Él estaba cerca y dormía, todo un invierno de oso polar en sus pupilas. Su sueño me golpeaba con toda su belleza entre pulmón y espirna, ahí donde los poetas y biólogos dicen que tengo el corazón. Era demoledor, saber que esa criatura durmienta era la única que encendía esa vela palpitante y lúcida que me gorgotea en el seno. El amor me mordisqueó el vientre y supe, y supe, y supe. Mierda. Había vuelto a caer.
Gabriela B.
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