me dijiste antes que el cáncer volvió? (Sí, ya lo sabe…)
-         No pude, no tuve fuerzas- le contesté – Pero te quería acá, más que nada, conmigo,  para procesar la noticia. Para que me abraces así.
Y mi cabeza siguió maquinando, todas las cosas que pensé pero no pude decir… para que me grites así si es necesario, ya que son mis mismos gritos, los que yo no puedo dar,  ¡los que están atrancados en el medio de mi garganta!
-         Ni siquiera mamá y las chicas lo saben todavía- le dije cuando pude volver en mí.
Sin soltarme nunca de ese abrazo eterno y maravilloso, Sebastián me acomodó sobre la cama y así se quedó, abrazándome, protegiéndome…
¡Gracias Dios por éste hombre tan especial!

María Sequeiros.

Piedra, papel o tijera

Piedra, papel o tijera.
El gotero era incesante. Trasmutaba la perversión de la oscuridad en capellanes obedientes. Ya se habían retirado los duendes (ahora ídolos). Solo había que barrer.
Una carrera de ratas se iniciaba desde el baño a la barra. Buscaban un criador para que comiera la distancia.
Me rozan, pero no sé quien ni con qué. Un gancho, una mancha filosa. No. Es algo leve, imperceptible. Y para mi es pronto para la miel.
Me hundo en el piso alfombrado tratando de encontrar aunque sea un tropiezo. Por suerte floto más allá del cristal azul y las colillas de cigarrillos. El tiempo se detiene. Un pinchazo para recordar más allá de la aleación. Una aguja para habitar. La toco, la siento, esta agitada y yo con fiebre.  
Enhebró los trozos y órganos que por miedo a la tragedia habían saltado de mi talle. Una foto de mis padres me recuerda el color y el susurro desinteresado. La orilla es el  origen pero no el comienzo. Eso viene después.
Lo demás son viejas chispas: Partituras de amores fallidos, cuentas pendientes. Puntos negros. Muchos temores y pocos sobresaltos. Un hígado, ya cobarde,  litigando con lo que no supe olvidar y una carta que no es para mí pero suelo leer..
Esquivo los pulmones que nunca cuide. Fueron la cuna del nervio. Víctima de mis indecisiones y el dilema de las trompas. Vaya salsa.
Trato de no pisar las migajas, apodadas neuronas, tan cercanas al baño de mujeres, tal vez por eso no entiendan.
La rabia que alguna vez conseguí emerge de una de las mesas, pero ya no me contesta.
El paladar fue el único que hizo algo para quedarse, aunque ya no recuerda el sabor. De los pulgares ni noticias, se habrán perdido en alguna huella de pulseada.
Voy juntando las porciones y lo que falta (nunca antes tan valioso). El corte es cada vez es más profundo. Todos vuelven al tablero, menos mis venas.
Una aguja para creer o descifrar el por qué perdí. Una púa anónima me revela la superficie para enfrentar. Es lo mejor que había tenido.



 Facundo Pedrini.

¿Piedra, papel o tijera?

martes, 17 de mayo de 2011

No-beso.


Trabajito de la charla del otro día. Enfermedad mediante, no pude subir.
Éxitos,
G


Soy una prostituta del whiskey. No hay punto en ocultarlo: es una verdad que me besa en los labios con una furia inusitada, como un Ulises que retorna al Ítaca que tengo por boca, a esa granada chorreante que tengo en medio de la cara. Se me había, entonces, embebido el cuerpo y la perspicacia, mi vientre laxo y relajado arremolinándose alrededor del brazo sueco del adonis que derrapaba al lado mío, sus ojos rehogándose  en el mismo tormento etílico que el mío (hay una magia cautivadoramente sencilla en penetrarle las pupilas a un hombre hermoso)
Un Jack, un hielo y una marea de notas arrebaleras que se descosía en el bajo fondo de la Catedral. El sillón-útero era un planeta distante que se aglutinaba mansamente con la música y el humo.  En mis hombros, sentía el olor a su rubia humanidad. Estaba ronroneante y aletargada, una verdadera plastilina emocional cuya existencia podría haberse prolongado infinitamente en ese mismísimo segundo de relajación.
El sopor vibró cuando puso su mano titánica en el hueso de mi cadera, en ese punto tan bellamente posesivo que es el hueso de la cadera. Sentí el regocijo pueril de saberme abarcada por su mano, de que mi vientre entero cupiera en esa maravilla de mano. El ejército de deseo que dormitaba en mi cuerpo se desbocó a fuerza de los dedos galopantes y suaves que mancillaban mi dermis. Estado de sitio a mi cerebro. Pasaje ida y vuelta de mi espalda a mi ombligo con boca a media asta y ojos de dormitorio. La brasa de mi último cigarrillo me ardió en el estómago y me dio hambre de todas esas cosas por las que no había sentido hambre en tanto tiempo.
Se me atragantó el beso en los labios y murió en la cuna de mi boca. Qué cosa esta de los hijos que no nacen.
-              ¿Vamos?- Mano en mi rodilla.
-              Vamos.

