Puedo ver al sol giñarme y esconderse atrás de cada una de las hojas secas que bailan en los árboles. Camino lento, respiro hondo y sonrío. El aire frío me agarra las manos, el sol apoya su brazo en mis hombros y los tres paseamos por esas veredas anchas de Libertador. Mañana de otoño, perfecta, ciudad vacía. El fuego que prendió la punta de un papel prolijamente enrollado, que sostiene ahora una ceniza a punto de caer, se convirtió en éste humo que suelto despacio en un soplido y veo flotar y desaparecer, mientras un señor edificio, francés y orgulloso, se saca el sombrero y me dice Bonjour.
Miguel Sáenz
Estás pacífico, tranquilo y en comunión?
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