Martin entra al ridículo y pequeño ascensor espejado. Mientras cierra la puerta, chequea su reloj y lanza una mueca de preocupación seria. Una mujer detiene el recorrido en el segundo piso y se suma al desplazamiento vertical. Si el espacio era reducido segundos antes con solo una persona, con dos solo queda espacio para el aire vital que se agota de forma peligrosa a cada piso. Con su dedo delicado presiona el numero 20. Es inevitable que los dos no se vean, ya que aunque esquiven sus miradas, éstas terminan rebotando en los espejos y chocándose al fin entre sí. Martin suda (tal vez porque el verano es violento, o por la incómoda proximidad, o porque la chica le parecerá linda). Intenta romper el hielo diciendo: “que calor, ¿eh?”, pero se quema con el fuego de la mirada en son de respuesta de la mujer, que con sus cejas dibuja un ultimátum al mejor estilo de: “conmigo chamullos no”. El ascensor se detiene en el decimo piso. Entra un tipo gordo que no para de sudar. Su olor contamina el escaso aire, volviéndolo inútil para respirar. Tiene un semblante paranoico. Los mira de arriba abajo. Los 3 cuerpos se rozan. La mujer evidencia un mareo. El gordo se baja en el 12. Acto seguido ella comienza a resbalar por la pared espejada y cae, desmayada, en el piso, con los ojos cerrados. “¿Qué mierda?”, dice Martin en voz alta. “¡Hey!, ¡Hey!” La mujer no responde. Vuelve a ver el reloj. “¡La puta madre!” Frena el ascensor en el 16, abre la puerta un instante para que se renueve el aire, cierra y toca el botón de PB. Llega a la planta baja, abre y sale corriendo. Cuando se encuentra con el portero, le dice casi gritando: “Hay una mujer… se desmayo en el ascensor… llamá a la ambulancia…” En ese instante la mujer sale gateando del cubículo hermético. Parece un felino, con su minifalda, el pelo meneándole a sus costados y las uñas friccionando contra el piso y haciéndolo chillar. “¡Me drogó! ¡Ese tipo me drogó!”, grita histérica mientras intenta pararse. El portero mira fijo a Martín, saca el celular y llama. “¿Policía? Llamo de la calle Vidt. Tengo a un violador…”. “¡Para!”, grita Martín. Suda. Mira a la mujer. “¡Ahhh!, ¡no me mires con esa cara de loco!”, le escupe ya parada, pero apoyada contra la pared. “¡Flaca! ¡Te desmayaste y baje para pedirte una ambulancia!”, le contesta Martin al borde del desquicio. “Tranquilícense que ahora viene la policía y lo arreglamos”. “¿Cómo voy a estar tranquila si ni sé lo que me hizo?, lo único que me acuerdo es que me desperté en el piso, ¡recién!”. Frente a la puerta del edificio estaciona un patrullero. Martín lo ve, corre hacia el ascensor, entra y desaparece. Los números de los pisos se van coloreando con luz, evidenciando el rastro. La mujer tiembla. El portero abre la puerta y habla con los dos oficiales. Éstos se apresuran: uno llama al ascensor y otro sube por las escaleras. El portero invita a la mujer a pasar a su casa para calmarse. Ella se deja llevar, quizás a causa de la conmoción traumática de la experiencia reciente, y se acomoda en el sofá. Sigue temblando. Segundos después ve por la ventana como los policías se llevan al muchacho, que intenta resistirse, y lo meten finalmente dentro de la patrulla. El portero le trae un vaso con Coca Cola.”Tiene azúcar, para la baja presión”. La mujer le regala una sonrisa, toma la gaseosa de un solo trago y mira el reloj. “Mil gracias señor. Se me hizo re tarde. Dios mio… éste hombre… me tengo que ir…”. Cuando se para comienza a balancearse involuntariamente de un lado al otro, víctima de un equilibrio caprichoso, hasta que cae al suelo. El portero lleva el vaso hasta la cocina, lo lava un buen rato, va hasta la puerta principal y la cierra con llave. Por último, baja las persianas.
Diego (10)
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