Hay algo extático en lo estático de ese codo inmutable, alto tan puramente lógico y barrial en el hecho de que él no levanete la coyuntura del brazo y antebrazo de la barra del tugurio turbio donde está anclado. Acoda y empina.
"El Fernet es privilegio de tarde de viernes," considera cuando la espuma, tan alta, tan sana, le empapa el motín enrevesado que tiene por bigote. Mejor. Hay una belleza exacta en sentir resabios de sabores viejos en el vello facial de uno.
Un tanguito destartalado chorrea de un estéreo viejo en ese antro de mala muerte que tiene el tupé de hacerse llamar "bar", en ese corazón borgiano y concéntrico que es Parque Chas. Ama su barrio. Debe ser por eso que los 24 años le afloran entre pecho y espalda con la cómoda certeza de que un lugar le pertenece a uno y uno le pertenece a un lugar.
Desbarranca, pues, con la tierna seguridad de su cama a cincuenta metros. El hielo le sabe en los oídosa una gloriosa novena sinfonía, mientras cruje orgásmicamente entre las paredes del vaso. Ficha a la potra de atrás de la barra, un experimento ludovico voluntario con esperanzas de sutileza.
No la tiene.
Pero nada de lo que hace la tiene: ni la manera en que lleva su precipicio de vaso a los labios, ni el modo en el que ese bendito codo sigue adherido a la barra.
Él sale, sí, y se reencuentra a sí mismo en esa manera feliz de suicidarse, sin más preocupación que la potra de la barra y el estado del Fernet. Sí.
Porque el Fernet es privilegio de tarde de viernes.
Gabriela B.
(sobre Diego, que me enteré después que se llamaba así :P)
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