No encontré ninguna razón para salir de la cama pero me levanté igual. El techo blanco dejó de ser vacío y empezó a llenarse de cosas, de pensamientos que tengo que evitar, manchas grises en la pintura. No me quise mirar al espejo y me arrastré hasta la cocina. El café hoy no tenía gusto, lo dejé después de tres intentos. Me dejé caer en el sillón, agarré mi libro y lo mire como a un extraño, de lejos, sin abrir la tapa. Lo apoyé despacio al lado mío, me levanté y caminé hasta la ventana para ver qué pasa ahí afuera. Solté todo mi aire en un suspiro y cerré las cortinas.
Miguel Sáenz
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