viernes, 25 de marzo de 2011

No hay que mirar fijo a la gente

Esa persona, de quien desconozco el nombre, alguien que sólo existió en esa única Clase de Escritura Creativa donde estaba yo sentado, me confesó su próximo destino, y peor aún, su origen. Yo no tenía porque saberlo. Ver a alguien por única vez apenas es evidencia para comprobar y sostener su existencia. Su paso por nuestra memoria es un puñado de arena, una hoja seca que flota en el río y se va, la nube que cruza el cielo y desaparece a mitad de camino. Conocer el origen y destino de éstos elementos es mirar al tiempo a la cara. Prefiero siempre bajar el ala de mi sombrero y seguir caminando en paz.

Había escuchado los mitos de estas personas tan particulares, pero tengo que confesar que aunque no los creía, me generaban curiosidad, y algo de miedo.  Hoy, por alguna razón que maldigo, sé la verdad y daría lo que fuera por volver a mi cómoda ignorancia. No sé porque se acercó a mí. Quizá leyó las preguntas que se me acumularon entre las cejas y quiso hacer conmigo una excepción, romper las reglas, o sabía en el fondo que nadie iba a creer mi historia.

Como todos los pelirrojos llamó mi atención. En éste caso en particular, era una mujer pelirroja.  La cuestión es que cruzó el espacio que nos separaba y habló sin dudar, sin pausas, develando el misterio que los envuelve, el misterio de su origen y su destino. Me dijo que todos ellos provienen de ese territorio donde se forjan los sueños, y que sus visitas a la tierra de los conscientes pueden ser fugaces o durar una vida entera. Sus disfraces pueden ser de madres o padres o hermanos, primos o amigos de fulano de tal, empleados municipales y hasta defensores de grandes equipos de futbol. Quienes los conocen bien afirman que son personas comunes y corrientes, y refutan la solida teoría de que su presencia altera el encadenamiento de los sucesos. Advertidos quedan ahora. Me dijo también que esté muy atento en mis sueños: un mensaje de ellos puede ser muy útil en las pocas horas de vigila que tenemos, ya que los pelirrojos todo lo saben y todo lo ven. Obviamente desapareció sin que me dé cuenta, y mis sueños son poblados por insípida gente rubia, morocha o castaña.  

Miguel Sáenz.

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