Un cigarrillo - (logré comprender cómo se subían los textos)



Entraron. De fondo, una melodía voluptuosa. Inmediatamente después, una pausa y, luego de la pausa, la melodía continuó para ya no detenerse. Se sentaron. Él prendió un cigarrillo, tomó la carta.
-          Dame uno
Agarró la caja y sacó un rubio; sacó el que estaba en su boca y, con ése, prendió el que acababa de sacar de la caja. Se lo pasó. Siguió con la carta. Tiraba la ceniza en el piso, no habían traído cenicero. Se decidió. Esperaron a que alguien los atendiera. El silencio ya no los espantaba, mínimamente los importunaba, pero no era nada grave. Javier preferiría haber salteado esta farsa. No tuvo suerte. Debía reconocer, de todas maneras, que tampoco se desesperaba ante la postergación. Apenas sentía gana.
Se trataba, más bien, de la necesidad de repetición que lo empujaba, consecuencia –quizás y entre otras cosas – del esfuerzo minúsculo que debía realizar. No pensaba en renunciar, de cualquier manera.
-          No viene nadie, voy a pedir a la barra, ¿vos qué querés?
-          ¿Una cerveza, me traés?
Ahí iba. La súper rubia culo Metro Goldwin Mayer, híper piernas, ya casi sin encanto pero más puta que nunca, insensible, cuasi muda, espasmódica, eficiente, asmática recuperada, onanista, fuerte, absolutamente insegura. Perfecta. Decididamente insoportable, aunque ni siquiera por peso propio. Habían agotado sus opciones. Sin escapatoria posible. No la odiaba.
Terminó de fumar. Tiró la colilla al piso y la aplastó con uno de sus pies. Permaneció encendida a medias, sin embargo. Pensó en que se terminaría de apagar sola. Miró la hora.
Ahí volvía. El pelo atado hacia atrás, con las tetas rebotando en la musculosa, tontamente decidida, una cerveza en cada mano, implacable, el cigarrillo prendido en la boca, los ojos perdidos, el paso firme. Una invitación a reconsiderarlo, por última vez.
No valía la pena seguir pensándolo por demasiado tiempo. No era algo tan definitorio, de todas maneras.
Le ofreció otro cigarrillo, el último.
Francisco Segovia

sábado, 14 de mayo de 2011


Todo estaba sellado. Precintos inhibidores y ventanas de acero. Un toque de queda desde siempre. Lugares rodeado de enteros, no hay mitades. Nadie vuelve de ningún lado, por eso no hay inclinaciones ni dudas. No se conservan salvajes, ninguno defiende las pizcas y las navajas no tienen filo.
Lo único para degollar son mascaras, la gente es demasiado devota de cosas que murieron hace rato. Soy el último intrépido porque entendí la peste y desangre al bufón (con la boca). Un paso para mudarse de piel o vivir a farsa atravesada y encía visible.
Los bares son panteones, a una sola toma. Sin ruido ni curvas. Se acaba la arena y es tiempo de sacrificar al caballo. Prefiero las tumbas, allí la niebla confunde mi culpa.
Mientras bajo la pala me encuentro con  muchas lombrices pegajosas: Hay vida donde hay viscosidad.
Antillas de esclavos me aguardan: Demasiado muertos para un mundo tan siniestro. La balanza siempre calibra a favor de lo que ya no existe.
Libero las almas y las llevo. Nadie tiene sensaciones, pero tampoco cuestionan los gustos: Calles, plazas, parques, ramblas y esquinas para recuperar la memoria (y el cerebro). Esto son, esto somos (y esta claro). Para aquel entonces no tenia antebrazo. El envoltorio nunca fue tan necesario.
Solo unas pocas macaras flotan (el armario aguarda tranquilo). Nadie observa más que un punto fijo, las morsas contemplan al jardín ajo l luna. Están rodeados, pero no importa. La ruina esta cerca pero nadie duda.
La degradación era total. Ningún fundamentalista puede criticar mis propósitos: Los muertos perdieron la vergüenza cuando la tierra los comió e hizo olvidarse de si mismos, no tienen celos porque saben que nadie pesa y tampoco sienten miedo porque ya sucumbieron.
El pánico no es mortal, solo es humano. Nuestro ataque es artístico, puntillismo de arterias, luces que se apagan en un degrade de cal y los órganos vuelan en un absurdo. El gas de mi mente ya no molesta. Los colores vuelven, todo para conquistar. Habíamos vaciado las calles en menos de un menguante. Sin velocidad, sin pulso. Mi pala me mira y me pide más vid, pero es suficiente por hoy, mucha lumbre.
Con el correr de las mañanas solo había que recubrir el cielo con telas. Sería el estreno de una nueva manera. El viejo cono toxico nos esperaba, a redundarse.
Nada en las veredas, nada en el asfalto. Extraño, no menos exótico.  La preocupación (también nuestra) me invade. Aunque ya no hay leyes, las fobias de la especie me juegan una mala pasada: Sin, nada.
No hay lugar esperándome, giro y precipito. Tengo que percibir algún rostro o aviso. Nadie ladra. Nadie anima. Nadie puede.
El cementerio sigue apacible y los vicios reposan. ¿Acaso nadie aprende las lecciones?. Prefieren ser cautivos cuando hay tiempo. Tal vez, vivir sea lo que más amedrenta, pasa la carne y lo realmente perecedero debe extinguir. No, no puede ser, todavía alguien galopa y quiere ser consumido. 



