sábado, 2 de julio de 2011

Polaroid de locura ordinaria

En el año 48 se crearon las Polaroid. Fue, sin dudas, el punto más alto. La más lograda plasmación de algo (una idea en un objeto). La instantánea. La única conciencia posible; el misterio irreductible. El afán exclusivo y desesperado por captar el momento y toda su potencia. Aunque siempre permanezca una sola pregunta (siempre la misma):

¿Para qué?

Y no haya nunca respuestas. Todos los planes son cenizas. Mañana o pasado.

(la tensión del ambiente entorpece a las palabras) 

Las Polaroid, entonces. Con el único propósito de ponerle un marco al infinito lienzo de polvo. Con el error imperdonable de pretender adueñárselo, y destriparlo. Explosiones en el aire -¡oh, casualidad!-.
Aunque sea - La Polaroid - (aún así) la cosa más lograda. Que reduce al máximo la posible intervención-transformación-reflexión interpretación sobre lo dado. Capta la explosión en la explosión y pasa -como objeto, como una nueva cosa- a la explosión.

(mucho más valioso que tu pedacito de calor colorido en el monitor; 
por lo vívido, digo yo)

Miraba, hace unos días, en otra tarde de ideas esquivas y pantalla total. Me encontré con una imagen, la cara de Talio en 20 años: más arrugado, pelado, la mirada cansada. Algo absolutamente lógico, previsible. Una proyección, hecha por Internet, gratis, en dos minutos ¿Quién nos ofrece estas opciones? Resistir es inevitable, pero imposible. De no ser por la mera autocondescendencia, sería -resistir- incluso un sinsentido. Por eso, hoy, no hay saludos ni pañuelos exhibiendo el moquerío al viento. Aunque retuerza, todos los planes son cenizas.-
No me acuerdo de nada. 

 

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