Facundo Pedrini

viernes, 13 de mayo de 2011

Perfume

El otro día, si mal no recuerdo era un viernes 13 de mayo, me levanté como casi todas las mañanas a las 10:00 horas, o eso era lo que decía el reloj de la esquina. Ni bien abrí los ojos una fuerte brisa  me hizo temblar. "Es realmente difícil pasar el invierno", me dije mientras guardaba una tela vieja y acomodaba los cartones. A esta altura uno debe proteger más que nunca lo que uno tiene. Aunque parezcan miserias, todo adquiere un valor cuando se está en mis condiciones. Todo lo que se encuentra pasa a ser un tesoro.
Curiosamente esa mañana, debajo de los pañuelos que uso como almohada, encontré un objeto que me llamó realmente la atención. Al lado de las gomitas que uso para emprolijar, aunque sea un poco, mi largo y enmarañado cabello, había un perfume. Un frasco en forma de piña, con un líquido verde agua. No tenía fecha, ni marca, ni nada, pero parecía nuevo, sin usar.
Al principio no me causó nada. Siempre me dejaron botellas, comida, papeles. Pero después entré en la cuenta de que un perfume no era cualquier cosa. Además, había aparecido debajo de mis pañuelos, por lo que alguien debió haberlo dejado ahí apropósito. Comenzé a pensar. Me tomé el lujo de no salir a revertir mi vida para ponerme a analizar de dónde había salido ese perfume. "Seguro lo dejaron por lástima", fue lo primero que se me ocurrió. Esa era la explicación más sencilla. Desde chico que la gente me tiene lástima. Y lo admito, realmente la doy, quizás a causa de una cicatriz muy marcada en mi cuello o quizás porque soy así, lamentable. De todas maneras descarté esa opción. Luego me puse a pensar que había sido una broma de mal gusto. Sé que mi olor no es el mejor, que soy amigo, o compañero, de la basura, pero no tengo otra opción. De todos modos no me gusta pensar que la gente tiene mala intención, ni que es tan cruel como faltarle el respeto a una persona ya mayor. Siempre fui un hombre de buena fe y terminé donde estoy por un accidente inoportuno.
Podría haber sido el regalo de algún vecino, pero no tengo amigos ni conocidos. No soy de ningún barrio, me paso el tiempo viajando y nunca duermo en el mismo lugar. Bueno, siempre duermo en la calle, pero nunca en la misma zona, por lo que no conozco a nadie.
Algo tuvo que haber pasado en la noche. Lo único que recuerdo es un sueño donde corría todo el tiempo, buscando algo, hasta que aparecía una mujer desconocida que me daba una antorcha y me decía "alguien la está buscando". Fue un sueño demasiado extraño y era muy rebuscado encontrar una relación entre el sueño y el misterioso perfume. Dudo que un perfume pueda iluminar mi camino o el de alguien.
Decidí probarlo y me puse un poco de esa fragancia en la mano. Tarde me acordé de mis cortes en los dedos y en la muñeca, producidos por numerosos encuentros con trozos de vidrio que la gente tira en las bolsas de residuos sin pensar en nosotros. Después de un fuerte ardor pude acercar mi nariz. El aroma no me hacía acordar a nadie, y eso que mi olfato es lo mejor que tengo. Gracias a él, se donde buscar las cosas cuando el hambre me está matando. Lo único que supe es que era un perfume de mujer, lo que hacía más dificil resolver el misterio.
Resignado, tomé mi bolsa y mis cartones y salí a buscar algo para comer en la noche. Por alguna razón extraña, ver el frasco me daba hambre, pero por otro lado me transmitía esperanza. Además, sabía para qué me iba a servir. En todo lugar, en cada barrio, en cada zona, hay una plaza, un parque. Allí están las únicas que no huyen en cuanto me acerco, incluso en esta época del año donde les cuesta mantenerse en pie. Alguna vez fui jardinero y ellas fueron mi familia. Un incendio me dejó solo y sin nada para darles. "Mi pasado volverá a ser realidad, aunque sea por un rato", me dije.
Hoy el frasco está vacío, pero lo guardo con mucho cariño, al igual que todas mis cosas. Cada día, a las 10:00 de la mañana, lo miro y tengo ganas de seguir adelante. Por las dudas, nunca dejo de revisar debajo de mis pañuelos, por si aparece un nuevo tesoro.

Alejandro Martín Cabrera